Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   A la democracia popular por el desorden democrático     
 
 El Alcázar.    21/09/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

A LA DEMOCRACIA POPULAR OR EL DESORDEN DEMOCRÁTICO

Me pongo a escribir bajo el peso de una trágica confirmación: prosigue la fiesta terrorista de la

sangre. Esta vez ha sido en Barcelona. Una gratuita voracidad criminal se enseñorea del

mundo presuntamente democrático, al amparo de banderas políticas que reivindican huecas

abstracciones de libertad y de justicia. No así del mundo comunista, cuya entidad totalitaria se

encubre bajo el mote publicitario de democracia popular. En este mundo opaco y claustral, la

violencia criminal la ejerce el Partido-Estado, aunque nadie le eche encima los derechos

humanos, igual que si fuesen cal viva. La exigencia de los derechos humanos queda restringida

a los regímenes que lograron poner freno al asalto del fascismo rojo. No en vano, los centros

del poder intelectual e ideológico están casi del todo en manos marxistes, según demuestra

Georges Suffert en "Los intelectuales en chaise-longue", cuya traducción al español ha

realizado Salvador Vallina con una espléndida calidad literaria. La bomba de Barcelona posee

una grave dimensión política, que no debe quedar encubierta por la lógica emoción de la

sangre gratuitamente vertida. Ese estruendo y esa sangre confirman la denuncia de EL

ALCÁZAR en su primera página de ayer "Desordenar la democracia". Entre tanta confusión

política que nos cierra el horizonte, sólo parece claro que la hipótesis democrática del 15 de

junio se ha convertido ya en esperpento solanesco, de comportamiento autónomo e

imprevisible. Puede clamar el ministro del Interior a voz en grito que "democracia no es

desgobierno ni desorden". Será en algunas otras naciones. Pero no es el caso de España. Si el

sistema político que nos rige es una democracia, debemos admitir, aunque el señor Martín Villa

se sienta contrariado, que su democracia es desgobierno y desorden. En otro caso habríamos

de confesarnos sin pudor lo que ya muchos sospechan: esto no es una democracia, sino una

caótica cuchipanda política. En sus declaraciones a Pilar Urbano ha repetido el ministro de

Interior casi todo lo que dijo en la Cámara de Diputados. El señor Martín Villa no es

exactamente un político, sino un eufemismo con capacidad de desplazamiento. Y ello se hace

notable evidencia en todas sus intervenciones públicas. Se ha justificado, por ejemplo: "la calle

no es mía, sino de todos". Que la calle española no es del ministro de Interior, se demuestra

con penosa normalidad. Pero tampoco es de todos, pues para ello deberían darse una serie de

condiciones a todas luces inexistentes. La calle es sólo de unos pocos: los delincuentes

políticos y los delincuentes comunes. El ministro de Interior dijo a los diputados que "sin una

política eficaz de orden público, la democracia es irrealizable". No le voy a quitar la razón al

señor Martín Villa. Pero debo objetarle con honestidad que la democracia es irrealizable

precisamente por la imposibilidad de una política eficaz de orden público en la actual situación.

La hacen irrealizable el Gobierno, el propio ministro de Interior, sus colaboradores políticos, la

UCD y, en fin, los partidos marxistes. No dispongo de espacio para hacer una puntualización de

hechos contradictorios a cada uno de los renglones que el señor Martín Villa adujo como

realizaciones y propósitos "democráticos", en relación con las Fuerzas de Orden Público. Sin

perjuicio de que alguien lo haga por mí, no debo concluir sin explayar unos mínimos elementos

de juicio. Las estructuras de nuestra excelente policía han sido dislocadas, merced a

reorganizaciones, cambios, alteración de destinos y confusas combinaciones de personal, cuya

justificación ha sido la adaptación democrática; y cuya razón objetiva nace de la desconfianza,

así como de la debilidad de la autoridad política frente al terrorismo ideológico de la izquierda.

Los contactos y fuentes de conocimiento acumulados por cada profesional, merced a una

prolongada y abnegada experiencia, han quedado desorganizados. Iniciar una investigación

cuesta ahora un esfuerzo sobrehumano, por falta de base informativa. La delincuencia política,

también existente bajo la democracia, y la delincuencia común, no sólo se ven beneficiadas por

la impunidad de indultos y amnistías sin ton ni son. Gozan del beneficio adyacente del cambio

de las estructuras policiales. La detención tiempo atrás de un núcleo del GRAPO fue

básicamente un servicio de la Criminal, como consecuencia de otro tipo de pesquisa. El

hallazgo pilló a la autoridad desprevenida. Las reformas iniciadas y prometidas por el ministro

de Interior carecen de novedad, cosa natural en equipo de tan escasa imaginación. No difieren

esencialmente de las puestas en práctica durante la U República. Tampoco de las que,

practicadas por el centroizquierda, han sumido a Italia en el caos. Las presunciones

democratizadoras del señor Martín Villa carecen de credibilidad. Por este camino no se va

jamás a la democracia. Se va, en todo caso, a la democracia popular del señor Carrillo.

Ismael MEDINA

 

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