Autor: Reyes, Roberto. 
   ¿Autonomías o desmembramiento?     
 
 El Alcázar.    22/09/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

¿AUTONOMÍAS O DESMEMBRAMIENTO?

EL proyectado y al parecer inminente reconocimiento institucional de las autonomías

regionales, ha hecho que en las Vascongadas y en Cataluña, especialmente, se planteen

desafiantes actitudes que desbordan con amplitud el normal concepto autonómico y que

además alientan un secesionismo, ni siquiera intentado disimular por determinados y relati-

vamente numerosos individuos y hasta por ciertos partidos legalizados o no.

El objetivo inmediato del Gobierno parece ser; en efecto, la puesta en rodaje del autonomismo.

Y su primer y más grave paso va a constituirlo sin duda la implantación por Real Decreto-Ley,

de la Generalidad de Cataluña, que tanto urge, que no hay tiempo siquiera para discutirla

pública y adecuadamente en las Cortes Españolas, que sin embargo emplearon sus dos

primeros y únicos Plenos celebrados hasta ahora, en la discusión y decisión de las

responsabilidades derivadas del incidente habido entre un Diputado y unos guardias.

De ser así; de confirmarse que por Decreto-Ley van a iniciarse la implantación de autonomías,

estamos seguros que ello va a provocar una rapidisima reacción en cadena a lo largo y a lo

ancho del que aún llamábamos territorio nacional. Vasconia, Galicia y Valencia y no sabemos

cuántas regiones, provincias y hasta comarcas más, empezarán sin duda a exigir otros tantos

Decretos-Leyes, que reconozcan sus "naturales", "históricos" y "peculiares" derechos.

Es público que en las provincias Vascongadas, especialmente en Guipúzcoa y Vizcaya, el

fanatismo separatista tiene la calle en sus manos. Y también sabemos que la ha tenido y puede

volver a tenerla en Vitoria y en parte de Navarra. Desde otro prisma, no es un tópico la larga

frase que aspira a considerar a España como el "conjunto despueblos y nacionalidades del

Estado español \ de fuentes fidedignas nos llega la información de que este mismo lenguaje se

emplea en los proyectos constitucionales. Como si España hubiera dejado de ser una nación,

para convertirse en un mero y difuso conglomerado que cobija en su territorio a diversas y

variopintas nacionalidades, de pueblos ilustres y hasta grandes en su historia, pero que si un

día fueron reinos, principados, condados o señoríos más o menos diferenciados, al cambiar

durante siglos con una misma fe e identidad de objetivos políticos internos y externos, y

participando unidos en grandes empresas, dejaron indeleblemente fraguada entre sangre, dolor

y tumbas entremezcladas, pero todas con cruces, un destino común e irreversible que fue el

que hizo posible la nación española. Bloque de emociones, sentimientos, e identidades,

suprarregiona-les que, por serlo y no porque lo integraran nacionalidades dispares, pudo dejar

su impronta en todo el Mundo; desde el Pacífico hasta el Norte de África, y entregar a la

civilización las tres cuartas partes de ese Continente que nace, vive, reza y muere en la lengua

con la que entre sí se entienden, aman y hasta se combaten los naturales de aquellos

primitivos señoríos, condados, principados y reinos en que se fraccionó la península Ibérica

tras la desaparición en Guada-lete de la Monarquía visigótica. ASÍ fue, porque desde un lejano

rincón de la no islamizada Asturias, nació primero este Principado y después León, quien a su

vez, alumbró a Castilla, mientras durante el Siglo IX que alcanzaba Aragón, su unidad, lograba

su mayor auge. En los dos siglos siguientes Castilla absorbe a León a Galicia y a Asturias,

mientras a poco en el oriente de la península se unen Cataluña y Aragón, que con Jaime el

Conquistador, saltan juntas en explosión de poderío a Sicilia, Cerdeña, Atenas y Napóles,

todos cuyos reinos, terminada la Reconquista, reciben los Reyes Católicos en quienes se hace

la unidad total de la Nación que llega hasta África; y a la que Navarra, anquilosada al final de la

Edad Media, se une en 1512, por cierto 15 años después de que lo hiciera Melilla.

Y así unidos todos aquellos pueblos y nacionalidades, que ya presienten una misión

trascendental ultramarina, se lanzan a la gran y definitiva aventura de América, que será —y

Dios la conserve—, independiente en sus distintas y numerosas naciones. Pero que en sus

reacciones, lengua y religión es en su mayoría, al menos desde el Rio Bravo al Cabo de

Hornos, de ese común origen que sus naturales traducen en la expresión, "Madre patria", que

es como siempre identifican a España y no como "conjunto de pueblos y nacionalidades que

conforman el Estado español", cual se dice por aquí. Esto acaban de comprobarlo en Centro-

América los Reyes de España y lo hemos visto con millones de españoles en la T.V. Todas

estas vinculaciones, comunidades, y solidaridades de avalares de alegrías y pesares, de

glorias y fracasos, no es posible ignorarlo. Porque lo que se intenta es mucho más grave y

serio, que el desmantelamiento de un Régimen. No es lo mismo liquidar una nación que la

situación política que esa nación ha tenido. Las patrias no se desbaratan, ni por la voluntad de

los que en un momento dado las pueblan. Puede exterminarlas un enemigo exterior, pero no

meras disposiciones legales. Nada ni nadie puede cuestionar la identidad nacional de España.

El sistema que para su organización se establezca podrá ordenar jurídicamente su régimen, su

división territorial. Las convivencias económicas y sociales de sus habitantes. Pero lo que en

modo alguno puede, es disgregar o trocear el cuerpo vivo de la nación sobre la que opera.

La unidad de España es obviamente anterior a su organización constitucional, sin que ninguna

norma legal y menos un Decreto-Ley, tenga autoridad para romperla. Por último España no

pertenece sólo a las generaciones que la viven en un momento dado de su historia, aunque

sumen millones. España es también de los que en ella fueron y de los que han de ser. De los

que yacen en su suelo, de los que en ella nacen y viven y de los que han de vivir. Y no cabe

intentar deshacerla a impulsos regionalistas o localistas por nobles y emocionales que sean —

sin olvidar que también pueden obedecer a resentimientos—, aunque tal vez en definitiva sólo

se trate de inconsciencia o de irresponsabilidad.

Roberto REYES

 

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