Autor: Medina Cruz, Ismael. 
   Los socialistas, donde solían     
 
 El Alcázar.    22/09/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LOS SOCIALISTAS, DONDE SOLÍAN

LA guerra de España, una guerra Inevitable e históricamente necesaria, no se debatía entre

"nacionales" y "rojos", según consta en la literatura de entonces, sino entre idealistas v

estafadores. Pues bien, el final terrible en zona roja dejó en claro que entre los primeros

estaban los Genetistas y lo que pudiéramos denominar con justicia los socialistas nacionales,

bastantes de cuyos supervivientes se incorporaron a la Falange para ser desanimados por el

Movimiento y otros engrosaron el socialismo erróneamente llamado "histórico". Si la calificación

de "histórico" se interpreta como aferramiento a un pasado in-movilista y a una humillante

sumisión internacionalista, en España no hay más socialistas "históricos" que las huestes de

Felipe González. Pero si el socialismo histórico significa fidelidad a un ideal de justicia social,

desde una inexpugnable fidelidad al espíritu nacional, a la conciencia popular y a la dignidad

que el mundo reconoce al español, debo afirmar solamente que ese socialismo no es el que

anida en el PSOE (r). Los únicos socialistas serios, responsables y admirables que he conocido

en mi vida, están todos ellos fuera del PSOE (r). Y, por supuesto, conocieron tempranamente y

con cauterio indeleble la verdadera e irreversible dimensión del PCE. A este apunte

impresionista podría añadir detalles de un realismo valdesiano. No sdlo respecto a los farsantes

de entonces, sino también en relación con los farsantes de ahora. También abundan los

asqueados, con hartura de causa, del socialismo filipista. Felipe González, en efecto, es al

socialismo español algo muy similar a lo que Felipe V fue en relación con la Monarquía

tradicional española. Creo innecesaria cualquier otra precisión. El segundo acto del sainóte

democrático, en que se ha transformado el pleno de la Cámara de Diputados, confirma sin

lugar a dudas que en aquel viejo escenario se ha reunido, salvo honrosas excepciones, lo peor

de la zafiedad política española. En vez de un horizonte alentador de futuro, el hemiciclo exhala

el sudor turbio y agrio de la más senil impotencia ideológica. Hiede a mancaría partitocrática.

Huele a transpiración de resentida impotencia.

Ya sé que, llegados a este punto, se habrán acentuado los improperios de los que tan bien

conozco. Me importa un rábano. Reitero que no estoy dispuesto a dimitir de mis emociones

esenciales, en favor de una falsa objetividad de intelectual afrancesado. La emoción es mía y

bien enraizada. Y pienso, además, con todo mí humilde e independiente ancestro, que los

valores fundamentales, en cuyo servicio el hombre se dignifica, se convierten en fangal cuando

esa emoción se degrada a retórica demagógica y a cobertura de satisfacción de los Instintos.

Si el debate en torno al "caso Blanco" se transformó en un casino, que diría un colega italiano,

la segunda parte sobre política exterior dio la exacta medida de mediocridad de esta

democracia vodevilesca, desde la que nos precipitamos hacia el-no-se-sa-be-qué. Pero todo

eso es un pirulí comparado con la traca dispuesta por la ejecutiva del PSOE. Nada menos que

diecinueve proyectos de ley, dan la medida de la insuperable inhabilidad histórica de un partido

que se dice renovado. Será renovado en los apellidos y la partida de nacimiento de sus

dirigentes. Que en lo tocante a ideología e imaginación renovadoras, esta gente costosamente

descorbatada ha vuelto a la más tétrica y resentida prehistoria del socialismo ibérico.

Cuando la economía se hunde, cuando el paro se extiende, cuando el hambre comienza a ser

de nuevo visitante habitual de muchos hogares, cuando las quiebras estallan como en la noche

valenciana de la crema, cuando el desorden se hace normativa, cuando comer es lujo

equiparable al sostenimiento de un parlamentario inútil, cuando las cancillerías extranjeras nos

escupen con desprecio, cuando nos hemos convertido en una nación mendicante, cuando

hacemos dimisión cotidiana de los últimos valores de que se puede enorgullecer varón, cuando

la miseria irreversible está a la vuelta de la esquina, el PSOE (r) se entretiene en aplastar a las

Cortes con diecinueve proyectos de ley que ninguna relación guardan con los problemas

vítales, de pura supervivencia, que angustian a nuestro pueblo. ¿Puede imaginarse mayor

torpeza política? Los dirigentes socialistas están convencidos de haber realizado una

hombrada. Pero apenas «si resta ya espacio para el asombro cuando se descubre que la

iracundia de la UCD no nace de una consideración objetiva de la estulticia del planteamiento.

La UCD se siente plagiada. La conclusión es obvia.

El signo catastrófico de la economía y la inevitabilidad de casi dos millones de parados a fin de

año, importan muy poco a UCD y PSOE. Les interesan con prioridad esos diecinueve decretos,

cuyo único objetivo proclamado es la liquidación de la legalidad franquista. Como si al pueblo

español preocupasen más el divorcio, el aborto, los anticonceptivos, la aniquilación de las

fuerzas de orden público, la amnistía, etc, más sustancialmente que el puesto de trabajo, la

estabilidad de los precios, el mantenimiento de la capacidad adquisitiva, los niveles de renta

alcanzados, el orden público, la seguridad familiar, la honestidad de las costumbres, la eficacia

de los políticos, el puntual funcionamiento de los servicios, la capacidad de los gobernantes y

demás. La conclusión es inevitable: el socialismo está donde solía. Pero lo malo no es eso. Lo

peor es que al señor Suárez le gustaría ser el señor González, sin dejar de ser el señor Suárez.

Quiero decir que UCD ha dejado a la CEDA convertida en hipótesis mirífica.

España, señores, es toda ella Gibraltar.

Ismael MEDINA

 

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