Autor: Aparicio, Juan. 
 Mis testimonios. 
 El enigma del Canguelo     
 
 El Alcázar.    30/09/1977.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

EL ENIGMA DEL CANGUELO

SI dijo el naturalizador y poeta latino Lucrecio que el "timor fecit Deos", que el meticulosísimo

miedo engendraba a las divinidades, aunque luego se sobrepuso, según la doctrina cristiana, el

sacrosanto temor de Dios, aquel Dios mosaico del Monte Sinaí, los frágiles hombres del

montón y los animales contorneantes han vivido y han muerto fulminados por el canguelo. Así

la Historia fidedigna es un encadenamiento de temores, de jindamas y de "espantas" toreras,

donde el valiente es un medroso disfrazado, un simulador de intrepideces; porque más "cornás"

da el hambre y porque sin cuernos afeitados aparecía en el centro de los cosos, erguido y sin

pusilanimidades, el cagón D. Tancredo López. El Terror en abstracto y el terrorismo en la

práctica revolucionaria con el armamento infalible de los amedrantadores, de estos jugadores

de ventaja, aunque el Terror sea el casino de juego, el círculo más vicioso, ya que segrega

nuevos terrores y más refinadas y vengativas represalias. Cuando se afirma que el miedo es

libre, se incurre en una equivocación psicológica, biográfica y moral; puesto que el miedo es

incompatible con la auténtica libertad escrita con minúscula, o libre albedrío español, que aún

no fue desterrado por los acollonados, ni por ios acollonadores. Son neologismos que lanzó al

Mercado Común de las palabras el Presidente de la Agencia EFE, cuando desde la tercera

página de un diario alfabético ejercía de terrorista moralizante, infundiendo desprecios y

pavores. Este acollonamiento que nos amilana no puede compararse con "la grande peur", el

grandísimo espanto brotado de repente en la jaquetona Francia, durante las vísperas y las

iniciales jornadas de su Revolución tricolor de 1789, agarrotando los impulsos ofensivos y de

defensa, y entregándose al saqueo y a la guillotina, como telemandados por unos entes o

teorías fratricidas, dentro de un genocidio de espelugno. Las vacaciones de 1977 representaron

un inconsciente escapismo de la medrantez que acollona y desorienta a las clases medias y

plutocráticas, quienes escaparon con sus fortunas fun-gibles o crediticias a los supuestos

Paraísos tributarios, aún cuando en Europa, en América y en el resto de la negritud y del

Oriente amarillo se ha fomentado el terror ecológico, el terror de la droga y de las pandemias, el

terror de la explosión demográfica, el terror de la escasez y absoluta penuria de alimentos y

materias primas. El ser de color intenta asestar a los rostros pálidos, mientras que los

prorracistas estallan de mieditis. Las mujeres desarrolladoras del susto en el interior del varón,

aunque las féminas sean varones mutilados, con el complejo atemorizante de la falta de pene.

El psicoanálisis es como una espada de Damocles, pendiente, encima de nuestras cabezas

aterradas, en tanto que su inventor, Segismundo Freud, sufría unas manías horrorosas.

La juventud varonil se ha ´puesto la barba, la melena y los bigotes para acogotarnos, ner-

viosamente, a los glabros, a los barbilampiños o rasurados. Las hembras sacan al "offset" sus

expudibundeces con el fin estratégico de embestirnos y causarnos, más que placer, una

sensación de paralizante castramiento. Todas las estratagemas actuales se fundamentan en el

miedo, ya en la Bolsa, ya en la fidelidad, ya en la hombría, ya en la devoción del sexo tan débil,

que resultaba el más fuerte y valeroso. La medrosidad y el espanto indominables pueden traer

consigo la entrega de todos los reductos, de todas las fortalezas dogmáticas o pueden

desequilibrar la conducta e inducirnos a la más vil de las vilezas, según hay demasiados

ejemplos anecdóticos e históricos. El miedo no guarda la viña, sino que es una añagaza para

convencernos de que no somos infalibles, y de que existe la humana propensión del retracto y

del perjurio, debiendo exigir el Mío Cid Campeador al Rey el juramento en credibilidad y

entereza delante del altar húrgales de Santa Gadea. ¿Quiénes son los promotores de este

pavor ubicuo, los empresarios de esta flojera y traición acomodadas al descoyuntamiento del

alma? Cualquiera dispone de una respuesta, que debieran analizarse y computarse

sonatológicamente y proponemos después un antídoto. Hace más de cien años en un

pueblecito de las Alpujarras, mi padre se arrastró de rodillas y con sigilo hasta el féretro de una

parienta muerta. Mi padre apenas había cumplido un lustro, pero cuando besó los zapatos

negros de la difunta, en su ánimo infantil ya desapareció el miedo durante toda su existencia.

Juan APARICIO

 

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