Autor: García Serrano, Rafael. 
   Fin     
 
 El Alcázar.    30/09/1977.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

DIETARIO PERSONAL

JUEVES, 29 DE SEPTIEMBRE.- El desguace de España —y también de la Segunda

República— comenzó por Cataluña. Fue algo muy triste, aunque público. Sucedió en el

Congreso, en pública sesión. Anotaba un poeta: "Así, aquella tarde, sólo unos chascarrillos de

tertulia defendieron la integridad de España". Mientras eso ocurría en el Congreso, la calle y la

Universidad hervían. No parece que suceda otro tanto ahora. Suárez y Tarradellas se lo han

guisado y comido por su cuenta, si bien el primero a través de Sánchez Terán. Ni la cuestión ha

ido al llamado Parlamento, ni la calle arde, ni la Universidad protesta. Antes bien diría que no

es previsible el menor ademán en contra de este nuevo Tratado de París, que enajena de

España la hermosa región catalana. De perder tierras en el Pacífico o en el Caribe hemos

pasado a entregarlas en el Mediterráneo. Pronto conoceremos alguna nueva entrega en el

Cantábrico. Batallones gudaris ya desfilaron en San Miguel de Aralar para hacerse cargo en

cuanto suene su hora de las nuevas fronteras. ¿No hay ya comuneros para Castilla? ¿Y

cantonales en Cartagena? ¿Qué serán las Canarias, argelinas o americanas?

Pienso que esta nación ha muerto, puesto que nadie se alza contra ese crimen. Nos

resignamos a la anarquía, al separatismo, a la ruina, a la tutela extranjera. Todos somos

cobardes. En tiempos de la Segunda República aún vivía España. Voces augustas levantaban

la protesta: "No es eso, no es eso", clamó don José Ortega y Gasset. Nadie se dio cuenta

entonces de que Sanjurjo intentó traducir a expresión militar la dialéctica precozmente

desengañada de Ortega. Sanjurjo no tuvo la oportunidad de corregir con su espada "el perfil

agrio y triste" de la República, trocándolo en sonriente, acogedor v alegre. Nos hubiera evitado

una Guerra por lo visto estéril. La incompetente cerrilidad del PSOE de entonces hizo todo lo

demás, según vinieron a confesar Madariaga, Prieto y el propio Largo Caballero, muchos años

después. Todos los grandes jefes socialistas desdeñaron la posibilidad de estabilizar la

República o si la entrevieron humillaron su libertad de pensamiento ante el Partido. Magnificado

hoy por su tolerancia, don Julián Besteiro, a quien nadie puede negar un coraje poco frecuente

en el intelectual, bajó un día de su sillón de presidente de la Cámara para amenazar desde su

escaño: "Si se cierran las puertas al ideario socialista, diremos al pueblo que no es ésta su

República, y habrá que preparar la revolución social". (Conviene recordar que antaño

"revolución social" era algo perfectamente definible en punto a belicosidad y maneras).

Me temo que España esté muerta. Pero ni aún así me parece que sea necesario trocearla para

su entierro, ni menos cargarlo con goma 2 para que salte en pedazos. Los que sí estamos

muertos —eso seguro— somos los españoles y el olor nauseabundo que se nota es de

putrefacción y de miedo. Ya nos comen los gusanos por do más presumido habíamos.

Rafael GARCÍA SERRANO

 

< Volver