Fraga, un gran ministro     
 
 ABC.    31/10/1969.  Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 14. 

ABC

FRAGA, UN GRAN MINISTRO

El jefe del Departamento de Información, don Manuel Fraga Iribarne, que acaba de

cesar, ha. sido un gran ministro. Llegado el momento de las valoraciones, ¿cómo

no tener en cuenta cuál era la cota de la que tuvo que partir y cuál otra es,

bien es distinta, ésta eri la- cual nos encontramos? Sin perdernos en

disquisiciones, ahora intempestivas, es de reconocer que aquélla, la cota de

partida, era bajísima.

Fraga supo, desde el principio, dirigir su esfuerzo político, con prudencia y

con autoridad, hacia el ideal de armonizar la libertad y la responsabilidad de

la Prensa. En esta noble y clara línea, la Ley de Prensa ha sido su gran obra.

Promovida y propuesta, debatida y aprobada en su etapa de gobierno, la Ley de

Prensa ha´tenido tan importante trascendencia en lo político, como pueda

corresponder a la transformación y progreso del pais en lo económico. Al

proclamarlo no hacemos _ ninguna generosa o hiperbólica concesión.

Si asentamos nuestra opinión en la base inevitable dé la realidad, de las

posibilidades ciertas, la Ley de Prensa merece juicio favorable. Enmarcada en su

particular circunstancia, es la mejor posible. Y la medida en que define un

avance, una mejor ordenación de la información, unas garantías y unos derechos

profesionales, no se debe regatear, y no la regateamos, la expresión de

reconocimiento al ministro que fue su autor.

Por virtud de la apertura informativa, la mentalidad del país y de sus

gobernantes ha cambiado radicalmente en los últimos años. Se ha consumado un

proceso de sensibilización política de la opinión pública en todos sus niveles.

Proceso conveniente, porque de él se ha derivado un fruto saludable para el

contraste de pareceres comunitario: la más depurada formación de los criterios,

de las corrientes de opinión.

Antes de la vigencia de la Ley de Prensa, la actuación personal de Fraga

Iribarne facilitó el camino.

Solamente era preciso que el ministro se mantuviera en una equilibrada opción

alternativa entre el necesario principio de autoridad y el principio

imprescindible de libertad. El supo mantener este equilibrio y reconocer, con

amplitud apreciable, el principio de libertad, ^cuando todo era más o menos

discrecional porque todavía no existía la ley.

Naturalmente, la aprobación de ésta inició un orden de superior valor jurídico.

Siempre es más justo, y mejor, ordenar el ejercicio de los derechos por la

autoridad objetiva de una ley que dejarlo pendiente de decisiones • personales,

por muy acertadas que éstas sean. El estado de Derecho, podríamos decir, quedó

así extendido, aplicado, ´a la Prensa.

Bastaría únicamente esta actuación de Fraga Iribarne en el Ministerio para

marcar con signo positivo su paso por él. Pero hay más datos que sumar en la

partida favorable de su gestión.

Destacan, entre ellos, la ejemplaridad personal de.su dedicación continua,

denodada, sin reservas, al servicio del cargo; y su admirable capacidad de

trabajo, que contrastada con la común y normal lentitud burocrática, podía, a

veces, parecer vertiginosa.

Jamás perdió Fraga la virtud de su eficiencia. . _

También—cualidad política notable— Fraga Iribarne supo rodearse de un equipo

completo de colaboradores inteligentes, capaces y capacitados; acierto suyo que,

por desgracia, no tuvo precedentes ta.i claros en anteriores etapas del mismo

Ministerio. Y estas dos referencias arrojan un balance de indiscutible valor.

Igualmente merece de sobra ser recordado un dato significativo: el "boom"

turístico, tan oportuno para la economía nacional, y que algún día puede

eclipsarse, abandonarnos—¡rio lo olvidemos!—, se ha producido, y no por razón de

simple coincidencia, en los años de su gestión ministerial.

El paso de Fraga Iribarne al frente de un Departamento tan delicado como el que

ha regentado hasta ayer no será fácilmente olvidado por cuantos han sido

testigos, próximos o pasivos, de su larga cadena de aciertos.

No decirlo ahora, al tiempo de la despedida, sería—por omisión—una grave

injusticia.

 

< Volver