Autor: Miret Magdalena, Enrique. 
   Iglesia 2001     
 
 Triunfo.    17/05/1975.  Página: 64. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

IGLESIA 2001

DOS libros plantean las líneas vaticinables ´para el futuro de una Iglesia

nueva. Antonio Aradillas, en el que lleva el título de ciencia-ficción que tiene

este artículo (ed. Sedmay); un cura prudentemente progresista que ha levantado

mucha polvareda con su "escandaloso" libro Procesó a los Tribunales

Eclesiásticos. Y el antiguo benedictino padre Bernard Bés-ret, que ´publica un

sencillo libro de sugerencias, que parecen lógicas en una Iglesia que preterida

vivir en el [porvenir, y que titula Claves para una Iglesia nueva (ed. Sigúeme).

Aradillas recurre al expediente protector de transcribir una serie de

entrevistas con personajes de nuestro catolicismo: todos clérigos o religiosos,

salvo la presencia de un seglar entre ellos, -que soy yo mismo.

Para hablar del fenómeno religioso en el país hay pocas voces laicas, aunque

vayan surgiendo cada vez más, ¡si bien muchas de ellas son de antiguos clérigos

y religiosos que se liberaron de las anacrónicas ataduras eclesiásticas que les

tenían en minoría de edad humana y ´cristiana. Vivir en adultez dentro del

"aparato" eclesiástico es difícil, y los obispos españoles debían darse cuenta

de ello. Lo mejor para percatarse de esta situación es reflexionar sobre ciertos

casos de personas que abandonan los hábitos clericales (no sólo externa, sino

internamente), y >que no lo hacen por deserción ni por infantilismo, sino por

todo lo contrario: porque les es imposible madurar psicológica y cristianamente

en medio de las ataduras de su profesión institucional.

Otros, beneméritos por su constancia, aunque pocos ya en número, quedan en sus

filas ´batiendo brecha en medio de la confusión. Uno de ellos es Aradillas. En

cambio, Besret, cada vez se- ha ido alejando más y más de la estructura y se

encuentra al margen de ella.

Citar a todos los que entrevista Aradillas, y que a través ´de ellos expone sin

duda sus ideas, será imposible. Por eso me referiré a estas ideas más que a los

personajes que las dijeron.

Al hablar del pecado se afirma que "no se peca contra una ley impersonal, sino

contra unas ´personas". Cierto: el pecado como trasgresión individual de una ley

exterior a nosotros ha perdido ya su sentido. Hoy hablamos del hombre y de su

desarrollo: y en referencia a él podemos hablar de trasgresión. Pero una falta

no tiene importancia aislada sino dentro de una orientación vital. El "pecado"

(esta palabra debía, desaparecer, para que no recordase el exteriorismo de la-

buena conducta solamente) es {a persistencia tenaz en una opción fundamental

contra lo que es positivo, ´abierto y desarrollador de lo humano en el hambre y

en la sociedad. Y que el cristiano lo ve ejemplificado en la figura ´del

fundador del Evangelio: La relación a Dios en el "pecado" no está en la

referencia a un Amo extraterrestre de inmenso poder cósmico; esta relación será

sólo la consideración íntima ´de la exigencia profunda ´que descubrimos en

nosotros mismos ("todo el que sabe de ´profundidad, sabe de Dios", dice

Tillich), y que late en las tendencias más hondas.

La confesión es otro tema en discusión, porque resulta ´"inactual la estructura

de nuestras confesiones".

Tendríamos que "evitar el carácter mágico que poseen en la actualidad". Tras el

modo excesivamente individualista dé entender el perdón, late una "caricatura de

Dios". Y hemos de hacer un verdadero esfuerzo por superar esta caricatura,

latente en esas actitudes penitenciales en crisis, ´porque "Dios no es el

defensor de un orden injusto establecido, ni es la idea abstracta de los

filósofos; ni mucho menos Dios es un policía dispuesto a lanzarnos al infierno

por haber comido un poco de chorizo el día de abstinencia". Si Dios es algo

diferente ´del Amo (justiciero que escruta nuestros fallos "en la confesión —que

debía ser casi siempre comunitaria— se necesita insistir en que lo mas.-

importante no es que hagamos -cosas, sino que nos hagamos a nosotros mismos no

soló individual, sino colectivamente". Este criticable Upo de confesión

individualista tiene una estructura detallista y cicatera que sólo es

obligatoria desde hace, cuatro siglos. Antes se fijaba uno más en los pecados

sociales, como el homicidio, la apostasía. y el adulterio; los otros eran para

tratarlos a solas con Dios.

Algunos todavía se resisten a un replantamiento religioso qué es imprescindible

si quiere el catolicismo ser vida para los hombres concretos del porvenir. Se

han anclado en los lugares comunes, rutinas de otros tiempos y afirmaciones

doctrinales sin base histórica, que se leen en esos manuales de dogma que fueron

escritos sin tener oposición, porque ésta no podía expresarse libremente, y se

valen de la ignorancia de los católicos que no acuden a los especializados en

cada asunto. Eso me pasó en reciente coloquio en el Colegio de Farmacéuticos

sobre el tema, "Mujer y divorcio". Un bienintencionado coloquiante esgrimió en

contra mía—como si fuese la última palabra— un plúmbeo manualito de teología (lo

pongo en diminutivo no por su tamaño físico, sino por la pequeñez intelectual de

este libro). Cuando repasaba yo sus páginas después del incidente y leía sus

afirmaciones sobre el divorcio, me quedaba atónito de cómo se intenta confundir

el juicio popular con afirmaciones apodícticas que carecen de toda seriedad

histórica y doctrinal, porque no han recogido tales manuales las conclusiones de

los investigadores católicos. Parten estos sedicentes teólogos de un hecho: que

sus lectores no van a comprobar la verdad de lo que dicen. Pero algunos, como

yo, tenemos la incómoda manía de comprobar las cosas, y no nos convencemos por

el grito hispánico —aunque sea teológico—, sino por la veracidad histórica.

Esta es la razón por la que "muchos católicos se han salido de la Iglesia, a

fuerza de permanecer quietamente fieles a ella"; debido a que "el gran pecado

nacional nuestro en cuestiones religiosas es la ignorancia".

Referente al divorcio, vea el amable contradictor que tuve en ese coloquio,

organizado por el afán cultural de nuestros farmacéuticos madrileños, lo que

piensa un ´sesudo catedrático español de Derecho Canónigo:

"Por lo que respecta al divorcio; creo que su posible establecimiento será

siempre cuestión a estudiar por la jurisdicción civil y por la eclesiástica". No

queda cerrado el problema ni en el plano civil ni tampoco en el eclesiástico. Y

no necesitaría el Estado más consulta a la Iglesia para establecer el divorcio

civil, porque eso es cosa que le atañe fundamentalmente a la sociedad, y es el

Estado quien debe resguardar la convivencia de todos los españoles antes que

obligar civilmente con lo que sólo es religiosamente para los católicos: no hay

que confundir el plano civil del Estado con el plano religioso de la Iglesia.

Por eso dice este profesor que "el Estado podría, por si parte, establecerlo". Y

"con respecto a la Iglesia, yo sostengo la indisolubilidad intrínseca del

matrimonio; pero sostengo también que el ´Papa tiene poder para disolver

externamente, aun los matrimonios ratos y consumados". Divorcio civil y también

divorcio eclesiástico de aquellos católicos que quieren reconstruir su vida

matrimonial trágicamente destrozada.

El broche final del libro es la "recapitulación de todas las cosas"; con un

posible "perdón universal" al fin de los tiempos, "aun de los posibles

condenados", como sostiene el padre Urs von Balthasar.

Hasta aquí Aradillas en sus encuestas. ¿Añade algo más el francés Besret, desde

el atractivo progresismo de su libro sobre la Iglesia nueva? Fundamentalmente

creo que no.

Se ve una vez más lo irreversible y universal de este "aggiornamento" religioso

que pretendió Juan XXIII, la del necesario e imprescindible cambio de mentalidad

en los católicos, si de verdad el Evangelio es vida para los hombres de mañana,

y no sólo para las huestes eclesiales anacrónicas de algunos hispanos mayores de

cincuenta años, que son los que sólo les van quedando a los obispos.

 

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