Autor: Saña Alcón, Heleno . 
   La misión de España     
 
 Pueblo.    16/02/1962.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

La misión de España

PARA un español es sobremanera instructivo cruzar la frontera y entrar en contacto con aquellos países que representan el arquetipo más acabado de la vida moderna, países con un alto nivel industrial y técnico, "superdesarrollados" como se llama ahora. De la misma manera que nadie podría comulgar hoy con un esplritualismo sin una armadura material sólida, seria erróneo creer que el confort material por si solo representa la culminación vital, el tipo más" noble de existencia. Nosotros somos enemigos de cierto tipo literario de romanticismo que ve Inevitablemente en la máquina y en la trepidación industrial un signo de deshumanización, pero tampoco somos partidarios de cierto dudoso optimismo apoyado en la creencia de que el simple lleno material sea una mística capaz de satisfacer las necesidades intimas del hombre.

. Si en los países del norte de Europa no existe ya prácticamente el subproletariado, que todavía existe en algunas .zonas subdesarrolladas de los países latinos, no es menos cierto que el nivel cultural, político y humano, en los paisés situados al otro lado de los Pirineos, no ha alcanzado alturas extraordinarias. El bienestar material, la industrialización, la técnica no actúan necesariamente como elementos de ennoblecimiento. Pueden actuar, al contrario, como medios de embrutecimiento, de degradación, de, plebeyizacion.

La antinomia que Splenger puso de moda entre cultura y civilización sigue teniendo una vigencia extraordinaria. Si es claro que las clases dirigentes actuales quieren mejorar las condiciones materiales y económicas de los pueblos, es dudoso, en cambio, que exista hoy en Europa —en la Europa del norte se entiende— una vocación honda y decidida para ennoblecer el destino tanto individual como social del hombre. El repertorio de palabras-clisé como "libertad", "democracia", son a menudo meros envoltorios ideológicos, una especie de hoja de parra para esconder el verdadero y crudo nudismo del mensaje: materialismo.

Los españoles, asi como en general los países latinos, podemos sentirnos hasta cierto punto optimistas. La amistad de las tierras solares con el humanismo y el cristianismo, con la dignididad y la Insustituibilidad del ser humano es vieja, legendaria. Nosotros contamos con una (identidad humana Irreversible, que será difícil de extirpar, de sustituir por una pseudomoral al uso cualquiera. Hay sobre todo en el español una tendencia a no deshumanizarse, a no degradarse, a no perder contacto con su condición humana. Nosotros creemos profundamente en una misión española; nosotros estamos plenamente convencidos de que España no agoto su proyección universal con el Imperio, el descubrimiento de América y coa la colonización. Desde la aparición de los Estados Unidos y Rusia como grandes potencias mundiales, se ha desarrollado entre los países de dimensiones medias una especie de complejo de inferioridad, que consiste en la creencia de que de ahora en adelante la grandeza de los pueblos va a medirse por su extensión territorial y por su densidad demográfica. Frente a este fatalismo histórico pesimista, nosotros creemos, al contrario, que casi todas las formas superiores y ejemplares de existencia surgen no en las grandes extensiones territoriales y en las grandes concentraciones demográficas, sino precisamente en aquellas unidades geopolíticas de proporciones medias, equilibradas: Grecia nos da el humanismo; Roma, el Derecho; Palestina, el Cristianismo; Italia, el Renacimiento; Inglaterra, el Industrialismo; Francia, la Revolución. Las grandes dimensiones demográfico-territoriales no son casi nunca el levante de las civilizaciones, sino su poniente. La nación colosal no es, como algunos observadores ofuscados creen, un fenómeno del siglo veinte, sino un fenómeno histórico antiquísimo. Sin embargo, han sido precisamente las naciones y pueblos medios los que, a la larga, han dado prueba de mayor vitalidad y fecundidad históricas.

Traemos a colación estas perogrulladas históricas porque ciertas mentalidades incrédulas creen a pies juntillas que una dimensión territorial y demográfica como la de España es incompatible con una misión de alto voltaje histórico. Es evidente que la misión esencial de España no ha de consistir por ejemplo en fletar naves, astronáuticas o en producir más toneladas de acero. Estas empresas de Índole potencial, que dependen ineludiblemente de factores de rentabilidad económica, las dejamos para aquellos países que el destino dotó convenientemente para ello. Pero creer que la única misión a la que un pueblo puede aspirar hoy en día es a la de "aumentar su renta nacional, es operar con un concepto muy romo y muy mezquino de.la historia.

De la misma manera ´que la insobornable y honda identidad humana de los españoles ha retardado nuestra puesta a punto industrial y técnica—es una vergüenza que todavía existan entre nosotros intelectuales que expliquen nuestro retraso industrial con una patraña, tan infundada como la de una supuesta Inaptitud nativa del latino para la técnica—, igualmente en aquellos países situados hoy a la cabeza del progreso, la revolución Industrial y técnica acelerada se ha producido a costa de la pérdida de otros valores y bienes de signo menos utilitario pero no menos vital. Nadie que haya convivido por un cierto tiempo con los "paraísos" fabriles y técnicos norte-europeos ignora hasta qué punto la culminación material ha sido moral y espiritualmente negativa. Viviendo aquí en Europa uno no puede dejar de registrar constantemente cómo la vida se ha artificializado, perdiendo en autenticidad y emoción naturales. Uno siente en estas latitudes, a veces, el vacio humano tan evidentemente, tan palpablemente como siente la temperatura. Lo que nadie puede ya poner en tela de juicio es que en los países norte-europeos el nivel industrial y técnico crece en la medida y en la proporción en que desciende el nivel de vida humano.

"Nosotros no somos partidarios; como Unamuno—para no nombrar sino al más ilustre de los llamados "españolizantes"—de rechazar ibéricamente y en bloque todo lo que proceda del otro lado de los Pirineos, de subirnos a la sierra de Gredos a rasgarnos las vestiduras y a lanzar delirantes anatemas contra el progreso y la civilización, porque esto es irrecusablemente una actitud literaria y no una actitud realista, apta para la vida del llano. Pero nosotros nos negamos a caer en la humillación intelectual de proclamar pedantemente , como Ortega y Gasset que los españoles no somos un pueblo inteligente. Entre la fórmula arrogante de un españolismo a la tremenda y la fórmula humillante de una capitulación sin condiciones ante el estilo de existencia nórdico, cabe, una actitud intermedia que acierte a interpretar sagazmente hasta qué punto debemos transformarnos y hasta qué punto debemos permanecer en lo que somos. El español, tan perspicaz a la hora de discernir lo accidental de lo esencial, lo trascendental de lo banal, es capaz de discernir como ningún otro pueblo lo que la existencia industrial y técnica tiene de necesidad y de lujo, lo que tiene de serio y lo que tiene de deportivo, lo que tiene de banal y de profundo. Nosotros queremos también, como otros pueblos occidentales, ser modernos, pero sin dejar de ser al mismo tiempo eternos, cuidando de no confundir los medios con los fines, de no mecanizarnos y tecnificarnos hasta el punto de deshumanizarnos.

Heleno SAÑA ALCON

 

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