Discurso del cardenal Tarancón en la apertura de la Conferencia Episcopal. 
 He sido muchas veces mal interpretado e incluso difamado. Pero lo que importa     
 
 ABC.    04/04/1975.  Página: 32. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

ABC. MARTES 4 DE MARZO DE 1975.

DISCURSO DEL CARDENAL TARANCON EN LA APERTURA DE LA CONFERENCIA EPISCOPAL

«HE SIDO MUCHAS VECES MAL INTERPRETADO E INCLUSO DIFAMADO. PERO LO QUE IMPORTA

NO SON LAS PERSONAS, SINO LA IGLESIA»

Hoy termino mi mandato. Es lógico que evite cualquier referencia a los temas, de

esta Asamblea que ya puede moderar otro -no debo hacer hoy el discurso de

presentación de los temas, como lo he hecho en otras asambleas— y aun que

prescinda de toda reflexión sobre la marcha de la Conferencia Episcopal, o sobre

la situación de 15 Iglesia.

Mi Intervención, que ha de ser mucho mas breve que de ordinario —no quisiera

ocupar vuestra atención más Que unos minutos— se ´limitará a lo que parece

obligado en estas circunstancias-, aunque no quisiera que tuviese un carácter

meramente protocolario.

Quiero deciros ante todo, antes de seguir el discurso, que he cumplido el

encargo míe se me hizo en la última reunión de la Comisión Permanente:

acompañado del obispo secretario de la Conferencia Episcopal he presentado la

petición de gracia con motivo del Año Santo de la reconciliación en nombre de la

Conferencia Episcopal, petición que ha sido acogida con especial benevolencia.

También presenté, como transmisor, la petición que había recibido de Justicia y

Paz con el encargo de hacerla llegar a las altas autoridades del Estado.

He de agradecer ante todo las facilidades que me habéis dado todos los miembros

de la Conferencia para el ejercicio de mi tarea presidencial. Si miro

exclusivamente al interior de nuestra Conferencia —a las reuniones de la

Asamblea plenaria, de la Comisión Permanente, del Comité Ejecutivo o del Consejo

de Presidencia—, he de reconocer y confesar públicamente que es muy fácil ser

presidente de la Conferencia Episcopal Española.

Y es fácil, no sólo por el clima auténticamente eclesial que tienen todas

nuestras reuniones, sino por la discreción, prudencia y sensatez de todos y por

el tono sereno y cordial que tienen normalmente todas las intervenciones, aun en

los casos en los que existen posturas distintas o criterios diferentes.

¡Cuántas veces he pensado, al contemplar cómo se desarrollaban algunas de

nuestras deliberaciones que algunos consideraban como conflictivas, que la mejor

maneta de convencer a la opinión publica de que no es exacta la figura que se ha

formado en la Conferencia Episcopal —creen no pocos que el clima de nuestras

reuniones es ordinariamente tenso y conflictivo— seria abrir las puertas y que

todos pudiesen presenciar nuestras reuniones!

Porque la diferencia de criterios y de actitudes que existe —y es lógico y

humanamente ineludible que exista—, entre nosotros ni coartan en lo más mínimo

la libertad de ningún obispo ni rompen él tono de serenidad" y hasta de

cordialidad —de auténtica caridad— que es normal en nuestras reuniones.

Yo he pretendido ser el presidente de la Conferencia, esto es, de todos los

miembros de la misma, y lo he intentado con la mejor voluntad. Si no lo he

conseguido con toda perfección, achacadlo a mis limitaciones —las tengo y muy

grandes como, al fin y al cabo, las tenemos todos los hombres—, pero no a falta

de un deseo firmísimo y de un empeño que yo he querido que fuese eficaz.

Tengo, pues, que pediros perdón —estoy seguro de vuestra indulgencia— por mis

fallos, debidos principalmente, como os decía, a mi debilidad.

Durante estos tres años he tenido que actuar en varios frentes en nombre y

representación de la Conferencia. Y en este aspecto —vosotros lo sabéis igual

que yo— la tarea no ha sido nada fácil y, en algunas ocasiones, ha sido

positivamente conflictiva.

Yo he puesto en esa tarea —midiendo exactamente la grave responsabilidad que

pesaba sobre mi — la máxima atención y el mayor esfuerzo. Y he procurado siempre

proceder con la mayor delicadeza, con la máxima, lealtad, teniendo siempre

presentes el bien de la Iglesia y de la Patria.

He de aseguraros, ante todo, que me he dado cuenta de que no actuaba en estos

casos, con carácter personal, sino representativo; citando tenía que informar a

la Santa Sede —cosa que he tenido que hacer con frecuencia— o cuando tenia que

dialogar con las autoridades del Estado o con algunas Instituciones y hasta

personas, he procurado siempre expresar, lo más leal y exactamente posible, el

criterio y la postura de la Conferencia.

Quizá en este aspecto mis fallos hayan sido mayores a juicio de algunos, no lo

sé, pero de lo que sí estoy seguro es de que nunca me he mirado a mí mismo ni he

querido expresar mi criterio personal, si no coincidía plenamente con el de la

Conferencia, ni he tenido otro interés más que el que debe tener un obispo que

ha de estar plenamente al servicio del Evangelio y de la Iglesia.

Creo sinceramente —os lo confieso con toda honradez y humildad— que ese aspecto

a que me estoy refiriendo es difícil por diversas razones, tanto en el plan

intraeclesial como en el social, y poco o casi nada pueden influir las personas

para superar esas dificultades. Porque la misma naturaleza de las tensiones y el

clima que han creado son propicios a los «malentendidos», a los recelos y hace

falta, además de inteligencia y extremada delicadeza, una capacidad de

sacrificio extraordinaria. Yo hice lo que supe, lo que pude, y aun creo

sinceramente, que algo más. He sido mal interpretado muchas veces, acusado en

algunas ocasiones y difamado en otras. Esto, en sí mismo, tiene poca

importancia. Lo que interesa no es la persona o las personas, sino la Iglesia. Y

los obispos sabemos que hemos de estar siempre dispuestos a las críticas y a

aceptar cualquier sacrificio en el ejercicio de nuestro deber pastoral.

Si digo esto al terminar mi mandato, no es en plan de queja, de acusación ni aun

de desahogo. Yo sé que no hice otra cosa que cumplir con mi deber, y, gracias a

Dios, no guardo el más mínimo recelo contra nadie. Lo digo tan sólo para

subrayar un hecho evidente, por otra parte, y por si acaso a mi me ha faltado

una mayor dosis de entrega, aunque no tengo conciencia de ello, y para que no os

extrañéis tampoco demasiado de que en alguna ocasión —creo que ´en estos

momentos asas difíciles nos pasa un poco a todos los obispos— haya tenido la

tentación de evitar esas responsabilidades y me he sentido no sólo preocupado,

sino hasta un poco desanimado.

Tengo que añadir, sin embargo, que también en ese aspecto he encontrado siempre

la comprensión, el aliento y la máxima cooperación de. muchos de vosotros,

particularmente de los miembros de la Comisión Permanente, del Comité Ejecutivo

y del Consejo de Presidencia, que no sólo me han confortado, sino que han

logrado desvanecer aquella tentación en los momentos más complicados.

Al terminar mi mandato yo quiero significar también mi gratitud —y hasta mi

admiración— por nuestro secretario, .que todavía permanece durante dos años en

el cargo, y que, a pesar de que como obispo auxiliar de Oviedo ha debido atender

a las necesidades de aquella Iglesia colaborando con su arzobispo —y yo sé bien,

por experiencia, el trabajo pastoral que hay que realizar en aquella diócesis—,

nos ha asombrado a todos por su capacidad de trabajo, y en el que yo he

encontrado en todo momento al confidente, al amigo u al colaborador sincero y

fiel, inteligente y constante, que no ha regateado esfuerzos para atender a las

muchas cosas que van surgiendo continuamente.

Creo que es de justicia también subrayar el espíritu de magnífica colaboración

qua nos ha dispensado siempre —y la auténtica amistad, que es todavía mejor— el

representante del Santo Padre, nuestro querido señor nuncio, que con espíritu

auténticamente episcopal ha tenido siempre sumo interés en conectar con la

Conferencia, en compartir sus preocupaciones y afanes y en ayudarnos en nuestra

tarea pastoral.

Quizá el mayor consuelo que he tenido en este aspecto que podríamos llamar

externo, durante esos tres años de mi ?nan-dato, es el de haber podido dialogar

intimamente con el Papa Pablo VI, del que he recibido en todo momento no sólo la

atención paternal y el afecto cordial que todos los obispos reciben cuando le

visitan, sino el máximo aliento en mis momentos de desánimo % un interés, una

preocupación afectuosa y hasta un cariño especial por todos los asuntos, no sólo

de la Iglesia de España, sino por todas las cuestiones de nuestra Patria, que

para mi, obispo y español, han sido una de mis más grandes satisfacciones.

La Conferencia, después de. estos nueve años, que quizá podrían considerarse de

iniciación o de «rodaje», como se dice ordinariamente, ha llegado ya, a mi

juicio, a la madurez.

Dios quiera que con ese espíritu de auténtica caridad que siempre nos ha

animado, sepamos realizar nuestra tarea pastoral con el mayor acierto y

contribuyamos eficazmente a la renovación de nuestro pueblo cristiano y, ¿por

qué no? — somos también españoles y todos queremos ser buenos españoles— al

futuro -pacífico v glorioso de nuestra Patria.

 

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