Autor: Gironella, José María . 
   Problemas de la época     
 
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PROBLEMAS BE LA ÉPOCA

LO que ocurre en algunas fábricas de automóviles es aleccionador. Los careros que trabajan en los talleres destinados a la construcción de coches de serie viven pendientes del fin de la jornada. Apenas oyen la sirena, salen disparados; los obreros afectos a la Sección "Coches de Carreraç" no ven la hora de abandonar el trabajo. La explicación que dan estos últimos es sencilla: construyen unidades con personalidad propia, coches cuya trayectoria podrán seguir luego en las pistas y reseñas deportivas. Entra en liza el espiritu de competición y, por tanto, de superación; interviene el pundonor; la labor del obrero tiene un objeto.

Este ejemplo, elegido entre otros muchos, nos sitúa ante uno de los grandes problemas actuales: el de las relaciones del hombre con su trabajo. En las fabricaciones en serie, estas relaciones son de una completa indiferencia, cuando no de odio. El hombre no tiene por qué amar una pieza sin misterio, que construye sin saber para qué servirá, infinitamente repetida. El hecho de que la empresa sea una Sociedad Anónima reduce definitivamente a cero el interés humano que pudiera existir en él.

Frente a este hecho, el consabido canto a las excelencias de la artesanía resulta de una ingenuidad y, sobre todo, de una inoperancia escalofriantes. En primer lugar, porque la artesanía, admitida como único vehículo de producción, tenía un aspecto indiscutiblemente inhumano: satisfacía a unos cuantos, a los propios artesanos y al número limitado de usuarios de sus productos, ignorando a los más, no alcanzándolos con sus beneficios; y, en segundo lugar, porque el incesante aumento de la población terrestre y la progresiva incorporación de zonas humanas, hasta ahora retrasadas, a un tipo de vida que exige alimento acondicionado, vestido, forma decente de habitaje y distracción, etcétera (en Asia, África y America del Sur millones de seres humanos reclaman con cara hosca un plato en la mesa), traer, consigo un acrecentamiento de las necesidades mundiales.

De modo que condenar la fabricación en serie es suspiro de hombres a los que el ritmo histórico excede y que en cualquier época hubieran sido unos cobardes. Ante el hecho no cabe sino una actitud: admirar su grandeza—y en el intento de producir lo elemental para todo el mundo la hay—y buscar solución a los problemas que su advenimiento, como cualquier otra evolución, plantea! Esta evolución, por afectar a algo tan profundo como es el oficio al que el hombre se adscribe, al empleo que éste hace de gran parte de su jornada; por crear en él hábitos, rencores, determinados anhelos de evasión; por despertarle, en relación con sus compañeros de trabajo, sentimientos de solidaridad por un lado vigorosos y por otro artificiales, interesa, a la vez, a sus condiciones materiales y a su alma, influye en su vida animal, familiar, intelectual y religiosa; todo lo cual, al proyectarse sobre millones de seres, produce un movimiento sísmico en la sociedad. Las dimensiones del problema son de primera magnitud, porque se trata de algc^ más que de estimular la producción, de conseguir que el hombre dé un rendimiento o de que el productor se sienta materialmente compensado. Se trata de conseguir que el hombre comulgue con su trabajo de una manera natural, único estadio que puede impedir su embrutecimiento y acercarlo a la felicidad. Se trata de que el trabajo "interese por sí mismo", y de darle a este interés posibilidades de duración a lo largo de una vida. De ahí que todos los sistemas basados en el confort del obrero sean también, en el fondo, otras tantas declaraciones de impotencia. Naves higiénicas, refrigeración, calefacción, música—se han ensayado auriculares para que el obrero pueda elegir su programa—, si desde el punto de vista social y corporal son avances admirables, conquistas de las que ya no se volverá nunca atrás, rozan el mal sin curarlo, pues tienden precisamente a que el hombre, deslumhrado por el marco, "olvide que el trabajo que realiza no le interesa". Constituyen una distracción, es decir, una trampa.

Otro tanto podría decirse de las colonias industriales, organizadas en terrenos aparte, con piscina, campo de deportes, etc. Al hablar de ellas se habla siempre del "marco agradable" en que el obrero se desenvuelve y de sus posibilidades de mejora espiritual en las horas extra-trabajo. El problema continúa en pie, el obrero continúa pegando martillazos día tras día sobre el mismo yunque, e! corazón no participa en la labor; en suma, está a merced de la mejor oferta y siente que su trabajo no dejará en el mundo la menor huella visible. Las consecuencias de este íntimo desencanto son catastróficas. Ahora bien: hay algo que sería pueril ignorar. La fabricación en serie, inevitable en este momento histórico, y su más patética consecuencia, que es el trabajo en cadena, es una realidad moralmente lamentable, pero sociológicamente justa. pues brota de la implacable selección de valeres que lleva a cabo la propia sociedad. En efecto, millones de personas encuentran en la mano de obra de las grandes empresas una solución poco brillante, pero efectiva, del problema de su subsistencia. Personas incapaces de encontrar por sí mismas una salida mejor, de remontar con el propio esfuerzo su nivel inicial. El pavoroso incremento de la burocracia, que, a caballo de los Seguros Sociales, se está registrando en todo el mundo, entre gente que por su condición y la instrucción recibida podría visar más alto, confirma la existencia multitudinaria del hombre voluntariamente derrotado, que de buenas a primeras renuncia a luchar.

De modo que la seguridad a que aspiran y de que gozan el obrero encadenado y el funcionario de empleo fijo es un arma que, por haber sido conseguida sin combate, tiene doble filo y entraña un peligro mortal: el de halagar el conformismo, hundiendo definitivamente en él al beneficiario.

Asi, pues, el auténtico dramatismo del trabajo en cadena reside en el hecho de que el hombre mediocre lo merece. Por fortuna, se inicia en algunas capas sociales una honrosa salida hacia la especialización. Sí, por ahí se salvan cada día mayor número de "parásitos". Importante victoria en el proceso selectivo. Cada nueva conquista científica ofrece un caudal de posibilidades en este aspecto y es evidente que gracias a ellas se está formando una nueva clase "productora", la clase técnica, infinitamente más decorosa y feliz que la anterior, e integrada no únicamente por los creadores en sentido nato, por los que conciben robots o dibujan modelos, sino incluso por los que realizan simplemente la parte sutil, la pieza compleja de la nueva máquina que esos tales concibieron.

Sería, por tanto, burda calumnia afirmar sin más que el mundo moderno embrutece sin remisión. En su seno, los fuertes tienen más ocasión que nunca de demostrar su capacidad. Pero ello implica lo dicho, aspiración inicial y esfuerzo prolongado, premisas un tanto incómodas, que repugnan con violencia a quien considera que el trabajo es un castigo y que la automática obligación dé la sociedad es otorgar, a quienquiera que ocupe un lugar ocho horas al día, seguridades completas, desde la cuna al cementerio

José María GIRONELLA

 

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