Autor: Baquero, Gastón. 
   Europa y Occidente     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 9. 

UNA de las grandes sorpresas que se lleva el hombre de América al recorrer cualquier país de Europa es enterarse, y en forma no siempre agradable, de que para muchos europeos la noción de Occidente, de Mundo Occidental, que tan arraigada está en el Nuevo Mundo como cosa propia, se reduce a considerar la "supremacía" de Europa, en lo político, en lo cultural y en lo económico, como el "sine qua non" de la supervivencia de la civilización occidental.

Y lo más sorprendente de esa noción no recae en la idea de supremacía, pues es normal que los hombres y los pueblos la deseen, sino en la natural y casi automática convicción que esos europeos expresan de que Occidente es... Europa y nada más. Todo lo otro—nada menos que el Nuevo Mundo completo, y nada menos que las prolongaciones seculares de lo europeo en el Pacífico que toca en los fondos de Asia—, todo lo otro es una .especie de rebelión contra Europa; un disentimiento, un abandono, o... una traición. Lo otro viene a ser, en el mejor de los casos, una suerte de infra-Europa, cuando no una franca anti-Europa.

¿Qué es esto? ¿Por qué se olvida de manera tan lamentable la concepción cristiana, universal, integradora, del vocablo "Occidente"? Al preguntarse Paul Valery cuándo Europa se decidiría a ser "el cabo de Asia que es", estaba recordando que, geográficamente, Europa es una modesta península asiática. Luego del paréntesis de Alejandro y de Roma, en lo cuantitativo Europa no es nada hasta el final del siglo XV,

Su existencia, su resistencia, su supervivencia desde hacía unos dieciocho siglos eran de carácter cualitativo, espiritual. Pero a fines de ese siglo XV ese propio carácter cualitativo, diferenciador y superiorizador, hallábase ya como saturado de sí mismo, habiéndose convertido paulatinamente en un mundo cerrado. Dentro de muy poco espacio habían ocurrido demasiadas cosas. En el interior de ese orbe ocluso, el hombre europeo comenzaba a sentirse como asfixiado, falto • de aire. Terminadas las catedrales góticas—flechas, ascensores metafísicos para brincar hasta el cielo—; examinada hasta la última proposición de la "Summa" de Santo Tomás de Aquino; concluida la arquitectura de la conciencia religiosa y política en la "Divina Comedia"; todo ordenado, compuesto, convertido en geometría y dato concreto, era inevitable que apareciese a poco en los humanos esa desesperación, ese desasosiego, ese aburrimiento agresivo que producen el saber ya archivado, el mundo ya clasificado y la vida resuelta en monótona rutina. En busca de aire para los pulmones, de alimento para la imaginación, de horizontes nuevos, los espíritus más agudos se dieron a cavar en el muro del tiempo ido, en el sepulcro de las viejas culturas matrices, e intrataron hacerlas renacer. Como ya estaban hartos de verse a si mismos, se pusieron a ver ¡a los griegos! Para Rafael, Platón era el regreso a la primavera del mundo. Y cuando el Renacimiento^ estaba más atareado en su humanitaria tarea de salvar al semiahogado hombre europeo haciéndole la respiración artificial, ocurrió un hecho magno que transformaría de veras la existencia europea: el Descubrimiento de América.

Entre otras muchas cosas, el Descubrimiento era llenar de aire natural los pulmones de los que se asfixiaban; era dar espacio a los encerrados; era ofrecer olvidadas tareas de conquista, de expansión, de alegre corretear por nuevos mares y tierra a quienes ya se hastiaban de unas mismas guerras y dé unas mismas tierras. Al griego muerto, se le opuso el indio vivo. Al territorio cultural del pasado se contrapuso el inédito territorio para practicar la transfusión de una cultura dinámica. Como Sara pariendo a los noventa años y muñéndose de risa, la vieja Europa tuvo otra vez salvajes, o sea, infancia de la humanidad.

¡Qué bueno era tener salvajes, niños que domesticar, ciando se estaba rodeado de amojamados Aristóteles, de Platones resucitados a fuerza de espiritismo y de retórica!

Y, en otro orden de cosas, el Descubrimiento era sumar a Europa, en lo cuantitativo, justamente aquella masa territorial, de espacio marino y terrestre, que librándola de ser una humilde península de Asia, le haría posible superar el contrapeso cuantitativo, material, que el Asia ejercía constantemente sobre ella.

¡Adiós invasiones asiáticas! ¡Adiós pesadillas del gigante material alzándose contra el espíritu allá en las fronteras de la Media Luna o del sable tártaro! Ya en los platillos de la balanza no estaban, de un lado Oriente, infinito, misterioso, inasible, y del otro Europa, pequeña, resistente y a fuerza de luz y de constante vivir en vigilia y zozobra. Ahora la balanza se equilibraba en lo material, y admitía plena supremacía de Europa en lo espiritual, porque si de un lado estaba Oriente, del otro había surgido una Eu-

ropa magnificada, enriquecida, extendida hacia unos rumbos tales, que cabía llamarla "Occidente" .-Y gracias a España, Occidente comenzaba en las tierras europeas, en las heladas vastedades de Polonia, e iba a internarse en los traspatios mismos de Asia: en las islas Filipinas. El gigante asiático había encontrado su contrapartida de gigantismo. La Historia del mundo iba a experimentar un cambio radical.

Comenzaba otra vida para el hombre, porque se habían añadido nuevas dimensiones, nueva estatura, a su quehacer y a sus esperanzas...

Si todo esto es así, y parecer ser que es así, la conclusión es obvia, perogrullesca como la luz iluminante y el agua humedeciente: Occidente es Europa "más" el mundo descubierto por una nación europea y civilizado por varias naciones europeas. Esas naciones hicieron el Nuevo Mundo, el campo de operaciones en grande para continuar sus luchas, rivalidades y malquerencias, pero también sus capacidades de culturación y de ciencia. Sin necesidad de llegar a la creencia de Tagore, según la cual "el destino de América es justificar la civilización occidental a los ojos de Oriente", es conveniente no olvidar que América es "también" Occidente.

Europa es una parte de Occidente, como Alemania es una parte de Europa. Y pudiera ser qua las rivalidades políticas y. económicas entre países europeos yr por ejemplo, los Estados Unidos de Norteamérica, hicieran pensar a algunos europeos que esa nación del Nuevo Mundo es antieuropea o antioccidente; pero esa apreciación seria tan falsa como la del francés que considerara a Alemania una antieuropa, o como la del alemán que considerase a Inglaterra un antioccidente. Esas naciones—Francia, Alemania, Italia, España, Inglaterra...—no empece guerreen entre sí periódicamente: son Europa. Y esos dos mundos, el europeo y el americano, aunque en el terreno político y económico antagonicen demasiado todavía, son Occidente.

La condición de occidental es una dimensión de la cultura, de las esencias formativas, de los ideales culminantes entrevistos como un desiderátum para la humanidad. El Descubrimiento fue un destino compartido, una participación en el "fatum" europeo, no una peripecia evaporable. Lejos de haberse cancelado o agotado aquel destino común que se inaugurara el día 12 de octubre de 1492, "no hace sino comenzar ahora a tener conciencia de sí mismo, de su írrevocabilidad". Solo ahora se inicia la comprensión—¡y tantos no quieren verlo todavía!—de que el vocablo Occidente quiere decir Europa y América. Dos miembros inseparables de un organismo mancomunado, siamés. Dos miembros fundidos en simbiosis tan profunda, que ninguno de ellos puede aislarse ¿el piro, so pena de perecer los dos.

Gastón BAQUERO

 

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