De cara a la integración en la CEE. 
 Leche y remolacha: Talón de Aquiles de la agricultura     
 
 Diario 16.    28/02/1977.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

10/ECONOMIA

Lunes 28-febrero 77/DIARIO16

De cara a la integración en la CEE

Leche y remolacha: Talón de Aquiles de la agricultura

MADRID, 28 (D16). — Los problemas de la integración de España en la Comunidad Económica Europea

no sólo afectan a la industria. La agricultura española también pagará su tributo.

Las producciones de remolacha y leche de vaca no son competitivas con las europeas. Los precios de

estos productos —sobre todo los de la remolacha— son más caros en España que en la CEE.

La competencia europea en el caso de integración puede barrer la producción lechera y azucarera

española y condenar definitivamente al subdesarrollo a gran parte de la cornisa cantábrica —incluyendo

la parte norte de la provincia de León— y a la cuenca del Duero.

La dependencia de las provincias castellanas de la remolacha y de la zona norte de la leche dan una

dimensión regional y humana al problema de gran envergadura.

¿Cómo es posible que la leche de vaca y la remolacha sean más caras que, por ejemplo, en Francia? La

res-puesta en ambos casos hay que buscarla en la falta de productividad y, en el de la remolacha, en una

política de precios demencial y contradictoria a lo largo de los últimos años. Por eso es preciso tomar

medidas urgentes sobre nuestra estructura productiva si no se quiere llevar al país a la bancarrota. Y

practicar una justa política de precios.

La mala leche

Los ganaderos españoles están dejando oír su voz para pedir unos precios justos para la leche. Estiman

como precio justo una subida de un 25 por 100.

Un aumento de esta magnitud agravaría el problema de la competitividad, pero a la vez, de no producirse,

supondría una fuerte regresión en las rentas reales de los ganaderos, dicen éstos. En el último Consejo de

Ministros, pese a que el FORPPA (Fondo de Ordenación y Regulación de Precios y Productos

Agropecuarios) ya trató el tema hace unas semanas, prolongó la regulación de la campaña lechera (es

decir, congeló los precios) hasta el 15 de marzo.

Entre la espada y la pared

La decisión del Gobierno al fijar el precio de la leche es de una gran responsabilidad por las múltiples

repercusiones que representaría. El Consejo de Ministros debe considerar una serie de alternativas

económicas y unos principios de justicia que hacen difícil acertar y contentar a las partes interesadas

(productores y consumidores), apuntan los ganaderos. En primer lugar está la consideración de los precios

internacionales. En segundo lugar hay que considerar que se trata de un producto de primera necesidad

con una amplia demanda para la dieta equilibrada de la población infantil. En tercer lugar hay que prever

las repercusiones para el agricultor.

Para el productor, que suele cobrar cuando vende la cosecha, el precio de la leche que le liquidan

mensual-mente se ha convertido en un salario, de lo que malvive hasta que llega la problemática venta de

la próxima cosecha. Congelar el precio o subirlo poco supone un agravio comparativo de muy difíciles

consecuencias en el abastecimiento, aseguran las fuentes citadas.

Y mientras falte una política agraria consecuente, el excedente de beneficio conseguido vía precios es el

único camino para que se mejore la productividad.

Los estudiosos del tema coinciden en señalar que este país no puede plantearse el autoabastecimiento de

leche como objetivo prioritario, sobre todo pensando en una integración en la CEE. Las críticas a la

"ganadería sin campo" tienen aquí sentido.

Este país puede ser protagonista de una verdadera revolución ganadera en la cornisa cantábrica —Galicia,

después de Kenia, es la segunda región del mundo con más posibilidades ganaderas— que permita no

fomentar artificialmente la producción en otras regiones marginales.

Premio a la ineficacia

La actual política lechera —que seguirá vigente en la regulación de la próxima campaña— es un

inconcebible premio a la ineficacia y a la falta de productividad. Los técnicos no encuentran otra

explicación a la llamada prima de transporte. La leche de más calidad, la que contiene más materia grasa,

se paga a menor precio, porque la Administración considera que el ganadero en zonas deficitarias debe

cobrar una prima de transporte por "admitir" que en su provincia se consuma leche de las excedentarias.

El gran número de explotaciones lecheras asentadas en zonas que no reúnen las condiciones natura1es, el

abandono de las que sí las reúnen, la falta de un desarrollo de pratenses (prados) ocasionan el que España

tenga la leche peor y más cara de Europa (3,1 por 100 de materia grasa en España frente a 3,5 por 100 en

los países del Mercado Común).

La producción de leche en España es de unos 5.000 millones de litros al año. Los nueve países miembros

de la CEE producen 95.000 millones. En España consumimos el 70 por 100 de la producción en leche

fresca y el resto se destina a la fabricación de productos lácteos.

En leches líquidas, nuestro país muestra un consumo importante (unos 97 litros per cápita), superior al de

Francia, Alemania, e Italia, pero muy inferior al de Inglaterra y Estados Unidos. Aunque en relación con

el Mercado Común —nos han informado en medios agrarios— el precio de compra de la leche al

ganadero es un 18 por 100 más alto, con los precios de venta al público la diferencia es menor, casi

siempre comparables ambos, y en algunas ocasiones, más bajos los españoles.

Remolacha: sabor amargo

Si hay algún ejemplo de falta de coordinación y desacierto de la política agraria éste es la remolacha. Con

un precio del orden del 40 por 100 superior al practicado en la CEE, unos excedentes de azúcar que no se

sabe qué hacer con ellos, un precio de este producto en el mercado internacional de 12 pesetas el kilo y

unos compromisos de compra con Cuba —originados por la escasez de años anteriores— a tres veces el

precio internacional, configuran la situación actual. Esta es la historia.

Tras unos años en que la Administración buscaba el autoabastecimiento azucarero a toda costa

(consecuentemente) incentivó la producción con precios realistas, aunque del orden de un 15 por 100

superiores a los del Mercado Común), se cambió de criterio, se congelaron los precias y

consecuentemente cayó la superficie sembrada y la producción de remolacha.

Cuando menos se producía se dispararon los precios del azúcar en el mercado internacional y tuvimos que

cubrir el déficit entre producción y consumo con unas importaciones a precios disparatados. Los

remolacheros presionaron entonces con lógica afirmando que mientras el precio de la remolacha estaba

por los suelos nos gastábamos nuestras divisas en unas importaciones que pudieron evitarse pagando la

remolacha al justo precio. Y entonces, la Administración, ni corta ni perezosa, y desoyendo los vaticinios

de una próxima caída del precio del azúcar en el mercado internacional, elevó prácticamente al doble el

precio de la remolacha. La producción, en consecuencia, aumentó espectacularmente hasta situarnos ante

el problema de los excedentes.

Regalo ruinoso

La espectacular subida del precio de la remolacha fue a todas luces excesiva. Tierras marginales y poco

dotadas se dedicaron al cultivo porque era rentable. Y si era rentable para las tierras marginales el negocio

era redondo —es redondo— para los propietarios de fincas bien dimensionadas y productivas.

Con esta política ocurrió lo de siempre: se metió dinero a manta en los bolsillos de muchos, con exceso en

el de unos, cuantos, y se les dejaba vivir a los pequeños propietarios de tierras no aptas para este cultivo.

Ahora estos últimos protestan —ante el silencio interesado de los primeros— para que se les suba

nuevamente el precio. Y así están las cosas.

La falta de visión de nuestra política agraria, sin plantearse nunca soluciones globales a nivel de sector y

menos de economía general, que no ve más allá de la situación de cada producto aislado, ha llevado a una

situación insostenible. De cara a la integración europea no hay otro camino que renunciar al

abastecimiento de los productos no competitivos. A los precios europeos, ¿cuánta remolacha se puede

producir manteniendo unas rentas dignas para nuestros agricultores? Una vez que se tenga la respuesta a

este problema será la hora de buscar nuevos cultivos. En la cuenca del Duero, las posibilidades del girasol

son inmensas. Y según nuestras noticias puede que el cultivo de la colza —semilla similar a la soja de la

que se sacan aceite y piensos— se dé como rosquillas en la zona. Soluciones no faltarán si se ponen los

medios. Seguir, entre tanto, con la actual política de precios es absurdo. Porque el argumento de que el

sistema fiscal se encargará de quitar los "superbeneficios" a los privilegiados es pura demagogia mientras

no se acometa la reforma fiscal.

 

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