Autor: Insúa, Alberto. 
   Dos imágenes de Ramiro de Maeztu     
 
 ABC.    29/10/1963.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

DOS IMÁGENES DE RAMIRO DE MAEZTU

MADRID. Puerta del Sol Año... ¿1907? ¿1908?... No sé. Lo que si recuerdo es que aquel hombre a quien vi en la Puerta del Sol por la acera entre la calle de Alcalá y la Carrera de San Jerónimo, iba a cuerpo, vestido de chaqué y tocado con un sombrero de copa. Si hubiese sido invierno habría llevado un gabán, tal vez una capa, si bien a primera vista no daba la impresión de un hidalgo, sino la de un "gentleman".

Quiero decir que parecía un inglés acabado de llegar de Londres y que no había tenido tiempo de españolizar, de madrileñizar en lo posible su indumento, el mismo con que atravesaba Trafalgar Square o se paseaba por Picadilly Circus. Era joven. Podrían ser los suyos entonces treinta y dos o treinta y tres años. Me parece que empuñaba un bastón. No estoy seguro... No veo muy bien ese bastón, pero sí veo unos libros y un fajo de periódicos que llevaba entre su brazo izquierdo y el talle y denotaba su condición de hombre de letras. A nadie he visto llevar más airosamente unos libros y periódicos entre el brazo y el talle como si fueran un manojo de ramas leves y de rosas fragantes.

Me detuve para mirarle. Le vi doblar la esquina de la Carrera de San Jerónimo. Y toda mi actitud fue la del escritor en cierne que ve pasar a otro, ya ilustre, de quien ha contemplado la efigie en las ilustraciones, ha leído páginas y conoce la reputación.

"Este es—me dije sin titubeo alguno— Ramiro de Maeztu", figura descollante del grupo de pensadores y escritores llamado "la generación del 98". Y al paraguas rojo de "Azorin", el "pequeño filósofo", y la boina y chalina de Pío Baroja, y el chaleco hasta la garganta de Unamuno, y a los quevedos, la barba nazarena y la manga vacia de Valle-Inclán, y a los bigotes "a lo Kaiser" de Manuel Bueno, y al cigarro puro de Jacinto Benavente vinieron en mi iconografía íntima a unirse el chaqué y la chistera de Ramiro de Maeztu.

Transcurrieron nueve o diez años sin que yo volviera a ver a Maeztu ni aun de lejos. Europa estaba en guerra. El, desde Londres, enviaba a "La Correspondencia de España" ya "La Prensa" de Buenos Aires unos artículos muy extensos e intensos. A veces cruzaba el canal y visitaba los campos de batalla para que sus crónicas tuviesen un valor de testimonio y reflejasen, en su variedad de rasgos y de gestos, el terrible rostro de la guerra. Maeztu y yo, colaboradores en el extranjero del mismo diario—"La Correspondencia"—nos encontramos y reunimos en París tres veces. Una en la sucursal de "La Prensa"; otra en una de las antesalas del Ministerio de Relaciones Exteriores, en e! Quai d´Orsay; la tercera en la tribuna de periodistas de la Cámara de Diputados, el Palais Bourbón. Corporalmente Maeztu había cambiado poco.

En ninguna época de su vida dejó de ser un hombre esbelto y de ademanes nobles, ni de ejercer un a modo de ascendiente mental en quienes le oían, pues sus ojos, que eran claros y miraban al interlocutor de una manera penetrante, diríase que enfocaban las imágenes circunscribiéndolas a su radio visual y dominándolas en su conjunto y sus pormenores. Hay miradas sombrías, hay miradas engañosas, hay miradas fútiles. La de Maeztu era una mirada-luz, una mirada-verdad, una mirada grave; grávida de ideas y de sentimientos. Entonces, una mirada de filósofo, de sabio, una pura mirada de pensador. Después... ¡Ah, después en esta mirada de Ramiro de Maeztu hubo más que sabiduría, hubo más que ciencia: hubo santidad!...

Terminada aquella guerra, la del 14 al 18, Maeztu inició lentamente la reforma de su espíritu: lo fue purificando hasta hacerlo digno de su misión redentora clara, pero ardua, y que debería cumplir con la entereza de ánimo y la fe invencible de los hombres que llamamos´ héroes y un día llamaremos mártires.

Pues no se crea que el heroísmo y el martirio de Maeztu fueron dos llamaradas súbitas, dos explosiones de un corazón, dos estallidos de una conciencia originados por el fragor de los combates. No. Maeztu fue el primero en combatir y en sufrir porque «1 fue el primero en adivinar. Otros pensadores, otros escritores, otros intelectuales españoles estuvieron ciegos cuando los ojos claros de Maeztu veían más diáfanamente que ningunos en el horizonte de la Patria y en los contornos más lejanos del universo.

Maeztu supo ver y prever, sentir y presentir. Esto es, profetizar en su tierra o en la aleña, no sin suscitar el asombro, la mofa, la cólera, la indignación—la incomprensión, en una palabra—de los que tienen ojos y no ven, y oídos y no oyen...

En 1923, al iniciarse por modo pacífico y fecundo el sacudimiento nacionalista de España, cuando un hombre providencial aparece con el corazón henchido de virtudes patrióticas, Maeztu no duda, y es el primero en reconocerlo. Maeztu será no sólo un embajador primorriverista, sino también el doctrinario de la renovación española, que históricamente ha de entenderse que se inicia con el golpe de Estado del 23. ¿Luego? Nadie lo ignora. Es demasiado paciente. Es historia viva, palpitante y sangrienta. Es incertidumbre, es locura, es delirio ideológico, es ingenuidad y es maldad que se entrechocan y en su vértice arrastran a casi todas las conciencias de España.

Entre las que no sucumben y se mantienen inmunes e invulnerables, voceando y gritando que España sólo será salvada por España misma, por los jugos de su estirpe, por el fervor de sus creencias y la fidelidad a su destino de nación católica, el único que da el grito de " ¡ Hispanidad, Hispanidad!" es Maeztu... A quien lo dudara le pido que señale una sola claudicación, un solo paso atrás, un solo titubeo en la línea de conducta de este hombre admirable que es el precursor de la doctrina y el sembrador de la semilla nacionalista. Sin el espíritu de Maeztu, sin la pluma de Maeztu no existirían en sus ensayos, en sus artículos y en las páginas de su "Acción Española", las sustancias y esencias con que más tarde, y ya al borde del abismo, plasman Onésimo Redondo y José Antonio Primo de Rivera la doctrina que redime, que renueva, depura y engrandece a España en la medida de su impulso católico y su divino mensaje imperial. Maeztu fue el mensajero.

Un día, una tarde en los albores de julio de 1936, en Madrid, por la calle de Serrano, se ve pasar al mismo caballero que en 1907 ó 1908, cruzaba con su chaqué y su sombrero de copa londinense por la Puerta del Sol. Ha envejecido y como al peso de su invencible aureola—o de corona de espinas—su noble cabeza se doblega un tanto entre los hombros. Es Ramiro de Maeztu que sale, como nosotros, de la casa de ABC.

Va Maeztu con un amigo. Yo, que minutos antes he conversado con él, llevo cierta prisa y he subido a un coche desde el cual le saludo, le digo adiós con la mano y le sigo con la mirada como si una orden de las alturas me impeliese a esta contemplación, a esta absorción de su imagen en mi retina, en tal forma que se me quede para siempre y muy nítida en el recuerdo, que es la gloria del alma. La noble cabeza del precursor se doblegaba suavemente, cristianamente, como si ya prendiera la corona de su martirio.

Y unos meses después, el 29 de octubre, ocurría el alevoso crimen que privaba a España de uno de sus genios.

Alberto INSUA

 

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