Autor: Martínez de Campos, Carlos. 
   Propaganda     
 
 ABC.    01/12/1963.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

PROPAGANDA

LO que piensa cada cual de la política lo saben los amigos, los parientes, los vecinos..., y muchos que no se hallan incluidos en las tres citadas categorías. Lo que uno piensa se ve en la cara, o se adivina al cabo de poquísimas palabras; y eso que piensa cada, cual es muy difícil de variar. Las ideas morales y políticas de un hombre hecho y derecho suelen ser fundamentales. El podrá disimular «u pensamiento o su creencia; pero "cambiar" es cosa que no hará sencillamente.

La propaganda es eficaz ante una masa subyugada. Es simplemente utilizable cuando el eco es límpido; cuando las ondas no entrechocan, como ocurría en Arbelas con las flechas que lanzaban, "en descarga", los flecheros de ambos bandos. Ahora, por desgracia, se empieza a hallar un medio eficaz y trágico en los lavados de cerebro. Pero, desde el momento en que la citada propaganda no es función de intensidad de arraigo, ni de juicio o de bondad de cada idea, sino tan sólo del lenguaje o del sistema utilizado en cada lección, suele ocurrir que sólo se convence el que se encuentra en deficientes condiciones para entender la interminable perorata o para sufrir la inyección que aplica el inhumano propagandista de su propio´ parecer.

La verdadera propaganda es la indirecta; es la que se realiza inconscientemente; la que se logra hablando de algo positivo y demostrando que se está a la altura necesaria para hacerlo. Los grandes discursos de Castelar no están de moda. Las obras de Platón sobre la metafísica o la inmortalidad del alma tampoco ya permiten convencer a gente jo» ven de cuanto el apetecía o se proponía divulgar. Las ideas políticas se estrellan contra una cultura intensamente conseguida, o ante una masa que diariamente crece, sin que en sus redes quepan los principios del profeta, del físico o del filosófico profundo. Todo avanza, y se densifica. Los jóvenes actuales son suficientemente viejos para querer únicamente lo que creen que es de su gusto. No se les puede hablar de política pasada, porque entonces a los viejos de verdad nos llaman despiadadamente "viejos", como sinónimo de inútiles o de entrometidos en lo suyo. No cabe hacerles distingos sobre la conveniencia para España de una república o de una monarquía, porque ellos quieren algo de nuevo cuño, aunque luego, sin querer, caigan en monarquía o en república. No cabe explicarles que los reyes fueron buenos, porque saben de sobra que los hubo deficientes. Tampoco es posible cantar a todos las ventajas de un socialismo demo-cristiano o de un presidencialismo exclusivista, porque en cada sitio los valores son distintos, aunque los sistemas se asemejen.

Somos pocos para muchos, y perdemos la .batalla. Cuando se habla, no se convence. De otra parte, muy pocos escuchan. Escuchan, a lo sumo, quienes desean que se diga lo expresado. La simpatía, la amistad, el afecto... influyen favorablemente en la captación de las ideas. Por el contrario, lo ignoto repele, y el desconocido acaba siendo igual a "nadie". Todo se pierde; todo se esfuma. Del gran discurso se pasó a los "slogans". Pero, en el "slogan", ahora, muchos tampoco creen. Desconfían de la promesa, aunque esté garantizada.

La propaganda debe hacerse personalmente. El hecho aislado cuenta más que la oración. Trece hijos en la casa, todos de blanco y con cara alegre, convencen más, con su presencia, que los principios de su padre.

´El orador famoso empieza ya a no convencer; y si quiere que le sigan más le vale no contar lo que prefiere para España. La monarquía se logra—se logrará o se lograría—con el prestigio de las personas que han de representarla y ejercerla; y la república se obtiene—o se conseguiría—si nuestros grandes sabios, nuestros mejores técnicos, los más famosos abogados... fueran republicanos. La pre-política ha pasado a última fila. Lo que quiere el que no sabe de este asunto—y el que no sabe se halla siempre in-

teresado en la materia—es un régimen que ayude a mejorar Ja situación de cada pueblo, el bienestar en cada casa y las ventajas personales. Mas, de antemano, es difícil convencer a todos de que el nivel social, el de cultura y el de vida, subirán con este método o aquél. En nuestros días, las ofertas son iguales. La más tremenda dictadura anuncia tantas maravillas como la más renombrada democracia. Todos prometen, sin que haya uno que diga que aquellos tres niveles han de elevarse paso a paso, y por añadidura como una fila de soldados que desfilan ante un jefe muy exigente; u otro asegure que el bienestar se logra fácilmente cuando no hay extraordinarias ambiciones. Si se unlversaliza la cultura, los concejales limpiarán las calles; sí el nivel social se extiende a todos, los ingenieros manejarán los tornos, y si el nivel de vida se adelanta a los restantes, sólo habrá holgazanes sobre la tierra.

En el norte de Europa, este problema se halla en auge. La democracia socialista ofrece a todos una cultura máxima, un tejado, un buen empleo, un tratamiento justo y un voto extraordinariamente libre; mas descontento queda el que no encaja esa cultura en su cerebro, el que tiene casa pobre o un empleo que no le gusta, un tratamiento que él encuentra injusto, o un voto que recae sobre el que tiene minoría. Ante eso, un nuevo "slogan" aparece; un "slogan" abreviado y contundente, un "slogan" disparado por los que siguen decididos a elevarse por encima y aún a costa de la masa. "Igualdad", dice ese "slogan".

"Igualdad", en vez de "justicia", pues se dice que "igualdad" es lo sólo justo, cual si los hombres no tuvieran coeficientes personales que acrecientan su cultura, refuerzan sus tejados, posibilitan sus empleos, justifican la justicia o inducen a votar a quien se lo merece.

En resumen: republicanos, socialistas y monárquicos prometen, a voz en grito, y todos a una, que el bienestar será absoluto y el nivel social altísimo.

De este modo, nada tiene de extraño que los jóvenes recelen. Pretenden, ellos, que no se les engañe.

Dejemos, pues, a un lado la propaganda, y prestigiemos cada cual nuestros principios con realidades, no con promesas, ni con menguados razonamientos.

Carlos MARTÍNEZ DE CAMPOS

Ve la Real Academia Española

 

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