Autor: López Rubio, José. 
   Jovellanos sin teatro     
 
 ABC.    21/05/1960.  Página: 83. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

JOVELLANOS SIN TEATRO

Lo señala "Manfer" en , un reciente número de A B C. El Ayuntamiento de Gijón, sin promesa de enmienda, sin doler de corazón, ha demolida el teatro Jovellanos, de noble ejecutoria, único local dé la ciudad astur que cultivaba, a trancas y barrancas, las representaciones dramáticas en les últimos tiempos.

Tanto da para el local o el general sonrojo que se derribe el único teatro de una ciudad de más de cien mil habitantes como el que otros, en localidades de mayor o menor importancia, y también propiedad de Ayuntamientos y Diputaciones, permanezcan cerrados todo el año o se dediquen a espectáculos de índole inferior a aquellos en que en su día fueron destinados por Corporaciones más afanadas por la cultura de sus pueblos.

Si una ciudad que, a decir del cronista, cuenta, con diez cinematógrafos y no ha de carecer de campos de fútbol, por supuesto, puede demostrar que no necesita de un teatro, ni siquiera de sus paredes vacías, como reserva, para seguir viviendo felizmente, es muy dueña de realizar la prueba y demostrar con ello que sus gentes no se ven perturbadas por tal motivo en su digestión o en su sueño. Pero adviértase el peligro de la experiencia. Si ya es grave que un propietario, en uso de su derecho, destruya un teatro para dedicar su espacio a industria de mejor rendimiento, es alarmante que .una ´ Corporación municipal pueda un día comprobar que el mismo beatífico resultado se puede producir con el cierre de las bibliotecas públicas, de las salas, de conciertos, de los museos, de las sociedades culturales. Sin nada de eso la vida de la ciudad continuará, a la vista, normalmente. El comercio abrirá a su hora acostumbrada. Las industrias mantendrán su actividad. Las cocinas se encenderán puntualmente. Todo, el trabajo y el ocio, la obligación y la devoción, el tráfico y el trámite, ofrecerá su vegetal continuidad; sin aparente perturbación, mientras por debajo la colectividad se insensibiliza y se. aleja de una cultura a la que no han de contribuir ciertamente ni los encuentros deportivos ni las galopadas y tiroteos del Oeste americano.

De ahí, en Gijón, a derribar el Instituto aledaño, que lleva el. mismo glorioso nombre que llevó el desaparecido teatro, no hay más que un paso para el activo esgrimidor de la piqueta. El teatro Jovellanos no era en Gijón sino una consecuencia del Instituto, un preciso homenaje de gratitud a su hijo más ilustre, consagrado a uno fie sus más grandes amores, de los muchos que con dramática, pasión sintió el ancho corazón de Jovellanos.

´Dice el preámbulo de un decreto del pasado siglo: "Los pueblos que olvidan a sus grandes hombres decaen miserablemente, porque pierden con la gratitud la memoria, y con la memoria. la ciencia." El teatro Jovellanos, de Gijón, era una memoria, viva.

Porque Jovellanos no sólo cultivó el teatro, como autor emínente, siempre que pudo. Escribió también por largo sobre el teatro. A veces, con sorprendente visión profética, como cuando se expresa así: "Hubo un dichoso instante en que pareció que nuestra escena caminaba al mayor esplendor, pero una suerte aciaga detuvo aquel impulso: competencias, disgustos, persecuciones, tristes accidentes que quisiéramos borrar de nuestra "memoria volvieron a sepultarlo en el mayor abandono; sucesivamente se fueron cerrando los teatros de las provincias, y el espectáculo que las había entretenido´ por espacio de tres siglos vino a formar la diversión de sólo tres capitales."

Sustituyase "competencias" por "Incompetencias" y búsquese acomodo correspondiente a las persecuciones y a los tristes accidentes y el párrafo cobra una actualidad impresionante.

Jovellanos quiso para España un teatro alto, elevado, noble, moral, en el que "la más santa y sabia policía de un Gobierno supiera reunir estos dos grandes objetos: la instrucción y la diversión pública".

El teatro Jovellanos, de Gijón, era casi un símbolo, el de la perpetuidad de uno de tantos gritos que en el desierto de su tiempo español dio aquel hombre de genial anticipación. Respondía piedra por piedra a lo que el propio Jovellanos dejara bien claramente consignado: "El teatro es el primero y más recomendable de los espectáculos, el que ofrece la diversión más general, más racional, más provechosa; y por lo mismo, el más digno de la atención del Gobierno. Junta a otras la ventaja de introducir el placer a lo más íntimo del alma, excitando todas las ideas que puede abrazar el espíritu y todas las sensaciones qüe puede percibir el corazón humano. De este carácter peculiar de las representaciones dramáticas se deduce que el Gobierno no debe considerar el teatró solamente como una diversión pública, sino como un espectáculo capaz de instruir."

Los ediles que hace muchos años erigíeron en Gijón un teatro en recuerdo del más ilustre de sus hombres conocían mejor a Jovellanos, y recordaban la que los ediles de hoy han olvidado: que ´"el teatro es el domicilio propio de todas las artes" y que "el teatro no sólo debe formar parte de la educación, sino que se puede pronosticar que no se reformará la educación general mientras no se reforme Ja escena. ¿De dónde vendrán al pueblo las buenas ideas? ¿De los libros? Pero nadie lee entre nosotros."

Si se olvidan las palabras, el más puro legado de un hombre éxcepcional, ¿de qué sirve dedicarle una calle o una estatua que tantas veces el pueblo, abandonado a su incultura, se encarga de profanar? El nombre dado a un teatro, a una biblioteca, a un museo, ¿no es el más adecuado homenaje que puede dedicarse á una memoria por cu pública y constante utilidad?

Todavía Por las ciudades españolas encontramos teatros, aunque cerrados, alzados en honor de sus hijos preclaros. Así, Rojas, el duque de Rívas, Bretón, Romea, López de Ayala, Ramos Carrión, los Alvarez Quintero; Rosalía de Castro, Argensola, Pereda, Falla... ¿Qué habrá ocurrido en España cuando como al de Jovellanos se les deje caer uno tras otro, sustituidos por modernas salas con nombres de cafetería o con nombre ilustre por simple coincidencia de emplazamiento? Nada, desde luego, que pueda enorgullecemos. Nada que nos eleve o nos perfeccione. Nada que nos dignifique a los ojos de nadis. Ni a nuestros propios ojos—-J. L. R.

 

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