Adiós, Suárez, adiós     
 
 El País.    18/02/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 2. 

Adiós, Suárez, adiós

Si LA actitud del presidente saliente del Gobierno debe ser tomada como

paradigma de las de sus más directos colaboradores, hay motivos más que

suficientes para preocuparse. La definición del voto de censura constructivo en

la Constitución española tiende a evitar —según el propio Suárez lo explicó en

su día— los vacíos de poder: que no se pueda quitar un presidente sin poner

otro, para que el país no quede asi en ningún momento desgobernado. Idéntico

sentido tiene el mantenimiento en funciones del Gobierno cesante cuando el

presidente dimite. Pero Adolfo Suárez González, ex ministro secretario general

del Movimiento y hoy ya ex presidente del Gobierno español, ha demostrado en las

dos últimas semanas la exacta medida de su personalidad. No ha explicado al

país, ni a su partido, los motivos de su dimisión. No ha actuado de presidente

en funciones con motivo del viaje del Rey a Euskadi. Estuvo ausente de la

ejecutiva de UCD en momentos de grave tensión política, motivados por la muerte

por torturas de un etarra. Se había antes esfumado cuando ETA asesinó de forma

vil al ingeniero Ryan. No dio la cara ayer en el Congreso mientras los mandos de

la policía organizaban lo más parecido a un motín. Suárez parece querer

demostrar que el diluvio vendrá después que él, pero el diluvio estaba ya siendo

ocasionado desde antes. Han sido los ministros de Suárez quienes se han mostrado

incapaces de controlar .y depurar a algunos altos mandos de las fuerzas de

seguridad, tan ineficaces en sus tareas como capacitados para crear problemas a

la transición democrática. Han sido los Gobiernos de Suárez los que ampararon a

funcionarios que elaboraron expedientes calumniosos y delictivos contra

ciudadanos de este país, que el propio presidente del Gobierno paseaba bajo el

brazo en algunos significativos despachos. Ha sido el líder honorario de UCD,

partido cuya última inicial significa democrático, el que ha mantenido todo un

aparato de secretismo y corruptelas en la Administración. Suárez cumplía, no

obstante, algunos buenos servicios a este país: facilitaba y fagocitaba la

identificación de los fracasos de UCD por querer dar una respuesta democrática,

cuando ésta estaba nucleada, sufraga, alimentada y dirigida por colaboradores de

la dictadura, y parecía un general De la Rovere convencido y transmutado en su

papel de defensor de la democracia: La estabilidad del régimen y la

normalización política española le necesitaban al frente del Gobierno mientras

durara la actual legislatura, como necesitaban que ésta durara lo más posible.

El general De la Rovere murió, sin embargo, fusilado, y Suárez se ha ido deprisa

y corriendo, con un sinfín de amarguras y muy pocas agallas. No es suya toda la

culpa, claro. Ahí están los sectores crítico y oficialista de UCD; ahí está todo

el tinglado ucedista sometido a la conspiración y la intriga de un puñado de

personas que ponen en peligro con sus juegos la estabilidad de todo el país.

Al fin y al cabo, la mayoría de los miembros del Gobierno, la gran cantidad de

los dirigentes de UCD, saben que el proceso involutivo no va en absoluto contra

ellos. Ellos estaban instalados antes de la democracia, lo están en la

democracia y lo estarían después si fuera preciso. La imagen del Suárez fugitivo

y desdeñoso es la imagen de su partido en esta hora de incapacidades. Todo había

funcionado muy bien con el consenso. Cuando la oposición se vuelve oposición, el

poder histórico de este país sólo parece tener dos respuestas: el miedo y la

violencia. Suárez ha elegido el miedo. Adiós, Suárez, adiós.

 

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