Autor: Calleja, Juan Luis. 
   Paz a los ingenieros     
 
 ABC.    13/12/1959.  Página: 86. Páginas: 1. Párrafos: 11. 

PAZ A LOS INGENIEROS

Por lo visto se ha vuelto a criticar a los Ingenieros. Siempre está de moda entre nosotros zaherir algo alegremente. Ni España misma se zafa de tal manía. Hace unas semanas, dijimos en La Habana a un cubano que renegaba de España entre improperios, que tanto denuesto descubría lo mucho que aún le quedaba de español.

Al parecer, se acusa a los ingenieros de no inventar nada, como si ésta fuera su misión específica; de costar demasiado al ,país;. de creerse una clase aparte y de llamar injustificadamente la atención admirativa de la gente. Incluso el recuerdo de los nobles, que los Beyes Católicos embridaron, sirve de antecedente amenazador qué anuncia a los ingenieros el fin de sus humos. ¿Qué se han creído esos inútiles, que tantos sudores y tanto dinero nos cuestan? ¿Que van a ser ellos los únicos inútiles? ¡Ca, hombre! Ahora vamos a fabricar ingenieros como rosquillas.

Uno encuentra esto un poco ilógico. Si los. ingenieros son una carga y poco menos que una plaga, lo indicado sería reconocer a bombo y platillo el instinto económico y ciudadano de las Escuelas Especiales, que redujeron al mínimo el número de parásitos presumidos. Luego convendría estrechar las puertas de las Escuelas, en lugar de ensancharlas, hasta que nadie pudiese entrar en ellas, no fuera a sufrir la devastadora metamorfosis que convierte a un español útil en ´ingeniero.

A estas deducciones llevan las alegrías críticas. Digamos que los ingenieros españoles son excelentes, reconozcamos que destacan donde quiera que van y pidamos después más ingenieros. Ya los hemos pedido, y los tendremos.

Pero nadie se, haga Ilusiones: la lucha que se libraba para ingresar en las Escuelas se contiende ahora al salir de ellas. Habrá con el tiempo muchos más ingenieros y les damos por anticipado la bienvenida: sin embargo, ingenieros como los de antes habrá tan pocos como antes. Su número será el de siempre: el de los luchadores, el de los trabajadores, el de los mejores. Da casi lo mismo la oposición para entrar que la Oposición para, salir. Es disparatado creer que "por abundancia de técnicos" bajarán los ingresos de los mejores, que, naturalmente, serán siempre clase aparte y ganarán más, queramos o no.

Las clases aparte propenden casi siempre a presumir. Los ingenieros, sin excluir a los de Caminos precisamente, vienen pontificando desde hace muchos, muchos siglos con su poco de razón: al fin y al cabo, los pontífices eran quienes abrían paso a los abuelos de los romanos durante sus éxodos tribales, franqueándoles ríos y barrancos. Ortega, creo, nos lo recordó: "Pontífice, Pontífex, hacedor de puentes."

Eran tan vitales los puentes y eran tan grandes los pontífices, que uno de ellos llegó a Pontífex Maximus, el jefe que abría todos los caminos encabezando las marchas por rutas de toda índole: políticas, guerreras, religiosas. Uno siente mucho dar a algunos el siguiente disgusto; pero Pontífice e Ingeniero de Caminos... es lo mismo.

Acaso haya entre los pontífices del futuro algunos que antes se hubieran quedado a la puerta de las Escuelas. Este es el aspecto plausible de la reforma porque mitiga el grave peligro de asfixia que corrían muchas vocaciones claras por falta de madera de opositor. Sin embargo, ¿por qué nos irritan sólo los ingenieros si las oposiciones son en España el sistema general de ingreso en todos los Cuerpos "interesantes"?

En ninguna parte del orbe cristiano han preocupado menos las sendas de este mundo que en España. Que uno sepa, es el nuestro el único pais donde un plan de canalización del Tajo o un nombramiento de almirante se sometía primero a la Junta de teólogos, acaso con razón; no lo sabemos. Con razón o sin ella, estos modos imprimieron carácter y respondían a un modo de ser nacional, por cierto el más singular e interesante de Europa. Mal, se. concibe en el "Quijote" un discurso de las Ciencias Físico-Químicas, porque las Armas y las Letras eran los caminos españoles hacia el destino que nos importaba: la gloria. Y ahora que hemos resuelto casi de pronto ocuparnos del suelo que pisamos, echamos la culpa a los técnicos, porque lo tienen peor asfaltado que en Francia, cargo nada elegante, ademaste cristalino: a su través se transparenta la apostasía filosófica, que consiste en un deseo repentino de bienestar.

Pero somos inconsecuentes, como de costumbre: hemos decidido disfrutar a fondo de este mundo y queremos que el otro nos lo ponga bonito. Queremos bienestar por milagro. En castellano son lo mismo vida regalada y bienestar, O casi lo mismo. Uno se pregunta si será porque nos creíamos que el bienestar lo regalan. Seguimos pidisn-do a Dios el "gordo" de la Lotería, y, como no nos toca, perdemos la fe en nuestra suerte y hasta dejamos de creer en Dios. No se nos ocurre, en cambio, recordar un refrán que no dice precisamente "A Dios rogando y a la Lotería jugando". No se nos ocurre pensar que no basta pedir ingenieros para encontrarles trabajo; es decir, para crear la tecnocracia, que desgraciadamente, sueña, sin querer, el mundo entero.

(Por otro lado, uno lo reconoce humildemente, nos gustan las clases. Iluminadlo todo y habréis destruido dos elementos tan esenciales a la belleza como la luz: la sombra y el contraste.)

Consta: uno no es ingeniero. Donda los documentos de identidad preguntan la profesión, podría contestar" varias cosas. Sin embargo, prefiere uno lucir siempre el oficio que más le ilusiona y el título que menos derecho tiene a ostentar: el de escritor. Es un diploma que ninguna Escuela respalda y es un oficio que cualquiera ejerce si le da la gana. Se entra en él por una puerta sin dintel y sin jambas A pesar de eso, poquísimos escritores tienen asegurada la "existencia. cómoda y los "beneficios altos". No digamos el respeto y la admiración generales. Pues bien: ¿Saben ustedes lo qué decimos los demás escritores de ese puñado triunfador? Que forman una camarilla, un coto cerrado en el que no nos dejan entrar ni a tiros. Arreglado. Y es que nosotros, los menos afortunados, hagamos lo que hagamos en este mundo, no queremos reconocer que las puertas del. éxito se nos cierran a veces porque medimos nial nuestras fuerzas y equivocamos el camino.—Juan Luis CALLEJA

 

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