Política. Adolfo Suárez dimite como presidente del gobierno y de UCD. Anunció su dimisión como presidente del gobierno y de UCD a través de RTVE. 
 Suárez: No quiero que el sistema democrático sea un paréntesis en la historia de España     
 
 El País.    30/01/1981.  Página: 10. Páginas: 1. Párrafos: 27. 

POLÍTICA

EL PAÍS, viernes 30 de enero de 1981

Adolfo Suárez dimite como presidente del Gobierno y de UCD

Anunció su dimisión como presidente del Gobierno y de UCD a través de RTVE

Suárez: "No quiero que el sistema democrático sea un paréntesis en la historia

de España"

«No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un

paréntesis en la historia de España». Estas son las palabras del discurso

pronunciado anoche por Adolfo Suárez a través de Televisión Española, para

anunciar su dimisión como presidente del Gobierno y de Unión de

Centro Democrático (UCD), que los observadores políticos han considerado

reveladoras de las presiones ejercidas por determinados sectores de poder contra

la continuidad de Suárez, valoradas por éste como atentatorias contra la

democracia.

Televisión Española interrumpió sus emisiones a las 19.40 horas para transmitir

la alocución de Adolfo Suárez, a continuación del rótulo Declaración del

presidente del Gobierno. Adolfo Suárez, vestido con chaqueta oscura, camisa azul

celeste y corbata azul oscura a rayas blancas, apareció sentado tras su mesa de

despacho en un plano general. A la izquierda de la cámara, la bandera española;

al fondo, en, el mismo ángulo, un retrato del Rey y un tapiz enmarcado que

representaba a una mujer. Sobre la mesa, un mechero, un cenicero, y, a la

izquierda del presidente, un micrófono sobre trípode. La cámara se acercó en un

zoom rápido hasta un plano medio del presidente, con aire alrededor del busto,

los ojos húmedos, dos motas de luz en las pupilas y un reflejo luminoso en la

frente.

El presidente leyó con firmeza su alocución y miró constantemente a la cámara,

es decir, a los telespectadores, probablemente ayudado por el sistema de lectura

denominado ataque. La telecámara intentó corregir, con poco tino, los ligeros

movimientos del presidente al hablar. Durante la transmisión se oyeron cinco

campanadas de un carillón. Fuentes de Televisión Española afirman que se

registró el programa alrededor de las 15.30 horas. El discurso concluyó,

visualmente, con apertura del zoom, que retrocedió al plano general del inicio:

Adolfo Suárez tenía las manos entrecruzadas sobre unos folios y los codos

apoyados sobre la mesa.

El texto íntegro del discurso, que duró doce minutos, es el siguiente:

«Hay momentos en la vida de todo hombre en los que se asume un especial sentido

de la responsabilidad.

Yo creo haberla sabido asumir dignamente durante los casi cinco años que he sido

presidente del Gobierno. Hoy, sin embargo, la responsabilidad que siento me

parece infinitamente mayor.

Hoy tengo la responsabilidad de explicarles, desde la confianza y la legitimidad

con la que me invistieron como presidente constitucional, las razones por las

que presento, irrevocablemente, mi dimisión como presidente del Gobierno y mi

decisión de dejar la presidencia de la Unión de Centro Democrático.

No es una decisión fácil. Pero hay encrucijadas tanto en nuestra propia vida

personal como en la historia de los pueblos en las que uno debe preguntarse,

serena y objetivamente, si presta un mejor servicio a la colectividad

permaneciendo en su puesto o renunciando a él.

He llegado al convencimiento de que" hoy, y en las actuales circunstancias, mi

marcha es más beneficiosa para España que mi permanencia en la Presidencia.

Me voy, pues, sin que nadie me lo haya pedido, desoyendo la petición y las

presiones con las que se me ha instado a permanecer en mi puesto, con el

convencimiento de que este comportamiento, por poco comprensible que pueda

parecer a primera vista, es el que creo que mi patria me exige en este momento.

No m3e voy por cansancio. N o me voy porque haya sufrido un revés superior a mi

capacidad de encaje. No me voy por temor al futuro. Me voy porque ya las

palabras parecen no ser suficientes y es preciso demostrar con hechos lo que

somos y lo que queremos.

Nada más lejos de la realidad que la imagen que se ha querido dar de mí como la

de una persona aferrada al cargo. Todo político ha de tener vocación de poder,

voluntad de continuidad y de permanencia en el marco de unos principios. Pero un

político que además pretenda servir al Estado debe saber en qué momento el

precio que el pueblo ha de pagar por su permanencia y su continuidad es superior

al precio que siempre implica el cambio de la persona que encarna las mayores

responsabilidades ejecutivas de la vida política de la nación.

Yo creo saberlo, tengo el convencimiento, de que esta es la situación en la que

nos hallamos y, por eso, mi decisión es tan firme como meditada.

He sufrido un importante desgaste durante mis casi cinco años de presidente.

Ninguna otra persona, a lo largo de los últimos 150 años, ha permanecido tanto

tiempo gobernando democráticamente en España. Mi desgaste personal ha permitido

articular un sistema de libertades, un nuevo modelo de convivencia social y un

nuevo modelo de Estado. Creo, por tanto, que ha merecido la pena. Pero, como

frecuentemente ocurre en la historia, la continuidad de una obra exige un cambio

de personas y yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una

vez más, un paréntesis en la historia de España.

Lealtad

Trato de que mi decisión sea un acto de estricta lealtad. De lealtad hacia

España, cuya vida libre ha de ser el fundamento irrenunciable para superar una

historia repleta de traumas y de frustraciones; de

lealtad hacia la idea de un centro político que se estructure en forma de

partido interclasista, reformista y progresista, y que tiene comprometido su

esfuerzo en una tarea de erradicación de tantas injusticias como todavía

perviven, en nuestro país; de lealtad a la Corona, a cuya causa he dedicado

todos mis esfuerzos, por entender que sólo en torno a ella es posible la

reconciliación de los españoles y una patria de todos, y de lealtad, si me lo

permiten, hacia mi propia obra.

Restablecer la credibilidad en personas e instituciones

Pero este profundo sentimiento de lealtad exige hoy también que se produzcan

hechos que, como el que asumo, actúen de revulsivo moral que ayude a restablecer

la credibilidad en las personas y en las instituciones.

Quizá los modos y maneras que a menudo se utilizan para juzgar a las personas no

sean los más adecuados para una convivencia serena. No me he quejado en ningún

momento de la crítica. Siempre la he aceptado serenamente. Pero creo que tengo

fuerza moral para pedir que, en el futuro, no se recurra a la inútil

descalificación global, a la visceralidad o al ataque personal porque creo que

se perjudica el normal y estable funcionamiento de las instituciones

democráticas. La crítica pública y profunda de los actos de Gobierno es una

necesidad, por no decir una obligación, en un sistema democrático de Gobierno

basado en la opinión pública. Pero el ataque irracionalmente sistemático, la

permanente descalificación de las personas y de cualquier tipo de solución con

que se trata de enfocar los problemas del país, no son un arma legitima porque,

precisamente, pueden desorientar a la opinión pública en que se apoya el propio

sistema democrático de convivencia.

Querría transmitirles mi sentimiento de que sigue habiendo muchas razones para

conservar la fe,

para mantenerse firmes y confiar en nosotros los españoles. Lo digo con el ansia

de quien quiere conservar la fuerza necesaria para fortalecer en todos sus

corazones la idea de la unidad de España, la voluntad de fortalecer las

instituciones democráticas y la necesidad de prestar un mayor respeto a las

personas y la legitimidad de los poderes públicos.

Yo, por mi parte, les prometo que como diputado y como militante de mi partido

seguiré entregado en cuerpo y auna a la defensa y divulgación del compromiso

ético y del rearme moral que necesita la sociedad española.

Todos podemos servir a este objetivo desde nuestro trabajo y desde la confianza

de que, si todos queremos, nadie podrá apartarnos de las metas que, como nación

libre y desarrollada nos hemos trazado.

Se puede prescindir de una persona en concreto. Pero no podemos prescindir del

esfuerzo que todos juntos hemos de hacer para construir una España de todos y

para todos.

Algo tiene que cambiar

Por eso no me puedo permitir ninguna queja ni ningún gesto de amargura. Tenemos

que mantenernos en la esperanza, convencidos de que las circunstancias seguirán

siendo difíciles durante algún tiempo, pero con la seguridad de que si no

desfallecemos vamos a seguir adelante.

Algo muy importante tiene que cambiar en nuestras actitudes y comportamientos. Y

yo quiero contribuir, con mi renunciaba que este cambio sea realmente posible e

inmediato.

Debemos hacer todo lo necesario para que se recobre la confianza, para que se

disipen los descontentos y los desencantos. Y para ello es preciso convocar al

país a un gran esfuerzo. Es necesario que el pueblo español se agrupe en torno a

las ideas, a las instituciones y a las personas promovidas democráticamente a la

dirección de los asuntos públicos.

Los principales problemas de España tienen hoy el tratamiento adecuado para

darles solución. En UCD hay hombres capaces de continuar la labor de gobierno

con eficacia, profesionalidad y sentido del Estado y para afrontar este cambio

con toda normalidad. Les pido que les apoyen y que renueven en ellos su

confianza para que cuenten con el necesario margen de tiempo para poder culminar

la labor emprendida.

Deseo para España, y para todos y cada uno de ustedes y de sus familias, un

futuro de paz y bienestar. Esta ha sido la única justificación de mi gestión

política y va a seguir siendo la razón fundamental de mi vida. Les doy las

gracias por su sacrificio, por su colaboración y por las reiteradas pruebas de

confianza que me han otorgado. Quise corresponder a ellas con entrega absoluta a

mi trabajo y con dedicación, abnegación y generosidad. Les prometo que donde

quiera que esté me mantendré identificado con sus aspiraciones. Que estaré

siempre a su lado y que trataré, en la medida de mis fuerzas, de mantenerme en

la misma línea y con el mismo espíritu de trabajo.

Muchas gracias a todos y por todo».

 

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