Autor: Palacios Martínez, Julio. 
   La muerte de un sabio español     
 
 ABC.    14/02/1959.  Página: 25. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA MUERTE DE UN SABIO ESPAÑOL

La vida del hombre de ciencia, por ser siempre cosa excepcional, no suele tener términos medios. Aun tomando sólo en cuenta los casos rarísimos en que el éxito corona los esfuerzos del científico, puede suceder o que adquiera fama mundial o que su nombre y su obra permanezcan ignorados. Estuvo en un tris el que nadie pensara en presentar la candidatura de Ramón y Cajal para el premio Nobel, con lo que puede darse por seguro de que no hubiera disfrutado de la justa admiración y de las merecidas alabanzas de sus contemporáneos. Es evidente que ha habido y habrá genios ignorados en todas partes, pero ello es mucho más doloroso en nuestra Patria, donde la penuria científica hace que cada éxito tenga valor inapreciable, porque contribuye a destruir la leyenda de nuestra incapacidad para el cultivo de las ciencias positivas.

Ahora mismo acabamos de perder a un compatriota cuya vida de estudio ha culminado en un descubrimiento, trascendental, que le hace acreedor a la admiración y gratitud de todos los españoles.

Arturo Duperier, catedrático de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Madrid, ha fallecido dos días después de recibir una carta de Bruno Rossi, presidente del Comité de Radiación Cósmica de la Unión Internacional de Física Pura y Aplicada, invitándole a asistir al próximo Congreso que ha de celebrarse en Moscú, para que diese cuenta de sus trabajos sobre la radiación cósmica. Y es que Duperier había conseguido elaborar una teoría que explica satisfactoriamente el comportamiento de los mesones de gran energía que penetran en nuestra atmosfera, fenómeno que llevaba de cabeza a los especialistas en Física nuclear. Duperier es, pues, uno de los casos rarísimos en nuestra historia científica y merece, por ello, ser elevado al pináculo de la gloria. Sin embargo, lo cierto es que su nombre y su obra son cosas desconocidas´ para la mayoría de los españoles. Ya que en vida no logró el merecido galardón, y pese a lo que pudiere haber de hipocresía en los homenajes postumos, lo menos que podemos hacer los españoles es conocer algo de la vida y obra de nuestro malogrado sabio.

La vida científica de Duperier es ciertamente ejemplar. A raíz del descubrimiento de la radiación cósmica se dedicó a su estudio en nuestro Instituto Nacional de Física y Química, recientemente construido gracias al generoso donativo de la Fundación Rockefeller, distribuyendo su tiempo y su capacidad de trabajo entre la labor docente en la Universidad y la investigación en el laboratorio. Sus trabajos, conocidos y debidamente apreciados en Inglaterra, le valieron el ser invitado para proseguirlos allí, dándole todo género de facilidades para la construcción e instalación de sus aparatos y para dedicarse a sus investigaciones libre de preocupaciones económicas. Y cuando regresó a España requerido por nuestro Gobierno, la Uni-

versidad de Londres le prestó graciosamente los aparatos para que continuase en Madrid sus investigaciones. Los trámites aduaneros y burocráticos, por un lado, y la dificultad técnica de instalar aparatos delicadísimos que requieren una constancia muy rigurosa en la temperatura y en la tensión eléctrica con que operan, han sido causa de que transcurriesen cinco años interminables sin que se haya podido iniciar en Madrid el registro permanente de la radiación cósmica.

Pero Duperier no perdió el tiempo. Traía consigo los datos ¿recogidos en Inglaterra, y aquí, él sólo, tras laboriosísimos cálculos, logró dar con la clave del enigma en que estaba envuelto el comportamiento de los mesones rápidos. De los resultados parciales de su estudio daba periódicamente cuenta en las revistas inglesas o acudiendo personalmente a las reuniones de los especialistas en la materia. Ahora podía ya dar por confirmada su teoría y estaba dándole la redacción definitiva.

¡Mala suerte tienen nuestros físicos. Duperier, ya maduro, había sido elegido miembro de la Real Academia de Ciencias, y muere sin haber tomado posesión. Y se da el caso de que iba a suceder a Catalán, quien tampoco llegó a ocupar su silla académica por igual razón.

Y ahora, algunos pormenores de la vida de Duperier, que serán para que todos los españoles, unos más y otros menos, nos sintamos movidos al examen de conciencia. Duperier era uno de los pocos catedráticos que atendía a las necesidades de su familia sin más retribución que la que percibía en la Universidad.

Mereciendo que se le dieran comodidades para realizar su labor, tenía que trasladarse todos los días desde el barrio de la Concepción hasta la Ciudad Universitaria haciendo cola en espera de autobuses y sufriendo apreturas y todo género de incomodidades en el Metro. No pudo conseguir un vehículo para acudir a su trabajo ni una casa en la Residencia de Profesores, a pesar de que, por el estado de su corazón, cualquier esfuerzo podía ser fatal.

Así fue su vida basta el último momento. El lunes 9 de febrero, a las doce de la mañana, daba su lección normalmente en la Facultad de Ciencias. Sintiendo ya los síntomas de su achaque, que él sabía eran fatales, emprendió el accidentado regreso a la calle de ´la Virgen del Portillo, en el barrio de la Concepción, y a las cinco de la tarde del mismo día abandonaba su envoltura terrenal.

No deja colaboradores, porque nuestros jóvenes físicos, solicitados por pingües ofertas, no se sentían inclinados a seguir la vida austera de su maestro. Ahí quedan, en la Facultad de Ciencias, unos aparatos valiosísimos, propiedad de la Universidad de Londres, y en la mesa de trabajo de Duperier unos papeles llenos de fórmulas que esperan ser recopilados por manos amigas y competentes.—Julio PALACIOS.

 

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