Autor: Gallego Morell, Antonio. 
   Carta al rey de los Belgas     
 
 ABC.    20/08/1960.  Página: 20. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

CARTA AL REY DE LOS BELGAS

Señor: los "aliados" son para las ocasiones apuradas. Y no merecía la Bélgica martirizada por dos veces en el siglo XX la humillación de 1960, cuando el mundo sólo piensa en los malabarismos de los oportunismos políticos. Ese mundo recibía a Lumumba, en las diversas escalas de su epiléptico viaje, sin que indiscretos periodistas le preguntasen por la suerte de las religiosas europeas de las Misiones del Congo ni por los niños belgas que empezaban huyendo ríos africanos. Se cazaba al hombre blanco en el Congo, pero, desgraciadamente, esto acontecía en año de elecciones americanas. Aquí, en España, hemos podido reconocer que acaso el mismo negro que, con gesto, de idiota, os arrebató el sable en las jornadas de la Independencia, cuando en .coche descubierto atravesabais Leopoldville, sea el que, con distinto gesto, ha recorrido el mundo de las agencias gráficas de noticias, acechando a una mujer blanca y violándola en otra esquina de la misma ciudad. Paro aquí estamos algo lejos de todas partes; quizá por eso hemos sabido valorar mejor el noble gesto de un Monarca joven que cruza África, desde Bruselas, para otorgar una Carta de Independencia, y por eso no comprendemos que en la mesa de las decisiones internacionales no pese ese gesto gallardo ni los otros, de espanto y de terror, de las mujeres belgas acorraladas por tribus de salvajes. Eso podía ser la guerra. La paz era humillar a un país amigo, al viejo aliado de 1914 y de 1939, exigiendo la retirada "inmediata" del Congo de las tropas belgas. Esto era, sobre todo, lo interesante con vistas a las próximas elecciones americanas, y el mundo occidental debía ir a remolque de esa política de rascacielos. Sólo Francia e Italia, pensaron en su "Soldado Desconocido", en su historia europea, en su tradición. Era, así, el mundo latino, el mundo mediterráneo, el único que volvía por los caminos del Derecho, de la Justicia y de la Verdad. En fin, era el mundo de Boma y el de la Francia napoleónica—Roma otra vez—de vuestro viejo amigo el general De Gaulle. Tímidamente además, escondiendo su voto, Francia e Italia os tendían la mano. Al fin y al cabo, Señor, vuestro país ha tenido mejor suerte que aquel otro aliado del que Occidente no volvió a acordarse, la Polonia de las garantías, por cuya libertad se luchó. Bélgica, Señor es el último capítulo de la novísima historia abierta tras la vergüenza de Suez. Quienes entonces estuvimos con Mr. Edén pensamos estos días en Bélgica y cerramos el paso a esa leyenda negra que hilvana cada noche la monótona y cursi vocecita de la locutora de Radio Moscú, esa leyenda negra que aceptan con estúpida candidez todas las políticas occidentales: desde el laborismo británico a la apertura "a sinistra" de la "Democrazia" italiana.

Señor, desde esta ribera del Mediterráneo español, piensan estos días en Bélgica muchos europeos. Otro escritor, nacido en la misma tierra desde la que os escribo, José López Rubio, acaba de publicar en las mismas páginas de este diario, un artículo de amor a Bélgica. Ni López Rubio ni yo pensamos, afortunadamente, presentarnos este año a ningunas elecciones en que participe electorado de color. Desde Granada, esa es la ciudad, os llegan, Señor, testimonios de condolencia. Aquí, en Granada, se forjó la unidad española allá en el siglo XV.. Por eso aquí sabemos lo que es la tradición. Quienes forjaron su nacionalidad a golpes de ferrocarril, en plena cultura del celuloide, no es extraño que ignoren lo que Bélgica significa en la Historia y lo que la Historia significa en el mundo.

Aquí, Señor, en mi país, se siente la nostalgia de recobrar algún día un pobre Peñón andaluz. Pero esa nostalgia es perjudicial para Occidente, como ha sido perjudicial el orden que reinaba en Katanga. Todo esto es, un peligro de guerra: la paz estaría en organizar una matanza de turistas ingleses, en Málaga, cuando desde Gibraltar acuden a sus corridas de toros, como ha estado la paz del lado de un Lumümba., frenético y demagogo. ¡Ay, si los ¿"cascos azules" de "Mr. H." hubiesen visto los ´ojos azules de aquella muchachita belga abandonada junto al rio! Sabed al menos, Señor, que aquí, en Andalucía, Bélgica sigue teniendo muchos, amigos; porque a los andaluces nos siguen impresionando esas cosas elementales del asesinato, la violación y el canibalismo. Y porque seguimos pensando en cualquier jirón de paisaje belga entre las espumas blancas de este , mar de Marbella. Acaso por aquí—estribaciones de Sierra Nevada y Costa del Sol—se refugien ya las últimas melancolías europeas: esa fotografía vuestra en el aeródromo de Bruselas,, estrechando la mano de un paracaidista herido en Leopoldville, ha circulado de plaza en playa, y mirándoos, nuestras mujeres han recordado a la Reina Astrid para olvidar con su serena belleza la algarabía de las Convenciones de demócratas y republicanos que iban a condicionar el abandono de Bélgica. Y por esa paradoja de siempre, hoy estamos con Bélgica quienes no fuimos sus aliados. Porque los aliados ya no existen y son ocasionales. Es ahora cuando había que enviar a Bruselas mensajes de amistad, cuando el dolor, la humillación y la tragedia han apagado las luces de su pasada Exposición. Los aliados y los amigos son, Señor, para la ocasiones apuradas. Y las jornadas del Congo bien valían una derrota electoral. Al menos aquí en Andalucía entendemos así las elecciones y por un amigo somos capaces de poner en peligro la paz del mundo. Por eso las nostalgias que le cuento acere, del Peñón no desembocan nunca en la violencia: porque todos tenemos algún amigo inglés. Y por lo que estoy viendo ahora, todos tenemos también, por aquí, un amigo belga.—Antonio GALLEGO MORELL

 

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