Crisis de Partido, crisis de Gobierno     
 
 ABC.    02/05/1980.  Página: 2. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

ABC. VIERNES. 2 DE MAYO DE 1980.PAG. 2.

CRISIS DE PARTIDO, CRISIS DE GOBIERNO

Cuando la desorientación reviste un carácter generalizado, afectando no sólo a

una persona, sino a una sociedad o a sus más característicos representantes, y

cuando tal desorientación no es momentánea, sino que se extiende a un

considerable período de tiempo, cabe hablar de crisis. Por ello, crisis es el

fenómeno que afecta, desde hace poco más de un mes, el Gobierno del presidente

Suárez, y crisis es el estado en que se encuentra —según unos observadores desde

el 1 de marzo de 1979, fecha de las pasadas elecciones legislativas, y según

otros desde fechas anteriores— el partido Unión de Centro Democrático.

La crisis, doble y abierta, se ha nutrido de esa aludida desorientación,

inicial-mente reflejo del escaso acierto de las medidas adoptadas en los tres

frentes que sintetizan la actividad gubernamental en la hora presente: el de las

autonomías, el de la economía —con la dramática secuela del paro— y el del orden

público y la seguridad, ciudadana; siendo potenciada posteriormente por una

serie de despropósitos, en forma de declaraciones oficiosas, que venían a

condenar a la desesperanza a la sociedad española en bloque.

La segunda fase de la crisis la ha constituido, sumándose a la anterior, la

desorientación existente en el partido que sirve —teóricamente cuando menos— de

soporte al Gobierno. La Unión de Centro Democrático se formó, inicial-mente, por

l.a fusión, en unos objetivos comunes, en unas ambiciones sociopolíticas

similares, de las «familias» socialdemócrata, democristiana, liberal y

«martinvillista» —para no entrar en definiciones que pudieran parecer

peyorativas de este último grupo—. De estas cuatro «familias» surgió, con

elementos de casi todas las citadas, una quinta, de «hombres de Suárez», de

políticos coyunturales, sin definición propia, subordinados a las acciones del

presidente en cuanto categoría del poder, por encima de tendencias o idearios.

La prepotencia de esta última «familia», no registrada en el acta de

constitución del partido, y el poco éxito del Gobierno en áreas fundamentalmente

regidas por miembros de la misma, ha provocado la reacción extrema de los que

siguen siendo líderes de sus respectivas facciones dentro del conjunto

centrista.

Pero la desorientación constituye el elemento esencial de ambos elementos,

Gobierno y partido. Sobre Adolfo Suárez, hasta ahora «número uno» indiscutible y

hoy cabeza visible y discutida, han soplado los vientos de los intereses

legítimos de cuantos aceptaron subordinarse a su gestión, fundamentalmente

coincidentes en las metas, aunque pudieran disentir en las singladuras, en los

caminos para su logro.

Suárez ha manifestado su propósito de marcar un rumbo claro para el abordaje y

solución de la tripleta de problemas que le afectan y que todos padecemos. Pero

ha tardado semanas en encontrar la brújula y, oficiosamente, sin perder su

mayéstática postura, ha consentido un espectáculo ciertamente bochornoso de

acelerones y frenazos en su carrera para encontrar otra vez el norte.

No importan demasiado los nombres —aunque algunos de ellos estén tan desgastados

por su gestión que su simple enunciado aleje cualquier esperanza de mejora—,

importa el rumbo e importa, asimismo fundamentalmente, que se devuelva a la

sociedad la confianza en quienes rigen los controles esenciales de su actividad

cotidiana. La sensación de vacío de poder, de estupor y de duda que el Gobierno,

con el presidente Suárez en primer término, ha producido en las últimas semanas

a los españoles, convencidos ante su propia sorpresa de que primaban intereses

personales sobre los generales de la nación, tiene un precio que debe pagarse en

firmeza, en serenidad y en sinceridad.

No basta hasta ahora que aparezca la famosa «lista». Se precisa que, sin demora,

el presidente Suárez —que ya tiene una cita para ello con el Parlamento el

próximo día 13— clarifique su postura y la de su Gabinete, y que, más que

confesar errores pasados, muestre unas intenciones y un programa claros.

Necesario es definir y bosquejar el Estado de las autonomías; trazar unas líneas

congruentes en materia económica que, exigiendo el esfuerzo necesario, indiquen

soluciones auténticas y viables para ese cáncer social que, hasta ahora, parecía

dejarse crecer, pasivamente, a la espera de un milagro de la madre naturaleza, y

adoptar las medidas necesarias para asegurar el orden público, sin hacer

excepción del terrorismo.

No sólo el partido UCD ha perdido confianza en Adolfo Suárez. Cuantos le

votaron, y muchos de los que, sin votarle, aceptaron de buena gana su primacía

política, se sienten profundamente defraudados, desencantados. Con la relación

de miembros de su nuevo Gobierno, el presidente Suárez debe aportar, con la

mayor urgencia, datos significativos de que es capaz de seguir aglutinando las

tendencias de su partido, de que éste no se ha convertido en una entelequia

personalista, y de que sabe y está dispuesto a gobernar. En el bien entendido de

que un nuevo fracaso no puede ni debe llevar aparejado idéntico resultado para

la democracia, para la forma de Estado y de Gobierno. Porque la crisis, con su

indiscutible componente de desorientación y confusionismo, sólo beneficia a los

catastrofistas, y a quienes anteponen bastardos intereses a los generales de

España.

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