En marcha     
 
 ABC.    31/07/1960.  Página: 73. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EN MARCHA

SI la flecha tuviera conciencia dé que volaba hacia una diana inexistente, o incógnita, sentiría la misma congoja que las actuales generaciones, lanzadas al encuentro de un mundo nuevo que nadie sabe cómo será. Lo que hoy se debate es un problema de destino. Somos viajeros de un tren que avanza hacia lo desconocido, y es lo desconocido lo que´ nos mantiene en vela, desasosegados y con el espíritu tenso como una cuerda de guitarra. No se diga que, los recuerdos de la guerra con culpables. Los millones de muertos están ya en los cementerios y en el papel inpreso, pero no en los corazones de la juventud, para quien aquella contienda es un motín callejero de carácter internacional. Nada más. Hay, naturalmente (y todos las hemos conocido), viudas inconsolables; pero no huérfanos inconsolables, porque en la misma naturaleza humana existe una tremenda y eficaz goma dé borrar que se llama olvido. Creer que la enfermedad de la congoja, de la irritación y la cólera juveniles proceden de la segunda guerra mundial es el mejor punto de partida para no ver la realidad. La juventud no mira hacia atrás, sino hacia adelante, como debe ser, y este mirar hacia adelante no le sirve de nada. El horizonte está oscuro, y todos Ib advertimos, aunque por frivolidad o por puro instinto defensivo afirmemos que luce el sol.

Seamos francos. El mundo, nuestro mundo, se desmorona. La ciencia ha dinamitado fríamente un buen número de convicciones, empezando por las fundamentales sobre la constitución de la materia. El globo terráqueo ha dejado de ser el único "domicilio posible de los seres vivos. Se nos habla con la mayor naturalidad de que es posible que un "cercano" planeta esté habitado por otras criaturas racionales. Sabios investigadores declaran que la vida existe en la Tierra desde hace muchos millones de años, con lo cual deducimos que la prehistoria y la historia encierran solamente una fracción de minuto en el gran proceso de la naturaleza. Todo nos induce a pensar que la especie humana tiene correlativamente uno o dos meses de edad, y ´que lo que creíamos experiencia suficiente (entre las cuevas de Altamira y la ciencia electrónica) para colegír lo que sería el porvenir inmediato no nos sirve ya, porque los próximos cien años verán un cambio, mucho más profundo que el registrado en los mil años anteriores. Sencillamente estamos entrando en otra epoca, y los jóvenes lo perciben con más claridad que nadie. La conmoción es formidable. Frente a ella hacer unas oposiciones o ponerse a llenar cuartillas parecen distracciones algo tontas. No sirven como consuelo, aunque sirvan para ganarse la vida durante un período que no será muy largo. Y esta impresión de inseguridad en lo que era seguro y estable para nuestros padres, y, sobre todo para nuestros abuelos, tiene a nuestros hijos un tanto desconcertados. ¿Se puede honradamente - creer en la supervivencia de la sociedad burguesa? No, señores, rio se puede. Es algo que está a la vista. Unos y otros corremos a apuntalarla ,por el mismo motivo que el dueño de un viejo palacio apuntala los muros que se cuartean y entre los cuales nació y* vivió. Es una cuestión sentimental, y es, sobre todo, una cuestión defensiva. Cada uno ama aquello que conoce y de lo que está impregnado. No podría soportar la vida en una sociedad que funcionase a toque de corneta o según prescripciones de laboratorio, Pero esto no debe ponernos velos delante de los ojos. El hombre que dividió el átomo y puso en ridículo los textos docentes de física no ha de respetar las tarifas de los notarios, pongo por ejemplo.

¿Por qué hay un arte de vanguardia y una literatura de vanguardia? Probablemente, las fórmulas a que ha llegado aquél y ésta son fórmulas de transición—o anuncios de muerte definitiva—, que contarán muy poco en el siglo próximo. De momento, sin embargo, expresan claramente una actitud futurista, esto es, un propósito consciente de abandonar un presente al que se .desprecia. El ir delante, el colocarse a la cabeza, el marchar al frente de algo supone una cierta cantidad de confianza en que se va hacia alguna parte. Pero si -preguntáis detalles concretos, nadie sabrá daros respuesta convincente. Para ir a Sepúlveda existe un auto de línea regular que os dejará en la plaza de ese pueblo. Pero no existe la menor indicación de dónde está ni de cómo es el mundo hacia el que marchamos en este otro vehículo. Resulta, además, que todos los cálculos deductivos realizados sobre ciclos culturales se han quedado ridiculamente pequeños. Donde se hablaba de razas, países, emigraciones, dinastías, se habla de biología y cosmografía.

Parece como si el cerebro humano hubiese dado un súbito salto y se preparase a entender misterios nunca descifrados hasta ahora.

El drama está ahí. Nuestras ideas, nuestras costumbres, nuestras tradiciones sufren´ un rudo asalto. El hombre reclama que se le proporcionen otras ideas, otras costumbres, otras tradiciones, como el pez reclama a coletazos que lo devuelvan al estanque, No puede habituarse a esa especie de vacío en qué una poderosa mano lo retiene mientras prepara un nuevo recipiente, probablemente mejor que el que hemos conocido. Nota perfectamente que lo han arrancado de su medio ambiente, y espera con angustia que le sumerjan en el qué ha de sustituirle.

Pregúntemenos, por vía de ejemplo, nada más que esto: si llega un momento en que los cuidados de la vida material—restos de la lucha primitiva contra la naturaleza hostil—desaparecen por haberse encontrado el medio de producir para todos cuanto en ese orden pueda apetecer la humanidad; si el pensamiento hoy consumido en la búsqueda del pan—o el caviar—queda liberado y se entrega a la vida del espíritu, ¿no es posible admitir ya la probabilidad de un mundo muchísimo más perfecto que el de hoy? De las veinticuatro horas de cada día el ciudadano medio invierte las tres cuartas partes en trabajar.

La otra cuarta parte esta dedicada al sueño Reducido el trabajo material a su mínima expresión, los individuos tendrían" necesariamente que afrontar la vida trascendente. La sociedad futura acaso vendría a ser como una inmensa cartuja donde los egoísmos, las inquietudes artificiales, las luchas indignas y los pensamientos estúpidos se verían sustituidos por el silencio, la meditación, el perfeccionamiento interior y la fe. De momento vacilamos sobre un piso que tiembla y se agrieta, hasta darnos la medida de nuestra propia impotencia. Porque paradójicamente, cada nuevo paso en el terreno de los descubrimientos científicos provoca en millones de personas un sentimiento de pánico. Desde hace muchos años, y con influencia creciente,, el mundo vive bajo la obsesión de ampliar los conocimientos y fijar las fórmulas: explicativas. Lógicamente tenía que producirse, como se ha producido, la ruina del esteticismo. Nos causa mucho mayor asombro la extirpación de un tumor cerebral que una novela de gran éxito, escrita para lo que siempre se escribieron las novelas hasta que los lectores reclamaron otra cosa: para distraer. Distraer, divertir, entretener, regocijar fueron los objetivos ,de Cervantes y Balzac. Pero ya no .fueron los de Kafka, porque Kafka se propuso exactamente lo contrario: aburrir, macerar implacablemente el espíritu de los lectores con las oscuras aventuras de una vida inexplicada e inexplicable. Es la ética quien mueve ahora las plumas de los escritores, a quienes se ha abrumado con unas responsabilidades—José María Pemán lo Recordaba en estas mismas páginas recientemente—propias de otras jurisdicciones. Es que el hecho de intentar promover el regocijo en el ánimo público causa irritación en los Círculos más selectos. "¿De qué — parecen preguntarse—nos está hablando este señor cuando todo es agonía y desconcierto?"

Y el señor aludido se queda con la pluma en aire, avergonzado y confuso, como si hubiera sido sorprendido en un mal paso. Ha sucedido que la materia objetiva— sociedad, el individuo, la psicología—, que los escritores parcelaban y servían, se encuentra desintegrada. Desde Dostoyevsky se hicieron con ella los mismos experimentos que con el átomo, hasta que por fin saltó en millones de corpúsculos insignificantes. Kafka es el Enrico Fermi de la literatura. Pero ahora ya no sabemos qué hacer.

Nos fatiga el hermetismo literario y nos parece viejísimo e insuficiente el mecanismo de repetición del mundo exterior, noria cuyos canjilónes conocemos de memoria. El orden y la claridad son valores clásicos; el barullo y la confusión, valores modernos. Vivimos en la incertidumbre, y nadie produce mayor impresión de antigüedad que los ciudadanos que tienen para cada problema una solución, en vez de tener para cada solución un problema, como lo exige esta fantástica oleada de curiosidad intelectual que lo ha invadido todo. ¿Cuánto va a durar está crisis? ¿Cómo se va a resolver finalmente? Podríamos estar haciendo preguntas durante meses. No hay respuestas. Estamos en viaje. Esto es todo lo que puede decirse. Se comprende la inquietud de los viajeros y las sonrisas de escepticismo con que son acogidas las falsas garantías de que no está sucediendo nada.

 

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