El dedo en la llaga     
 
 La Vanguardia.    20/05/1980.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LA VANGUARDIA

El dedo en la llaga

Al quedar relegada su intervención al segundo día, había crecido la expectación

natural en torno a lo que diría el líder del principal partido de la oposición.

El señor González no defraudó. A su reconocida elocuencia parlamentaria se

añadió una crítica severa y, en bastantes casos, pertinente, no exenta de

aliento dramático que ´coronó con una teatral —en el más noble sentido de la

palabra— presentación de la moción de censura. Moción que nadie cree vaya a

prosperar. Ni el propio Felipe González, que ya indicaba que usaba esta arma

legítima «como fuerza moral». Pero moción de censura que, pese al buen talante

con que fue recibida por el presidente Suárez, no deja de ser significativa. El

señor Fraga llegó incluso a encontrarle una señal indicativa de un general deseo

de «buscar cómo gobernar España» en este momento, en esta «hora de la verdad» en

la que un Gobierno de partido difícilmente conseguirá el deseable consenso que

persigue.

Lo que no hay duda es que el debate ganó altura y profundidad con la

intervención del secretario del Partido Socialista. Así lo reconoció con

elegancia el señor Suárez, ya que no supo hacerlo el señor Abril Martorell,

aludiendo a una singular dicotomía entre «lenguaje de Cámara y lenguaje de

televisión, obsesiva telemanía impropia de un estadista responsable.

Nadie supone que estos días se trate de ganar electores —¿o es que el señor

Abril contempla la posibilidad de una próxima convocatoria ante las urnas?—; se

trata de que el Gobierno explique su política y convenza a la opinión de que

merece la confianza de la nación y, de paso, la confianza de los inversores.

Y a decir verdad, las explicaciones del vicepresidente económico, que fue quien

habló en segundo término no respondieron a algunas de las preguntas-clave

planteadas por el líder socialista. E| señor González basaba su valoración

crítica de la situación en el hecho de que, desde el primer discurso de

investidura, no se había vuelto a hablar hasta el martes de los proyectos del

Gobierno. Y que entre ambos debates se había producido una muy amplia

remodelación de Gobierno que, entre otras carteras, habían afectado a dos

Departamentos directamente relacionados con la marcha económica del país.

Preguntaba el señor González qué motivos habían producido el relevo de estos dos

ministros —el de Industria y el de Comercio y Turismo— dependientes de la

vicepresidencia económica; si la causa de su sustitución fue debida a un cambio

de política o a una gestión errónea. O si todo ello obedecía a un cambio de

rumbo en la política económica del Gobierno. La pregunta quedó en el aire,

cuando el asunto era de la máxima actualidad e interés e incide en lo que en

esta hora afecta a la preocupación primordial de gobernantes y gobernados: la

crisis y el problema del desempleo.

Las sucesivas intervenciones no abordaron esta exigencia de un conocimiento más

profundo de la realidad económico-social y de los planes y gestión para

enfrentarse a la misma, debido al giro que tomó el debate con la novedad de la

moción de censura y también porque, al mezclarse en un mismo debate economía,

seguridad y estado de autonomías, hubo interés en decantar la discusión hacia

este último capítulo con todo su complejo entramado jurídico-político.

Y, sin embargo, la situación socioeconómica, con la dramática realidad de un

paro que no se reduce, sino que crece a un ritmo acelerado desconocido en el

resto de Europa, está en el primer plano de las preocupaciones. Como lo siguen

estando las cuestiones de autoridad no sólo en el terreno del orden público,

sino también en los de control de gestión —el de la Seguridad Social y el de las

empresas del sector público, por .ejemplo—, ya que todos son conscientes de que

a menor control, mayor es el déficit que tiene que soportar el contribuyente.

No podemos olvidar que este debate se produce en un período del calendario

fiscal en que mayor es la sensibilidad del ciudadano medio y hasta modesto,

porque, incomprensiblemente, a la clases más modestas está afectando el techo

impuesto por la reforma fiscal.

De ahí que, efectivamente, el estado de ánimo de la opinión pública no precisa

que los discursos del Parlamento se hagan en tonos electoralistas para

escucharlos con inquietud e inevitable apasionamiento. No hay «lenguaje de

televisión» que pueda camuflar las verdades que viven los hogares españoles

cotidianamente, que quieren saber con claridad el buen uso de su peculio por

quienes tienen por mandato administrarlo.

Por eso mismo, no debe sorprender que las críticas y advertencias, tanto

partiendo de la derecha como de la izquierda, encuentren, en estos momentos

difíciles, ecos profundos.

Máxime cuando un orador brillante y equilibrado como es don Felipe González

logra poner el dedo en la llaga. Lo cual no quiere decir que si la cuestión de

la credibilidad es el más inmediato problema que tiene planteado el Gobierno,

vaya a ser mayor la credibilidad en una alternativa socialista. Eso es harina de

otro costal. Pero no quita que un problema de ese tipo exista efectivamente,

pese a las buenas intenciones y al voluntarioso esfuerzo del presidente Suárez

en busca de una reedición de consensos. Y pese a las buenas razones del señor

Jiménez Blanco y de otros buenos oradores que salieron en defensa de esa tan

necesaria credibilidad de la que nace la confianza de la mayoría deseosa de un

Gobierno que gobierne.

 

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