Autor: Álvarez-Sierra, José. 
   Madrid y Marañón     
 
 ABC.    31/07/1960.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

MADRID Y MARAÑON

Parece haber existido un inexplicable Interés especial o tendenciosa consigna en soslayar el madrileñismo del doctor Marañón y su devoción al pubelo que le vio nacer. Los que le hemos conocido desde su juventud sabemos perfectamente que era un madrileño castizo, un verdadero madrileño encariñado con las glorias y tradiciones de la villa de las siete estrellas y la ciudad de las siete colinas. En la lucha un poco soslayada entre madrileños de nacimiento y madrileños de adopción, se ha llegado al extremo de que un erudito y excelente historiador estampe las siguientes palabras: "Gregorio Marañón nació en Madrid por casualidad." Nació en Madrid, pero no por casualidad. En el Colegio de San Miguel, de la calle de las Torres, aprendió las primeras letras; en el Instituto de San Isidro, el de mayor tradición matritense, se hizo bachiller; en las aulas del Colegio de San Carlos cursó la carrera; en el Hospital Provincial fue alumno interno y después médico de guardia, y médico de sala; su primera y única cátedra la ha desempeñado en la Universidad Central. Por si fuese poco, se casó con una madrileña que le hizo padre de unos simpáticos madrileñitos.

Es rigurosamente cierto que por ser la, capital de España el crisol donde se funde la vida de todas las provincias españolas, sus caracteres etnológicos raciales aparecen superpuestos, imbricados. El biotipo del madrileño actual es, en su mayoría, un producto complejo derivado del que presentaban los antiguos habitantes de la Corte, pero sólo en su mayoría, parque aún es posible encontrar familias e individuos, tipos étnicos muy puros y representativos. En el caso de Marañón, esto no es antropológicamente posible, pero si tenemos en cuenta que el biotipo es la consecuencia del factor hereditario y del ambiental, como él, desde niño estuvo en Madrid, en contacta con compañeros, profesores, amigos de su padre, servidumbre, relaciones sociales, etc, como es lógico su carácter y siquismo se impregnaron del siquismo y carácter de los naturales de la villa.

Si desapasionadamente se recuerda la personalidad humana del ilustre médico, tenemos que reconocer en ella detalles de indiscutible casticismo. Gestos y palabras; tono de la voz; humorismo sin caer en la comicidad; cordialidad afectiva, sencillez, improvisación de frases oportunas. Gesto procer en sus actos como continuación de la secular hidalguía castellana.

En Antropología se entiende por biotipo el grupo de individuos que -poseen el mismo genotipo o constitución hereditaria fundamental. Como esta herencia procede en el caso que estudiamos de tierra santanderina, tierra de la Vieja Castilla, nada de extraño tiene la coincidencia exacta de Marañón con el modo de ser de los madrileños. Aun cuando Madoz, Fernández de los Ríos y Mesonero Romanos afirman en repetidas ocasiones que los madrileños son de baja estatura, la realidad es otra, por lo menos el madrileño actual. Preferible es seguir por más rigurosamente científico el índice antropométrico y cefálico de Olóriz, así como los trabajos de Antón, Barras de Aragón y Gómez Ocaña. Según éstos, el cráneo es algo más dolicocéfalo que el de España entera, y el ángulo facial oscila entre 82 y 83. No olvidemos que los artistas griegos ponían a sus estatuas, sumun de perfección, un ángulo de 90.

Si tomásemos como modelo a nuestro desaparecido amigo, sí podríamos seguir a Madoz y Fernández de los Ríos, en otros órdenes de caracteres y ver cómo coinciden su contextura orgánica y su sicología con las del tipo que ellos señalaron. Más bien delgado que obeso hasta fecha muy reciente; de agradable figura; vivacidad natural; comprensión fácil; naturalidad oratoria; generoso sin ostentación; desinteresado sin sacrificio; sobrio a la vez que poco económico; verdadero señor con la altanería suficiente para no dejarse humillar, ni que se antepusiese nadie.

De las tres grandes facultades del espíritu: memoria, inteligencia y voluntad, en los madrileños predomina siempre la memoria, una memoria magnífica como la que admirábamos en Marañón, recitando párrafos de la Anatomía de Testut. Despejada inteligencia, fácil para las actividades del pensamiento, flaquea respecto a la voluntad. Algunas veces abúlicos, este fue el motivo de que se les tratase de malos trabajadores y poco constantes en sus actividades. En Marañón la facilidad para proporcionar recomendaciones, proteger gentes, aprobar alumnos y escribir prólogos son un signo de esta decaimiento en la volunad. ¡Cuántas veces hizo prólogos, y pronunció conferencias, contrariándose íntimamente.

Lo cierto es que tan entusiasta de su Facultad como de la Villa en que nació, honró a ambas el fundador de la cátedra de Endocrinología de la Universidad Central, demostrando una vez más que en cualquier rama de las ciencias o de las artes que se quiera, Madrid puede ofrecer una corona de gloriosos nombres.

Desde los tiempos del medievo presenta figuras eminentes en el saber médico, hombres bienhechores de sus semejantes, cuya inteligencia produce, además, textos enriquecedores de la literatura médica y, a veces, alcanza la predilección de las musas, como Pedro García Castillo y Agustín Collado, a quienes dedica Lope de Vega mención y loores en "El Laurel de Apolo", y Gregorio Rodríguez, que llora en una elegía a la muerte del cardenal infante don Fernando, el héroe de Norlinga, y en la que glosa los versos famosos de Mira de Mescua que Calderón pone en su comedia "El príncipe constante" y que, trasplantados al jardín de Francia, florecen en las rosas de Malherbe.

Marañón sigue la trayectoria literaria de todos estos médicos madrileños famosos, si bien superándolos en forma que jamás se pudo sospechar.

Un paisano suyo, de quien habló en repetidas ocasiones, fue el doctor don Gregorio López Madera, físico del emperador Carlos I, y que tonto o más por su ciencia que por su linaje fue enterrado en Atocha. Dr. J. ALVAREZ-SIERRA

 

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