Autor: Souvirón, José María. 
   La culpa del otro     
 
 ABC.    29/07/1960.  Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA CULPA DEL OTRO

Nos pasamos la vida echando al vecino la culpa de cnanto sucede. Los jefes a los subordinados, los obreros a los patronos, éstos a los obreros, los clérigos a los laicos y viceversa. Evitar el reconocimiento de las culpas personales es la mejor escapatoria. Las atribuímos a la sociedad, al sistema, a la educación bien o mal recibida, al modo de vivir, al capitalismo, el socialismo. A otro con la carga, que es lo confortable. El descaro con que arrojamos "la primera piedra" no nos ruboriza.

Si alguno se preocupa de buscar remedios para estos repetidos desafueros, se le acusa de perder el tiempo, de vivir fuera de la vida. La plebe de Tarento mató a los pitagoricos porque juzgaba que hacían mal en filosofar mientras el pueblo estaba sometido a las luchas, la escases, la envidia o el resentimiento. No se podía tolerar que unos cuantos se apartaran para pensar en los remedios contra aquellos males. Había que matarlos, y los exterminaron. Acaso aquellas víctimas se dedicaron con excesivo apartamiento a filosofar, pero la reacción no fue menos excesiva.

Unos por filosofar—es decir, pensar— y otros por no pensar, cada cual se encarga de menospreciar al vecino. No nos damos cuenta de que las soluciones han de ser inmediatas, que tenemos que cumplir con el que pasa por nuestro lado en la calle, con el que habita el piso de enfrente. Siempre esperamos que los problemas sean resueltos por una organización que sustituya a la presente, y procuramos, con un engaño cómodo, que la justicia la realice, no yo, ni tú, ni el otro, sino una política determinada, una legislación tal o cual. Así, el inundo va dejando que la injusticia y el mal se mantengan, para esperar a que tal pro-

grama que nos conviene termine con todo eso el día que nos convenga.

En el desierto del Norte de Chile, al borde de un cruce de caminos, hay un árbol aislado, único verdor vivo en muchas leguas a la redonda, que vive desde hace largos años, no por una ley de riegos, sino por un letrero, clavado junto a su tronco y que reza; "Por favor, no pase sin echarme un poco de agua." Cada viajero, en coche da turismo o en camión, prepara, al partir por esa ruta, una, lata o una botella de agua que vierte al pie del árbol solitario, manteniendo la vida en un paraje muerto.

Hay que cumplir con el deber—o con el sentir—allí donde se presente la ocasión de cumplimiento. Si esperamos a que lo realice esta o la otra ley no promulgada, podemos esperar sentados.

Así, nos quejamos de la desigualdad de posiciones y de clases, sin darnos cuenta (por ceguera voluntaria) de que las clases se mantendrán en tanto que una de ellas, inferior, aspire a colocarse en el lugar de aquella que la supera. De este modo tenemos una burguesía incrustada en la aristocracia y un proletariado incrustado en la burguesía.

La auto-inspección suele ser desagradable, y por eso la evitamos en cuanto esté a nuestro alcance eludirla. No nos interesan los que se cruzan con nosotros en la calle, los enormes y desconsoladores dramas que pasan por nuestro lado al salir de casa por la mañana, y que están requiriendo, en muchas ocasiones, nuestra ayuda, y algunas veces a vos en grito. Nos parece malo que no haya leyes administrativas que obliguen a dar de beber al sediento, vestir al desnudo y dar posada al peregrino. Si no existen como tales, nos sentimos irresponsables.

Recuerdo una carta de Rilke a Lou Andreas - Salome, en la que el poeta cuenta el martirio frecuente que para él suponía encontrarse en sus caminatas por los bulevares de París con personas que tenían algo infinitamente sutil en el rostro, hombres y mujeres que resbalaban hacia cualquier, pendiente y que estaban dispuestos, sin manifestarlo con urgencia, a que su drama fuese remediado por quienquiera que acudiese en su auxilio. Nadie se preocupaba de ayudarles. Un día que Rilke iba a estudiar en la Biblioteca de la Sorbona, vio que la gente miraba a un hombre cuyos andares eran extraños, saltarines, descompasados, y que se volvía a veces mirando al aire como para recriminar a alguien culpable de su locura, como pidiendo socorro para ella. Todos se limitaban a mirarle y dejarle ir con sus gestos y sus esguinces. Aquel día Rilke no pudo ir a la Biblioteca; confesaba que no podía encontrar un libro que le sacara de la impresión que el hombre le había producido. "Me sentía vacío—dice—, como si la angustia de otro se hubiese alimentado de mí y, me, hubiese agotado."

Nos guarecemos en la ley, la hecha o la por hacer, y dejamos pasar a los "fuera de la ley", a los abandonados y oprimidos, a los. humillados y ofendidos. Echamos la culpa a otro, a cualquier otro. Pero es necesario convencerse de que ese "otro" está dentro de uno mismo, es el sentido de humanidad que ahogamos en nuestro corazón. La culpa es nuestra, y en tanto que no lo reconozcamos así, nada será eficaz, por mucho odio que se acumule bajo el disfraz del amor.—José María SOUVIRON.

 

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