Editoriales y colaboraciones. 
 El final del consenso     
 
 Ya.    22/05/1980.  Página: 7. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

El final del consenso

CON la presentación de la moción de censura al Gobierno, el debate político ha

adquirido repentinamente sentido. Ya no se trata de un cambio de recriminaciones

sin objeto definido; ahora se trata de la presentación formal de esa alternativa

de Gobierno con la que se ha venido amenazando y que, por primera vez en la

historia del actual Parlamento, aparece en escena.

No vamos a hacer aquí cálculos sobre votos ni a adelantar previsiones sobre la

suerte de la moción; en cambio, nos parecen oportunas algunas consideraciones

sobre las dos posibilidades que, cuando se vote la moción, pueden presentarse.

Si la moción prospera, el partido socialista tendrá que demostrar su capacidad

gobernante. Nos parece que esa capacidad es al menos dudosa. Si la oposición se

ha cebado en las equivocaciones del Gobierno, hay algo que hemos echado de menos

en sus ataques, y es la referencia humilde a sus propias equivocaciones. En un

régimen democrático la oposición también gobierna por medio de la crítica

constructiva, y esto es lo que no hemos visto en la medida que habría hecho

falta, porque ni los arrebatos malhumorados ni la ligereza irreflexiva merecen

ese nombre. Si el Parlamento no es la gran cámara de resonancia nacional, ¿se

debe únicamente al partido del Gobierno? ¿De nada tiene que acusarse la

oposición?

Pondérese también lo que supondría la pesada hipoteca de las ayudas,

principalmente la comunista, a las que el socialismo tendría que recurrir, al

menos para obtener el poder. No nos parece temerario decir que sólo a una cosa

debe temer el socialismo, y es a que la moción prospere. Paradójicamente, el

socialismo pierde si gana.

La tentación del Gobierno será intentar salir del paso trampeando, consiguiendo

a fuerza de concesiones los votos indispensables para que la moción no prospere.

Sería taparse los ojos a las verdaderas dimensiones del problema. Lo que ayer se

ha planteado ha sido nada menos que el final del consenso, que no ha sido

repentino, que se podía prever desde hace tiempo, pero que ahora se ha

proclamado solemnemente. El Gobierno, aunque supere la prueba inmediata, en lo

sucesivo tendré que buscar su apoyo allí donde lógicamente deben encontrarlo los

partidos de una democracia: en la opinión. Y esto sólo lo conseguirá un Gobierno

fuerte que, directamente y a través de un auténtico partido, con masas, cuadros,

organización y programa, movilice a sus seguidores, acometa los grandes

problemas del país, que no se pierda en la política menor y devuelva a ta nación

la confianza que ha perdido, lo cual exige, naturalmente, que esa confianza

empiecen por adquirirla los propios gobernantes.

El final del consenso puede ser el principio de una verdadera democracia si ésta

se asienta donde debe: en la nación.

 

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