Autor: Paso Gil, Alfonso. 
   La mala intención     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LA MALA INTENCIÓN

HE aquí una penosa enfermedad que, desde hace siglos, viene clavando sus garras en los hombres de España. Una enfermedad ridicula en parte; en parte, angustiosa. No soy optimista. He dicho infinidad de veces que soy "razonablemente optimista", lo cual ya es distinto. Por ello me permita llamar enfermedad a la mala intención y no, atribuirle—corno se hace por ahí—calidad de vicio nacional o de característica genotípica del español. Yo sé que muchas malas intenciones se quitarían con una buena .dosis de Labileno o con cualquier regulador químico del neurovegetativo. Pues en el noventa por ciento de los casos, el mal intencionado es un ser en permanente desequilibrio moral y físico. Es un tipo gobernado por traumas psíquicos, oscuros complejos y terribles sentimientos de frustración. Pero también el criminal suele ser un psicópata en rebeldía con la sociedad, y a ésta no le cabe más remedio que eliminarlo sin tener muy en cuenta su índole, su carácter, y sus morbosos impulsos. Aquí surge el" problema. ¿Qué hacemos con los enfermos de mala intención? ¿Los sometemos a una cura psicoterápica? ¿Emprendemos con ellos una labor dé reeducación social? ¿Los mandamos, al díablo sin sentir la menor piedad por su mal? Grave, grave cuestión. Porque lo que no podemos es vivir contando con la mala intención. Eso sí que no. A eso no ños resignamos. No queremos resignarnos a que de nuestras frases se cojan sólo ciertas palabras y éstas se interpreten a gusto del mal intencionado y con la peor mala fe. No queremos resignarnos al cotilleo, la murmuración, la calumnia, la insidia. No. Es intolerable—por pequeño ejemplo—observar cómo una muchacha buena teme al sereno si de noche sale a l¿ más inocente diversión, porqué el sereno puede imaginar esto o lo otro. Y esto o lo otro es siempre lo peor. Resulta aburrido tener que quitar del diálogo de una comedia tal frase, porque hay quien puede tomarla en cual sentido. Y este sentido será invariablemente el más torpe, el más insano y negativo. Es fastidioso observar cómo los seres positivos, además de su lucha personal, han de establecer una batalla diaria contra la mala intención para poder subsistir.

Hay palabras que casi nos hacen llorar. A mí, particularmente, me emociona de modo especial la palabra "libertad" Yo no entiendo la libertad,al modo parlamentario o político que muchos la entienden. Para mí, la libertad, como el sentido del bien y del mal, como la huida ante el peligro, es algo innato en el hombre.

Es un instinto. Obtenerla en.su lado práctico y utilitario es consecuencia de una conducta. Pero se nace libre o no. Y cuando se ha nacido libre es inútil cuanto se haga por evitarlo. Ser libre es irremediable; la mala intención es el grillete más duro y. molesto que en nuestrg patria puede colocarse ´a la libertad rectamente entendida. Y tenemos perfecto derecho a ser libres. Yo opino que la libertad empieza por la negativa a hablar mal de alguien gratuita y desconsideradamente. La libertad comienza por la negativa a participar en los pequeños complots domésticos contra éste o contra aquélla. La libertad es incompatible con los odios y las simpatías,, con las posiciones previas. La libertad empieza por tomar de la verdad lo más positivo y darle fuerza y contraponerlo con toda nuestra alma a lo negativo. La libertad no, es "ayer si acabamos con fulano", sino "a ver si nos entendemos con fulano y entre todos hacemos algo grande". El cotilleo, la calumnia, la torpe murmuración, a los que tan, aficionado es este pueblo mío lo convierten automáticamente en esclavo y algunas veces en algo peor: en inservible.

Hace poco leí en los comentarios judiciales de la Prensa el resumen de un proceso por violación de secreto. A una oficina llegó un joven que pronto prosperó en ella por su preparación y su entusiasmo.

Ante el asombro de todos escaló puestos y se plantó por propios merecimientos en uno bastante considerable. Para colmo, caía muy simpático a las muchachas de la oficina por su comportamiento caballeroso y galante. Pues bien: un día, cierto compañero del afortunado joven compuso un complicadísimo plan con objeto de abrir la correspondencia privada de éste, pues intuía que en ciertos sobres voluminosos, que a diario recibía, podría existir una pista, un renuncio, algo desagradable que le desacreditara ante jefes y compañeras. El mal intencionado encontró dentro del sobre, para mayor calvario, una noble y sincera carta de amor. ¿Cabe mayor ofuscación? ¿Puede la mala intención deshacer así el equilibrio moral de un ser humano ? Cuando el resentido habló ante los jueces parece ser que se expresó con unas palabritas que son ya tópico en nuestra vida y hasta en nuestra literatura menor. —Era un niño bueno. Un listo. Siempre amable con todos. Siempre cortés. Un falso. Un insoportable.

Y uno dice que no. Que el insoportable no es. nunca quien trabaja, asciende por propios méritos, se contiene los impulsos, se comporta de. forma cortés, respeta lo respetable y trata con agrado a todas. El insoportable no es nunca el triunfador sincero y humilde, lleno de buena intención. El insoportable es el otro. El que a ese hombre llama despectivamente niño bueno, el fracasado, el "hecho polvo" el que quiso y no pudo y nos refrota siempre sus sentimientos de frustración de un modo o de otro; el que rinde menos a la sociedad, el esclavo de sus malas cosas.

Yo creo que una buena lección de libertad hubiera sido admitir que el recién llegado había ganado la partida con todas las de la ley. Tal vez algún día los mal intencionados descubran el magnifico mundo que se oculta tras la buena fe. Me gustaría que a tan despreciable enfermedad—la mala intención—fuera nuestra juventud arrinconándola hasta acabar finalmente con ella. Y todo se tornaría entonces más claro, más eficaz, más positivo y... más libre.

Alfonso PASO

 

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