Autor: Aguirre Bellver, Joaquín. 
 El Parlamento. 
 Programa de feria     
 
 El Alcázar.    29/05/1980.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 10. 

El Parlamento

Programa de feria

De lodo lo que Felipe González ha dicho, la mayor parte de las cosas quedarán en

agua de borrajas, si no sale de ésta convertido en jefe de Gobierno. Pero algo

va a ser irreversible, dado que el partido en el poder no puede remediarlo: la

desmembración política y económica de España. El resto, palabras, vaivenes,

deseos, buenos o malos, indefiniciones. Pero eso, la desmembración, eso está en

su mano, en manos de la demagogia, con todas las bendiciones de la Constitución.

Contradictorio Felipe González. Su programa es la utopía de un Estado fuerte,

nacionalizador, firme, eficaz, cuando ese Estado comienza por no existir, por no

tener atribuciones ni misión ni territorio de soberanía. ¿Cómo pudo Felipe

González dedicar la mayor parte de su discurso a la definición de un Estado que

había volado con dinamita en el párrafo primero? Era como aquel serial que

provocó tanto escándalo allá por los años cuarenta. Sobre la emisora llovían, a

miles, las cartas escandalizadas porque el guionista olvidó que había matado aun

personaje en el anterior capítulo. Pues eso. Una vez muerto el Estado, serán

inútiles todas las invocaciones, porque ni se levantará ni andará. Pero, por de

pronta, van a matarlo, entre todos, que de esa responsabilidad no se libra

ninguno de los allí reunidos.

Otro tanto le ocurre a la política económica de Felipe González. Con auténtico

descaro. Pero, ¿deque mayor productividad habla? Luego, dándose cuenta de que se

estaba pasando de la raya, aclaró que eran las empresas, no los trabajadores,

quienes debían producir más. A ver, que lo explique. Sí, que explique cómo se

produce más cuando se pide a los trabajadores que trabajen menos. Un lío.

La semana pasada nos anticipó Felipe González dónde residía su dificultad, si

llegaba a la presidencia del Gobierno, cuando dijo que «en España está sin hacer

la revolución burguesa». Ahora, claro, el pobre Felipe González tendría que

cargar con la penosa tarea de hacer a un mismo tiempo la revolución burguesa y

la revolución socialista. Por eso, oyendo su discurso programático, tuvimos esa

sensación angustiosa de que tanto era de derechas como de izquierdas. Es que

tenía las revoluciones entreveradas y se armaba un lío.

Ayer, en el bar del Congreso, se agotaron los puros muy temprano. Pero era tal

la demanda que llegaron a ofrecerse precios más altos por un habano que por una

entrada de barrera en Las Ventas. Al mismo tiempo, si ustedes estuvieron atentos

al Hemiciclo en la retransmisión televisada, pudieron observar que los

socialistas sin corbata eran muy pocos. Corbata y habano, para un día de feria.

No se merecía menos la primera moción de censura, que es un rito democrático con

la mayor solemnidad litúrgica.

Abrió la ceremonia una pelea de patio vecinal en la que salieron a relucir los

trapos más sucios y las acusaciones más descarnadas. Doy la razón al partido del

Gobierno en lo que dijo del partido de la oposición, y viceversa, sumo ambos

factores y el resultado es lo que tienen ustedes a la vista: un país gobernado

como un patio de vecindad y convertido en un patio de Monipodio.

Ellos se lo pasaron la mar de bien. En los pasillos y en la tribuna de Prensa,

sin embargo, las cabalas se movían en torno a lo que diría la gente, viendo

estas cosas desde su casa. Pensaban unos que el público se sentiría reconfortado

ante un espectáculo democrático edificante, mientras otros sufrían vergüenza

ajena.

—Oye, es que esa pelea de los delfines...

—¿Delfines? Tiburones, querrás decir.

Pero, entretanto, por sí o por no, vamos a hacer pedazos España; eso no lo evita

la Paz ni la Caridad. Yo sé quién lo evita, pero me lo callo porque ése no está

sentado en el Hemiciclo precisamente. A ver si llega a tiempo de impedir que nos

repartan la nación en republiquitas, a cada partido la suya, para que se

entretengan. Porque eso es lo que hay, tanto por la oposición como por el

Gobierno. Lo demás, el milagro de Lázaro.

Joaquín AGUIRRE BELLVER

 

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