Autor: Carrasco, Javier. 
   No asustó la alternativa     
 
 El Alcázar.    29/05/1980.  Página: 8. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

No asustó la alternativa

«La verdad es que, por mucho empeño que se ponga, los resultados nunca responden

a las expectativas.

Los papeles me quitan espontaneidad; he intentado evitar, como decía Fraga, que

las cifras no me danzasen en la cabeza...» Felipe González, tras 4 magnetófonos,

arrinconado frente a la salida principal del hemiciclo, tras hora y tres cuartos

de intervención («Decían éstos del presidente...», rezongaba, a su vera, un

ministro), se sujetaba con un leve temblor el alfiler de la corbata. Por encima

de sus comentarios a toro pasado («Creo que hemos trazado un proyecto político

global, porque el juicio popular va a incidir sobre un programa de conjunto, no

sobre cada una de las dos mil cuestiones parciales enunciadas por el Gobierno

UCD; no sé si mis palabras habrán fortalecido o no la unidad de la izquierda; lo

malo de la política autonómica del centro es que después de la anunciada segunda

lectura venga una tercera o una cuarta; lo que hay que acabar de una vez es con

la creencia de que si este Gabinete cae, cae la democracia. Si fuera verdad ya

habría acabado hace tiempo») pesaba la confianza de un Suárez, excusándose de

declaraciones, pero que, a decir de uno de sus hombres, «está otra vez en

forma», la reunión a puerta cerrada y las posteriores sonrisas del Gobierno

censurado, tras las palabras del líder socialista.

Pérez Llorca estaba muy tranquilo porque «ya no haya alternativa» y Marcelino

Oreja a causa de que, efectivamente, el partido de la oposición después de

fustigarle por lo propio, hubiera dedicado, «y muy confusamente», tres minutos a

las relaciones exteriores. «Enorme decepción, su opción autonómica no es ni cara

ni barata, no existe», recalcaba el ministro competente mientras Muñoz Peirats y

Soledad Becerril se citaban para cenar en «Rugantino» con varios colegas de

escaño, imagino que para celebrar lo celebrable. Iñigo Cavero le pedía a su

colega de banco azul, Juan Antonio Ortega, que le enseñara a los socialistas la

distinción entre un juicio militar, un contencioso-administrativo y un recurso

al Supremo, «porque, los pobres, no se aclaran». Fraga, comedido ante el voto de

hoy, dijo sólo que se aburrió —y no hacía falta que lo rubricase, pues la

televisión lo testificó a las claras en dos o tres tomas— y Rojas Marcos — ¡lo

que faltaba! — apuntillaba al otro ariete del PSOE, Alfonso Guerra: «En su

particular debate con Arias Salgado, ha salido perdiendo. A este nombre deberían

someterle a un juicio de ética parlamentaria, no se pueden tolerar tantos

insultos...»

El mismo Felipe había reconocido en el estrado que su discurso era largo y

pesado. No podía confesar, porque tal vez no lo sabía, que las minorías, su

victoria moral en forma de abstención, habían quedado decepcionadas de su

intervención. Sagaseta le llamó «burgués», que era lo último que podía esperar

en su estreno formal como censor de ejecutivos, y Roca lo calificó de confuso.

Los vascos, presuntamente presionados por los socialistas, no comparecieron,

aunque tal vez lo hagan hoy. Carrillo, por supuesto, obviaba los defectos y

estaba de acuerdo con lo expuesto. Pero su objetivo, al revelar las ofertas de

Suárez sobre la formación de una mayoría de Gobierno con los comunistas (y se

guarda los detalles de la conversación para sus memorias, según confirmó el

diputado Curiel a la salida), en la sesión estaba cumplido.

Rafael.Arias destacó la oportunidad —«perfectamente estudiada»— que el partido,

mejor dicho, su presidente, le había .brindado. Felipe González, una impresión

generalizada entre CD, catalanes y varios «mixtos» que prestigiaban el gesto

socialista, defraudó y ni siquiera consiguió inquietar a los empresarios,

representados oficiosamente por José Miguel de la Rica, presidente del INI. Los

comunistas, ya digo, esperando el efecto boomerang de las revelaciones de su

secretario general. Ya se lo advirtieron a López Raimundo: «Os creéis que habéis

debilitado a Suárez, que entra al trapo como si nada, pero ya me contaréis

cuando vuestras bases más radicalizadas se hayan enterado de que estuvisteis a

punto de pactar con él...»

Y todos, absolutamente todos los grupos indefinidos a la hora del voto, sin

querer revelar su decisión última (Blas Pinar lo más que adelantó fue su enfado

por la interpretación supuesta que había dado del mismo el señor Arias Salgado).

Por ayer, bastaba con la decepción socialista.

Javier CARRASCO

 

< Volver