Las declaraciones presidenciales     
 
 ABC.    28/02/1975.  Página: 26. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

ABC. VIERNES 28 DE FEBRERO DE 1975. EDICIÓN DE LA MAÑANA.

PAG. 26.

LAS DECLARACIONES PRESIDENCIALES

En la rueda de Prensa televisada, el presidente del Gobierno, don Carlos Arias

Navarro, ha definido, con evidente exactitud y congruencia, las líneas maestras

de una política doblemente condicionada: en lo económico, por una coyuntura de

crisis internacional; en lo interno, por las circunstancias peculiares que

impone el inmediato horizonte político, ese horizonte al que reconoció

imperativos de apertura y exigencias de evolución el discurso presidencial del

12 de febrero.

No hay, en las respuestas del presidente, concesión alguna a la decepción, al

desfallecimiento o a la rectificación de líneas de actuación o propósitos

marcados; hay, por el contrario, una consciente y serena reafirmación, por

encima de cualquier episodio personal de los miembros del Consejo de Ministros,

de la política que se propuso realizar el señor Arias Navarro, con su equipo

ministerial, cuando fue designado para ocupar la presidencia.

¿Cómo resumir las orientaciones básicas de esta política? Seguramente no será

incorrecto hacerlo así: un empeño honrado, sincero, meritísimo de movilizar, en

cualquiera y todas las parcelas del interés público, las posibilidades ciertas

de evolución, de progreso, que encierran todavía las Leyes Fundamentales y, al

tiempo, la contundente afirmación del necesario principio de autoridad, base

imprescindible para el mantenimiento de la ordenada convivencia ciudadana.

Prueba, la más palmaria, de la decisión de apertura, de evolución, de

movilización de los recursos o fuerzas políticas del país, ha sido el Estatuto

asociacionista. No tan abierto como esperaban previsiones razonables; no tan

cerrado, ni excluyente, tampoco como ahora lo estiman las críticas adversas.

Sobre el asociacionismo le han sido formuladas al presidente del Gobierno graves

preguntas. No han sido menos serias sus respuestas, mantenidas todas en la

loable tendencia aperturista de no estimar —no prejuzgar— excluida a ninguna

asociación, fuerza o entidad, políticas que no se opongan antagónicamente a la

filosofía, a la razón de ser, del Movimiento. De otro modo: en el amplio marco

opinativo que delimitan las Leyes Fundamentales —constitución que debe ser

acatada procede el juego de las asociaciones. Y en consecuencia, fuera de ese

marco o contra sus conceptos, no existe vía lícita de acción.

El problema, tan actual, de las aspiraciones o apetencias juveniles tiene

análoga solución: mo es precisa la clandestinidad como medio de actuación de los

jóvenes, que tienen abiertos múltiples caminos de legalidad para actuar,

plantear e instar la solución de sus pretensiones.

El concepto de Gobierno, en cuanto le incumbe mantener la ordenación legal, no

es compatible con reconocimiento alguno de la subversión, ni siquiera por el

tácito expediente de la blandura.

Oportuna, por la actualidad del tema, y obligada, por su responsabilidad ante el

país, era la condena absoluta de la subversión en las declaraciones

presidenciales: «la firme postura del Gobierno de aplastarla con toda la fuerza

de la autoridad que dispone».

Ahora bien, no sin precisar antes el distingo importantísimo que se refiere a

las reivindicaciones lícitas —laborales, estudiantiles, sociales— que se actúen

también por vías legales. Para éstas y por tal camino, existe disposición de

comprensión gubernamental.

No es aventurado suponer que la equilibrada posición definida por el señor Arias

Navarro —autoridad frente a la subversión, comprensión ante la reivindicación

lícita— habrá serenado muchas preocupaciones que, explicablemente, siente ahora

la comunidad nacional.

Aún encontramos en este repaso genérico de las declaraciones presidenciales un

punto que no debe olvidar esta glosa: la referencia a la mayoría silenciosa. Y

en esta referencia un matiz que nos sugiere consideración particular.

Después de agradecer la adhesión que e¡ Gobierno recibe de la mayoría

silenciosa, parecen aceptar las declaraciones una cierta pasividad política de

la misma: «Yo comprendo que a esa inmensa masa dé españoles no se le puede estar

pidiendo permanentemente una participación activa.»

Sinceramente pensamos que no está el «quid» en la demanda continuada a la

mayoría silenciosa, sino en la creación de las condiciones que impulsen

espontáneamente a esa gran masa a una participación política constructiva y

directa, eficaz y permanente.

 

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