Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   La calle pregunta     
 
 Informaciones.    03/03/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

LA CALLE PREGUNTA.

Por Juan Luis CEBRIAN.

VIVIMOS tiempos de gran confusión, * Esta es la impresión general de la calle,

que a mi corto entender no ha sido disipada tras las palabras del presidente en

su rueda de Prensa del pasada miércoles. No son sólo las dificultades

económicas, ni la protesta social, ni el conflicto estudiantil, ni los problemas

exteriores lo que está produciendo hoy la taquicardia de los españolítos, sino

el convencimiento de que en breve tiempo vamos a protagonizar un cambio

histórico cuya meta final desconocemos. A medida que el futuro se acerca, la

dificultad de adivinarlo es mayor. Y esta es la pregunta, sin embargo, cuya

respuesta tiene en vilo a nuestros conciudadanos, por encima de todas las demás:

¿Después de Franco, qué? La contestación simple y llana «después de Franco, las

instituciones», servía quiza para los años sesenta, pera no para ahora. No estoy

diciendo que las instituciones no valgan, sino que es preciso hacerlas valer.

Y que la calle es consciente de que sin Franco el Régimen puede seguir siendo el

mismo, pero en cualquier caso será siempre diferente. Las transformaciones

sociales que en la última década ha vivido el país y los últimos cambios en el

dañara internacional, justifican, por lo demás, las dudas que la respuesta

aludida suscita en muchas conciencias.

He aquí la explicación de por qué algunas voces, como la de Francisco Fernández

Ordéñez, reclaman hoy un proceso constituyente, y otras como la de Cantarero o

Fraga una reforma constitucional. Hay que apresurarse a reconocer que ambas no

son la misma cosa. Una reforma constitucional supone una transformación de las

leyes que nos rigen, a partir de esas mismas leyes, mientras que un proceso

constituyente equivale a convocar al país a la construcción solemne de un nuevo

Régimen. Que no tiene por qué plantearse como un revisionismo absoluto ni

desdeñar las tradiciones o los logros del actual, pero que en cualquier caso se

supone de nueva planta.

Tanto los que piden reformar la Constitución si bien nosotros no tenemos una

Constitución propiamente dicha, sino un conjunto de leyes y principios de

carácter constitucional censo los que solicitan una nueva, lo hacen porque

quieren un cambio democrático. El objetivo es prácticarnente identico:

incorporar a la sucesión al franquismo el sufragio universal y la elección

periódica de los gobernantes, con las garantías básicas de reunión, expresión y

asociación para los ciudadanos. Los métodos son los que cambian. Los reformistas

tratan de evitar el romper con el pasado, Quizá porque se consideran parte de

él, quizá porque presienten que el inmovilismo es todavía demasiado fuerte en el

seno del Régimen. Los constituyentes preconizan a secas una ruptura democrática.

Una parte de ellos, porque han militado desde antaño en la oposición al sistema

y han sufrido incluso cárcel y exilio por sus posturas irreductibles. Otros,

porque creen que con eí posfranquismo se cerrará un ciclo histórico, emanada de

la guerra civil, momento en el que el protagonismo de las nuevas generaciones

exige la convocatoria a un gran debate nacional para hacer con el país lo que el

país quiera hacer de si mismo.

Frente a estos dos amplios grupos de opinión se fizan los que estiman que la

«democracia orgánica, no ha sido definitivamente puesta a prueba. En efecto, hay

quien piensa, y el actual presidente del Gobierno parece contarse entre ellos,

que es necesario que muchas cosas evolucionen, pero sin necesidad de poner a

revisión la Ley Orgánica ni los Principias Fundamentales del Movimiento. Suponen

que las posibilidades de desarrollo político en el seno del Régimen son lo

suficientemente grandes como para ensayar todavía un «camino español hacia la

democracia» sin reforma constitucional alguna. A esos se ha convenido en

llamarles «aperturistas», por la simple razón de que su actitud es la de una

interpretación abierta de la legalidad vigente. Por último, están los

inmovilistas del sistema, que no sólo no creen que haya que transformar éste en

su base, sino que estiman que cualquier política que entrañe una vecindad a

planteamientos no ortodoxos como la del aperturismo supone de hecho una

desviación del espíritu y la intención de los fundadores del Régimen, que

rechazaron la democracia liberal y parlamentaria. Los falangistas utópicos, la

burocracia del Movimiento y la sindical se encontrarían alineados en este grupo,

que quizá tenga su expresión publica organizada en ese proyecto de asociación

que recibe el nombre de Alianza del Pueblo.

Toda clasificación es mala, porque desprecia la realidad dinámica de los hechos

y las personas, pero en los cenáculos políticos del país se había de estas cosas

y es preciso el intento si se quiere un poco didáctico de explicarlas a los

españoles que pretenden bucear en la actualidad el significado de! complejo

panorama que tes rodea. Las posiciones de todos los protagonistas de la

historia, inmovilistas, aperturístas, reformistas y constituyentes entre los que

puede incluirse desde un punto de vista teórico a los revolucionarios parten de

una hipótesis: la proximidad real de la sucesión y la necesidad de dar una

respuesta clara a la pregunta de la calle: ¿El qué, después de Franco? Los

llamamientos a la neutralidad política del Ejército tanto desde el seno del

Régimen como desde las plataformas de oposición se hacen también sobre esa base:

lo que en definitiva se pretende es que el Ejército sea beligerante, bien en el

advenimiento del cambio, bien en impedir que se produzca. En este sentido, la

posición de nuestros militares resulta, desde luego, bastante incómoda. Los

mismos que piden al Ejército apoliticismo y profesionalidad tiñen de significado

cualquier actitud pública de cualquier militar.

Demasiado tiempo alejada de la politica, el español medio tiene una cierta

proclividad a admitir el hecho de que por lo demás semejantes historias son

pamplinas. Lo que a él le preocupa aunque sea una vulgaridad reiterarlo es pagar

la letra del coche y saber si sus niños podrán ir tranquilamente al colegio o

habrá tiros y desórdenes callejeros. Sólo si los líderes de nuestro tiempo son

capaces de explicar a los ciudadanos que de la forma como se dirima el futuro

dependen precisamente todas esas cosas, los españoles se aprestarán con cierto

optimismo a colaborar en la tarea. Pero hay que pedir más valor y más sinceridad

a nuestros políticos. Momentos como los que vive e! país exigen no sólo la

inteligencia en el análisis de los hechos. A un lado la polémica asociacionísta.

hace falta la audacia personal y la comparecencia pública de los que aseguran

tener las soluciones. La política ha sido siempre una bien dosificada mezcla de

ideologías y de líderes. Las ideologías las tenemos con nosotros. A los líderes

a los líderes verdaderos, no a los oportunistas del cargo a los pequeños

ambiciosos de los placeres menores que el poder otorga se les exige ya salir a

la palestra.

 

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