Autor: Monzón, Manuel. 
   Ministro, ejemplo y amigo     
 
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MINISTRO, EJEMPLO Y AMIGO

SI es cierto que resulta difícil decir adiós, más acertado as asegurar que no es

bonito decir adiós. Por ello yo no digo adiós, sino hasta siempre, a quien he

servido con toda lealtad, cariño y respeto durante nueve meses bien largos,

duros y controvertidos. En el transcurso de este plazo inolvidable he tenido

ocasión excepcional y cercana de contemplar al esfuerzo titánico de un hombre

por servir a la Patria con su mejor saber y entender. No trato de juzgar una

gestión ministerial, lo que evidentemente no me responda en mi modesto nivel;

trato, eso sí, de enaltecer a un hombre, un talento de primera fila, un español

de excepción y un patriota de lujo con la vista fija siempre en España y en los

españoles.

De cualquier manera no quiero que el contenido de estas letras vaya destinado al

político, sino al hombre. Afirmo que no ha sido difícil para mí. ni siquiera he

tenido que hacer el menor esfuerzo, para otorgar mi lealtad a Pío Cabanillas,

pues él sabe ser leal con los suyos hasta la contrariedad y el sacrificio en el

ejercicio de su jerarquía, sabiendo siempre disculpar el error de buena fe,

ilusionando en la tarea diaria sin desmayos y estimulando continuamente hacia

adelante. Soy testigo, y de ello doy fe, que jamás ha dado asilo en todos estos

meses al rumor, la tendenciosidad ni la calumnia que pudiera haberle favorecido.

No ha tolerado el desaliento ni que el trabajo de cada día se viera afectado por

las tensiones de orden político. Ha reprendido sin cólera, ha sancionado con

amargura y no le ha temblado el pulso en su afán de ser justo.

Ha intentado convencer sin imponer y ha deplorado siempre, pública y

privadamente de forma reiterada, el «abaratamiento» en el contenido de los

medios informativos cuando se ha producido. Ha mostrado abiertamente su repulsa

contra el sucio erotismo y la baja grosería, intentando conciliar en todo

momento la extremosa indignación de los pacatos y exageradamente moralistas con

el frenar a los que, como siempre, se empecinan en confundir libertad con

libertinaje.

No ha cometido abusos de poder, aunque, como de tantas otras cosas, se le haya

acusado de eso también. Dios es testigo da que si la Prensa ha adoptado

mayoritaria o minoritariamente determinadas actitudes ante también determinados

sucesos de índole política, social o económica, Pío Cabanillas, el primero en

respetar la libertad informativa, no ha intervenido jamás en ello. La

caballerosidad ha presidido la interrelación del equipo ministerial, propiciada

por el ejemplo del propio ministro, que ha soportado sobre sus hombros la

asunción de los posibles errores de los suyos con sentido exacto de lo que es

mandar y dirigir, concitando sobre sí la crítica en exclusiva.

Pocas veces en mi vida antes, durante su etapa ministerial y estoy seguro que

ahora, he oído a nadie producirse en términos tan exactamente elogiosos hacia la

figura del Caudillo como a Pío Cabanillas. Por supuesto que su veneración hacia

el Jefe del Estado no ha tenido que ver con la adulación exagerada ni con el

empecinamiento en al mito, sino que se ha basado en el respeto a las virtudes y

comprensión del estadista y del Jefe, indiscutible a indiscutido. Todos los que

nos honramos con la amistad de Pío Cabanillas estamos obligados a proclamar al

afecto y el respeto con que trató siempre la imagen y trayectoria del Caudillo,

tomando, fueran quienes fuesen sus interlocutores, la defensa de su talla de

estadista con calor y con fe que en ocasiones no he visto en quienes alardean

coyunturalmente da lealtad inquebrantable en público y escupen su veneno

incrédulo en privado. Particulamente quiero recordar aquí cómo Pío nos inculcó

siempre su fe en la comprensión del Jefe del Estado, sin discriminación, hacia

la cosa bien hecha y su repulsión instintiva hacia la «chapuza» impensada y

oportunista.

Del mismo modo pienso que debo proclamar, porque es de justicia, el recelo que

yo siempre he detecta do en Pío Cabanillas por todo aquello o aquellos que

presentaran los signos externo: e identificadores de comunismo.

Pío Cabanillas ha sido protagonista, y hasta estandarte para algunos, si se

quiere, de la evolución pacifica y en orden del presente hacia el futuro dentro

de las leyes e instituciones, de las que ha sido eslabón importante, pero no ha

protagonizado ni alentado jamás el menor movimiento liquidador, sustitutivo o

revolucionario, ni ha dado pábulo nunca para que nadie tuviera derecho a creer

que pudiese ver con simpatía semejantes maniobras.

Para el final, y a propósito, he dejado la mejor faceta humana de Pío

Cabanillas, casi sorprendente en talento de su talla: la cordialidad y simpatía

de un hombre que ha antepuesto a toda rigidez jerárquica la sencillez y la

amabilidad que le han hecho, sin duda, como dice la ordenanza militar, hacerse

querer de sus inferiores y desear de sus superiores. Sin perjuicio de la

eficacia y la disciplina trató a todos cuantos le rodearon an el transcurso de

su gestión con cariño y con afecto. Todo ello sin que su carácter abierto haya

perforado jamás su discreción absoluta y propia de su tierra celta. A un hombre

al que en estos nueve meses no te ha ahorrado el destino dolores y

contrariedades personales hay que agradecerle el ejemplo de afecto a sus

colaboradores que nos dio a todos con motivo del fallecimiento de su secretario

particular, Eduardo Rincón, anteponiendo su dolor de hombre y su afecto de

amigo, por un momento, a la preocupación del gobernante. Entero, sencillo,

cordial, todo lo subordinó a la lealtad más absoluta al presidente Arias y al

Caudillo. De la cruz a la fecha. Pío Cabanillas no tiene noticia ni conocimiento

de este artículo, naturalmente. Le pido perdón por haber ofendido su modestia o

por lo que de subjetivo pueda haber en alguna de mis interpretaciones o

afirmaciones.

Manuel MONZÓN

 

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