Autor: Cisneros Laborda, Gabriel Fernando. 
 España, 7 días. Notas beligerantes. 
 Una nueva etapa     
 
 Blanco y Negro.     Páginas: 2. Párrafos: 7. 

UNA NUEVA ETAPA

Tal como se gestionó la crisis, la solución adoptada era la única posible. Una

crisis corta, como

consecuencia de la frustración de un inicial propósito de hacerla más ancha,

hubiera significado que el Gobierno partía, desde la línea de salida,

disminuido, alicorto y con todos los pronunciamientos propicios para verse

prontamente aquejado por espinosas tensiones internas.

DIOS mediante, tiempo sobrará para enjuiciar los semblantes y perfiles del nuevo

Gobierno. En último término, mejor que unas biografías, mejor que unas

proclamaciones programáticas, importará detenerse en el quehacer y los

resultados. No hay más camino que el que se hace, machadianamente, al andar. En

favor del Gobierno, nuevo y sustantivamente remudado, se abre un ancho margen de

confianza, sustentado no sólo sobre el apriorismo de un reconocimiento de buenas

intenciones, sino sobre las dilatadas ejecutorias públicas de la gran mayoría de

los integrantes del Gabinete. No es muy común, por ejemplo, la circunstancia de

que, de los once nuevos ministros, cinco hayan desempeñado con anterioridad el

cargo de subsecretario; otros, que no alcanzaron ese rango, cubrieron

Direcciones Generales de especial relevancia y en etapas dilatadas; cuatro

formaban o habían formado parte de las Cortes en la presente Legislatura; dos se

encontraban representando a España en embajadas de primer rango. Con alguna

excepción mínima, de los hombres del nuevo Gobierno se puede decir cualquier

cosa menos que estén inéditos. Tal particularidad allana la labor del

comentarista y le permitiría, si se lo propusiera, lanzarse por el camino de la

especulación política sobre presunciones de algún fundamento; pero, insisto,

parece, desde todos los puntos de vista, preferible remitir a la andadura y a

las obras la emisión de cualquier juicio de valor.

Importa más y bajo los imperativos apremios de la urgencia y el deber de honor

el reconocimiento y homenaje de cuantos ahora abandonan la nave del quehacer

público.

La política, como oficio y dedicación, tiene "mala prensa". Hasta las propias

páginas del diccionario afloran acepciones populares del término emparentadas

con capacidad de disimulación, doblez o interesada astucia. Quizá, en nuestro

país, concretas razones de orden histórico aun han cargado un plus peyorativo en

el término. El tiempo histórico anterior al 18 de Julio supuso una

hiperpolitización patologizada de la vida española, sin duda porque, des-

graciadamente, en la dialéctica de la primavera trágica del 1936, los términos

de la controversia pública no versaban —como políticamente es deseable— sobre

maneras diversas de resolver los problemas, sino casi sobre concepciones

antagónicas de la vida. Cuando en la vida de la comunidad, los términos, civiles

y aceptables, de discrepante o adversario dan paso al término de "enemigo", la

política ha abandonado su recinto propio; falta el mínimum básico de

coincidencias sobre el que articular las divergencias, y ante esta quiebra se

hacen históricamente inevitables sacrificios tan tremendos y dolorosos como el

de una guerra civil.

Cuando —como ocurrió en las Cortes del Frente Popular— el parlamentarismo da pie

y ocasión para proyectar desde el banco azul del gobierno amenazas de muerte,

después verificadas, sobre la cabeza de un líder de la oposición, el papel y

sentido de la actividad política queda dramáticamente desvirtuado. Pero si

corregimos estas desviaciones, populares o históricas, sobre la naturaleza

profunda de la "política" y la actitud vital del "político", se nos aparecerá en

toda su sacrificada grandeza la cabal dimensión d e I hombre público.

Sólo una licencia burda y espesa puede amparar la creencia de que, tras la

vocación politica, subyacen móviles desviados o triviales. Si el político

apetece el poder es porque el poder es el instrumento desde el que puede operar

su voluntad transformadora de la realidad, su pretensión de conformar el orden

social a un esquema ideal más satisfactorio. Ni la sedicente vanidad del

político puede resultar compensatoria del atroz sacrificio de la intimidad que

la función pública apareja. Ni las eventuales gratificaciones a su orgullo

pueden retribuir las frustraciones, las insuficiencias, las distancias entre lo

proyectado y lo logrado; ni, muchísimo menos, la codicia —como puede suponer

algún malévolo ignorante— puede representar el móvil impulsor de gentes cuya

inteligencia y preparación es garantía de mucho más lucrativas instalaciones en

la vida profesional o en el sector privado. Todos los políticos, entrantes y

salientes —aunque sean lógicamente estos últimos los destinatarios de nuestra

reflexión, como los primeros lo son de nuestra expectación y confianza—, se

hacen acreedores a la gratitud y reconocimiento de los ciudadanos. Gratitud que

hay que hacer trascender del juicio concreto, siempre aventurado y polémico, que

pudieran merecer sus gestiones. Si el acierto las coronó o dejó de coronarlas, a

salvo quedan siempre el patriotismo, la rectitud de intención, la abnegada

entrega. En el acto del relevo, Torcuato Fernández Miranda formuló esta rotunda

y legítima manifestación: "Tengo el orgullo de haber servido al Estado,

encarnación de la soberanía del pueblo. Tengo y tendré el orgullo de la ética

del Estado". Sin duda, todos los restantes ministros salientes podían haber

hecho solidariamente suyo aquel orgullo que Fernández Miranda, con un lenguaje

inequívocamente propio, proclamaba. La cita, en su rotundidad, nos exime de

cualquier abundamiento. Ningún hombre de bien podrá dejar de reconocer a

Fernández-Miranda y a sus compañeros en la hora del relevo el derecho pleno a

ese orgullo tan gallardamente exhibido y proclamado.

Si hemos analizado, con un cierto punto de énfasis, estas consideraciones de

ocasión es porque a nadie se le ocultan las especiales significaciones,

históricas quizá, de la crisis ventilada. Y no sólo por la trágica e

imprevisible circunstancia que la ha provocado; ni tampoco por lo duro y

problematizado de la coyuntura que habrá de afrontar; ni aun siquiera por el

temor —que humanamente quisiéramos excluir, pero que forzosamente se asoma a

nuestro ánimo— de que, en el curso de su mandado, el Régimen pudiera sufrir la

dura prueba de la ausencia de su creador y protagonista. Aunque ni aquellas

circunstancias concurrieran ni tan dolorosa hipótesis se verificara, la forma de

resolverse la crisis planteada por el atentado del 20 de diciembre nos coloca

ante la certidumbre de que el cambio —por su hondura y generalidad; por haber

supuesto la desaparición simultánea de las filas del Gobierno de los dos grandes

protagonistas, animadores y polos de tensión de la situación anterior— nos

remite, sin necesidad de remontarnos a las horas primeras del Régimen, a las

fechas de 1957 y 1969, años en los que, como ahora, un cambio de Gobierno no se

limitó a representar el simple relevo de unos hombres, sino la adopción de

nuevos rumbos. Contra lo que muchos comentarios pronosticasen, ni se operó el

automatismo continuista que hubiera representado la presidencia de Fernández-

Miranda, ni don Carlos Arias ha entrado con talante de "presidente-puente",

movido sólo —como diríamos en terminología de las primeras décadas del siglo—

por la conveniencia de buscar una "salida idónea" a una situación imprevista.

Dialécticamente, no faltarían argumentos de entidad en defensa de una u otra

contrapuestas tesis: crisis de fondo o pequeños retoques circunstanciales. Lo

que no cabe duda es que, tal como se gestionó la crisis —con ardua dificultad,

con profusas filtraciones informativas, con abundantes rumores que, a la postre,

se vino a conocer que no eran tales rumores especiosos, sino verdaderas noticias

distintas correspondientes a distintas fases en la elaboración de la lista—, la

solución adoptada era no ya la correcta, sino la única posible. Una crisis

corta, como consecuencia de la frustración de un inicial propósito de hacerla

más ancha, hubiera significado que el Gobierno partía, desde la línea de salida

disminuido, alicorto y con todos los pronunciamientos propicios para verse

prontamente aquejado por espinosas tensiones internas. Ahora, en cambio, el

Gobierno ofrece una fisonomía de cohesión, aun fortalecida por la fuerte

jerarquización que puede significar la introducción de las tres

vicepresidencias. Cohesión, que es algo bien distinto de la naturaleza monocolor

que se predicaba, sin duda con hipérbole, del equipo del 69. Hasta su etapa

final, por ejemplo, el Gobierno de la Ley Orgánica y la proclamación de Don Juan

Carlos fue un Gobierno cohesionado, a pesar de reunir un repertorio de

personalidades tan vigorosas y de tan heterogéneo linaje ideológico como las de

Carrero, Castiella, Fraga, Solís, Silva y López Rodó. No pretendo establecer

analogías, previsiblemente imposibles, sobre todo por el muy distinto grado de

incidencia operativa de Franco sobre el cotidiano acontecer político. En el seno

de aquel Gabinete se registraban acusadas discrepancias, pero ello no

obstaculizó que la etapa 66-69 fuera una de las más dinámicamente esperanzadoras

de la más próxima historia española. La cohesión más sólida quizá no provenga de

una identidad de origen de los ministros, sino de la sincera persecución en

común de unos objetivos auténticamente asumidos y compartidos. Por otra parte —y

aunque pueda parecer paradójico e incomprensible a los ojos de algún observador

exótico o apresurado—, la apertura puede verse mejor servida por aquellas gentes

cuya linajuda adscripción al Régimen los pone al cubierto de cualquier

reticencia que por aquellos otros, peor aceptados por los sectores más duros de

la ortodoxia y constantemente acechados, sin duda injustamente, por la necesidad

de hacer valer sus patentes de legitimidad histórica.

Sin regocijo por los ceses, con esperanza por los nombramientos, el comentarista

piensa que se asoma a una verdadera etapa nueva en la historia del Régimen.

Quienes hemos esgrimido una permanente actitud crítica ante los hombres en el

poder estamos felizmente eximidos del innoble deporte de alancear moros muertos.

Preferimos subrayar las incuestionables aportaciones que a la más próxima

historia española ha representado la etapa que se cancela, que no alborozarnos

por la extinción del "mito tecnocrático". Aunque, sinceramente, nos felicitemos

por la restitución de la Política, con mayúsculas, a su debida posición central

y rectora.

Porque creemos, con el Gobierno, que "la probada madurez cívica de nuestro

pueblo y las necesidades del momento presente" aconsejan la promoción y estimulo

de la participación política, confiamos en ver abordar prontamenfe al Gobierno

estas tareas. Desde la certidumbre de que no es sólo el "momento presente", sino

todo ese futuro, encamado en la figura del Príncipe de España —representación en

su "humana ejemplaridad" de la "segura confianza" que merecen las generaciones

nuevas—, el que demanda con apremio el desarrollo político.

Gabriel Cisneros

 

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