Autor: Insúa, Alberto. 
   Semblanza de don Eduardo Dato, a los cuarenta años de su muerte     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 13. 

SEMBLANZA DE DON EDUARDO DATO, A LOS CUARENTA ANOS DE SU MUERTE

ALTO, delgado, calvo, con los conocidos aladares que tantas veces reprodujeron los caricaturistas, muy Inclinado hacia adelante, de ´hombros no muy anchos, la cabeza rotunda, el rostro pálido, los ojos grandes, como cansados, y los labios insinuando una comedida sonrisa." Asi describe uno de sus mejores biógrafos al gran político español—grande por su patriotismo y por su clara inteligencia— del que este año, el día 8 de marzo, se cumple el cuarenta aniversario de su muerte bajo las pistolas del anarcosindicalismo.

Aun en Ja mesa de la Casa de Socorro, adonde llegó ya cadáver, persistía en su semblante aquel gesto de hombre ecuánime que no le abandonaba nunca. Y prosigue el biógrafo: "Compareció ante la Divina Misericordia con aquella compostura tranquila, fiel reflejo de su carácter. De aficiones y gustos delicados, era hombre de ciudad, al que apenas interesaba el campo, y si, en cambio, las grandes capitales. Frecuentó los salones aristocráticos, y era recibido en todos ellos con una consideración de que no gozara ningún político de entonces, y que era debida no sólo a su atractivo de ameno conversador, sino también a su tacto para saber siempre lo que tenia que decir y lo que habla de callar."

Buen retrato en lo corpóreo y en lo. psíquico el que ha hecho de don Eduardo Dato el historiador y sociólogo León Martín Granizo, de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, en el homenaje rendido por esta Institución a la memoria del Insigne estadista. Según Martín Granizo, en toda nuestra política del siglo pasado y parte del presente, "el tipo as hombre de gobierno, frío y sereno, es el que menos abunda, hasta el punto de constituir un raro espécimen al que los españoles no estábamos acostumbrados. El mismo Maura, figura cumbre de la política en tal período, y aún más Canalejas, tenían momentos en los que, ante la injusticia o la pasión de sus adversarios, perdían el dominio de sus nervios.

Dato no".

Es verdad. No concuerda con el temperamento latino el "self-control" que se observa en muchos, aunque no en todos, los hombres públicos anglosajones. El latino, como antes el griego, es de suyo apasionado y vehemente. No "se contenían", sino que "se desbordaban". Demóstenes, en sus "Filípicas" y Cicerón, en las "Catilinarias" y en sus acusaciones contra Antonio.

En los grandes oradores políticos, de cualquier raza, la mesura en el gesto, el equilibrio en el ademán, el orden y la seguridad en el discurso son méritos y virtudes que sólo se obtienen por un esfuerzo de la voluntad contra la pasión, que es el elemento primordial de la política.

Llámese agora, foro, parlamento, asamblea o mitin el lugar donde actúa, es muy raro el político que logra contener sus nervios y medir sus palabras frente a las contradicciones y los ataques del contrario. La oratoria política es, por lo general, desenfrenada. La forense, la académica, la universitaria y la sagrada se iprestan mejor para el discurso reposado y suasorio.

La política es, ante todo, polémica y discordia. Y por eso no es de extrañar que el orador político sé "arrebate", se indigne y levante la voz hasta la violencia frente a sus contradictores. Desde Castelar hasta Calvo Sotelo, pasando por Prim, por Cánovas, por Vázquez Mella, por Maura y Canalejas, nuestros grandes oradores parlamentarios se han dejado llevar por la pasión, como si se abrasaran en el fuego de su "verdad", que en muchos de ellos era absolutamente la Verdad con mayúscula. Y eso está bien.

Pero tampoco deja de estar bien el que exista ese orador frió, "que no pierda nunca la calma", del que fue Dato un singular ejemplo. Uh orador "así" también conviene en el ámbito parlamentario. Sólo en una ocasión se exaltó, "se fue del seguro". Aquella- tarde en qué, interrumpido malévolamente por Rodrigo Soríano, u otro diputado francotirador de la época, le replicó con demasiada vehemencia, encendida la color del rostro. Y Martín Granizo que presenció el incidente, refiere que "al salir del domicilio al pasillo, un poco más serio y más pálido que de costumbre, como algunos amigos y correligionarios se precipitaran a felicitarle, él, ya sereno, y con un mohín de desagrado, les respondió: "No, no era eso, acabo de dar un traspié." Algo parecido le ocurrió en su famosa réplica a La Cierva, de la que estaba arrepentido.

Quiere decir que en su carrera política —beneficiosa, como todos sabemos, para España—don Eduardo Dato no quiso ir. valga la imagen, al galope, ni siquiera .al .trote, sino al paso, bien firme sobre los estribos. Yo diría que Dato fue un político "de laboratorio". Elaborar leyes encaminadas a resolver los problemas sociales constituyó el esencial propósito de su vida. Lo mismo que Donoso Cortés, y más tarde Cánovas, entendía que la solución equitativa de esos problemas era el único modo de evitar el ataque del comunismo y el sindicalismo de la acción violenta preconizada respectivamente por Marx y por Sorel. Y son esas "leyes obreras" de Dato, que anticipan, a otras dictadas en el resto de ´Europa.

"Y es que Dato—comenta Granizo—, político, al parecer mundano, el hombre del Congreso y de los salones aristocráticos, llevaba dentro de su levita irreprochable el corazón de uno de aquellos sociólogos del siglo XVII, unido a un filántropo del XVIII y, enfrentándose con las realidades de España, dio comienzo a una serie de reformas prácticas que habrían de culminar años después en la creación de importantes organismos hasta entonces insospechados, muchos de los cuales aún perduran y han adquirido un desarrollo extraordinario.

Mas he aquí que, cuando hace falta el político previsor, el autor de esas leyes sociales que así abarcan las relaciones entre el capital y el trabajo, como la protección" a la mujer, al niño y al anciano—el seguro de vejez—, acierta a ser la mano firme y resuelta que apartara a España de uña guerra—la de los años 14 al 18—, en la que no tenia razón ni historia, ni poli-tica para intervenir.

Dato sostiene y mantiene la neutralidad. Para ello no se precisaban discusiones ni frases, sino un claro sentido del deber patriótico. El político intelectual y el de acción coinciden en él y actúan según circunstancias y con pulso certero. Por eso —concluye su biógrafo—su muerte equivalía para sus enemigos a un triunfo y una venganza. NO era un crimen meramente político, como lo fue acaso el de Canalejas, sino un crimen con el que se trataba de introducir en el Gobierno y el pueblo de España la zozobra e indecisión que permitiesen proclamar la dictadura del proletariado al estilo soviético.

Asi entra Dato en la Historia de España, por la puerta augusta del martirio. Le seguirán otros que le aventajaron, sin duda, en el arte oratorio, pero no en su profunda y purísima pasión por la Patria.

Alberto INSÜA (Foto Alfonso.)

 

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