Tiempo de dimisiones     
 
 Cambio 16.    11/11/1974.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Editorial

Tiempo de dimisiones

Por los más inesperados recovecos, la normalidad política tiende a infiltrarse

en este país traumatizado.

Por primera vez en muchos años asistimos a una serie de dimisiones o ceses en

cadena que, a pesar de las enormes diferencias, algo recuerdan a una crisis

ministerial a la británica: si un ministro no está de acuerdo con la política

del Gobierno, dimite y santaspascuas.

Por estos lares resecos y de alto nivel de intolerancia, las dimisiones no

suelen estar bien vistas. Después de ochocientos años de reconquista y tres o

cuatro guerras civiles en siglo y medio, el tipo de solidaridad que se exige por

aquí recuerda más a la horda o la tribu de pastores que a la sociedad civil. Y

bien sabido es que la horda acepta malamente las dimisiones de sus miembros.

De ahí que las recientes dimisiones puedan interpretarse como claros signos de

que el espíritu de guerra civil y de combate se desvanece en España. Dando

muestras de un coraje y de una dignidad personal con pocos precedentes en los

últimos años, varios españoles notables se han retirado de los puestos políticos

que ocupaban, por creer que la destitución de Pío Cabanillas pudiera significar

un cambio de política con el que no estaban de acuerdo. Y por aquello del

"dimite y vencerás", parece que han servido más eficazmente a su política

marchándose que no quedándose a regañadientes.

Por mucho que se embarullen las cosas por aquí, no hay duda de que asistimos a

un duro enfrentamiento entre los inmovilistas de siempre y las fuerzas que

apoyan consistentemente la política de apertura del Gobierno Arias. La caída de

Pío Cabanillas ha sido el catalizador de la crisis, y andan ya los de siempre

tocando a rebato por creer que le han puesto ya la piedra final a la rueda del

Gobierno hasta atrancarla.

Creen también algunos que llegó ya la hora de la caza de brujas y de la marcha

atrás. Insistentes declaraciones del presidente Arias en pro de la apertura en

estos últimos días y la personalidad de los nuevos ministros, poco parecen

abonar la necia esperanza de quienes creen llegado el momento de borrar de un

plumazo treinta años ríe civilidad creciente para instalar de nuevo al país en

la mentalidad de guerra.

La guerra terminó, a Dios gracias, y no es fácil reanudarla ni para quienes sólo

conciben la paz como un paréntesis entre dos guerras. La política de apertura y

democratización progresiva ha suscitado tal cúmulo de esperanzas que sería

dificil aplastarlas ahora de un bandazo. El país está ya harto de la guerra, de

la mentalidad de guerra y de quienes de ella se benefician, y espera impaciente

la ocasión cada vez más cercana de elaborar su futuro con sus propias manos. NI

pide mucho, ni pide cosas descabelladas: sólo que los españoles puedan expresar

libremente sus opiniones y asociarse para defender eficazmente en el terreno

político diversas alternativas de Gobierno. Hay que dar a la guerra lo que es de

la guerra y a la paz todo lo demás.

 

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