Autor: Daranas Romero, Mariano. 
   El dictador, en el banquillo     
 
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EL DICTADOR, EN EL BANQUILLO

AUNQUE le parezca mentira a la generación de esta segunda mitad de siglo y a las que se sucedan, de la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) dijeron no pocos compatriotas, en todo caso los más eminentes y escuchados, siquiera por poco tiempo, que habla sido un septenio indigno. En qué consistió esa indignidad es lo que la Historia no podrá comprobar ni aun presumir por mucho y a menudo que revise y contraste fuentes impresas y narraciones orales. ¡Siete años Indignos! Todo eso, nada míenos que eso. El epitafio surge por doquier, como cardo en desierto, pero al cabo de algunas semanas lo lava y lo borra paradójicamente la muerte del dictador caldo, acaecida allí donde éste acaba de expatriarse. Uno por uno cabe examinar los cargos que se lanzan contra quien ha dado nombre, aliento, iniciativa y acción al período más floreciente del país, desde la Restauración al fin del reinado de Alfonso XIII, en la seguridad de que todos juntos no pueden neutralizar cualquiera de los muchos activos que ese mando emprendedor tiene.

A la intelectualidad liberal le horroriza, verbigracia, que ´España esté gobernada por alguien que carece de diploma universitario y que profesa, por vocación y tradición, el servicio de las armas. La objeción surte, en efecto, efectos no sólo en las aulas, sino en ciertos medios más leídos que sabidos y, naturalmente, en las tertulias de café de un Madrid, caracterizado por su fiema a la hora de trabajar y por su estructura y capacidad de mentidero. De que Primo de Rivera no sea docto ni polígloto o linguímano, ni mucho menos (Dios le libre) profesoral, se sacan conclusiones sonrojantes, depresivas, menos quizá para él que para la salud y el decoro del pueblo que lo soporta. Mas con ese reproche repetido, pluralizado, tan montado y orquestado a las brisas del chiste, el chisme y el murmullo que pronto se condensa en insaciable obsesión y que atiza el propio dictador, asegurando, el muy salado, que ha aprendido a gobernar en el Casino de Jerez, con ese reproche, insisto, los fiscales de la Dictadura, especialmente el liberalismo de cátedra e imprenta, corroboran su endémica cerrazón a representaciones elementales del buen sentido y a verdades de la sociología y de la historia. ¿Podrían saber más los liberales de ahora que uno de sus maestros, el gran Castelar? Pues en el verbo de la Primera República ha descubierto Menéndez Pelayo en su "Historia de los heterodoxos" propensión contumaz a escribir disparatando, desbarrando, confundiéndose él y confundiendo a sus pobres lectores sobre lo que concienzudamente ignora. Cuando la Universidad liberal se cubre el rostro y se rasga las vestiduras, mechando su retórica europeizante con el consabido "¡qué dirán en el extranjero!" so pretexto de que el general presidente no ha cursado en ninguna facultad, se olvida de brandes gobernantes de los siglos XIX dictadores o electivos, demócratas o arios (San Martín, Rozas, Prim, Garibaldi, Bismarck, Mac Mahon, etc.), no han hecho o han hecho muy mal estudios superiores y que algunos de ellos han sido incapaces de redactar una carta o de componer un discurso o una arenca. No importa que el dictador improvise a menudo con elocuencia y que hasta escriba páginas que tienen gracia y brillantez, pues tampoco se percatan sus detractores de que ahora mismo es ministro o presidente en Francia y arbitro de la política internacional, personaje de tan escasa curiosidad por los textos y de afición tan indigente no ya al estudio, sino a la simple lectura como Aristides Briand. (Me contaba observador tan de primera fila como Quiñones de León que ninguno de los tres grandes reunidos en Versalles en 1919 para reconstituir el mapa de Europa, o sea, Wilson, Clemenceau y Lloyd George, sabía por dónde se andaba, pues los tres eran legos en Geografía.) A Briand le estorba hasta tal punto lo negro que no tiene más autores que Julio Verne y Ponson du Terrail, el folletinista de Rocambole. Su último apologista ("Le chemin de Cocherel", por André Beauguitte, premio de la Academia Francesa 1960) atestigua que no ha leído en su vida un solo expediente. Así como ignora esto y aquello, no nota o vislumbra el antiprimorriverismo sapiente el modesto acarreo intelectual de Irigoyen, Roosevelt, en cuya biblioteca, según sus biógrafos, sólo hay novelas policíacas; Churchill, pésimo, desastroso estudiante; Hitler, autodidacto sin ninguna base de segunda enseñanza; y la lista puede seguir, por Mustafá Kemal, Stalin, Laval, Truman, Perón y Eísenhower, entre los cuales puede obtener el antiguo socio del casino de Jerez fama de polígrafo.

Ni siquiera, por consiguiente, en lo que toca al mínimo de Instrucción que cabe desear y hasta exigir en un estadista, tienen por qué lamentarse los españoles de que los gobierne el hombre que ha vivido con arrojo y hasta con frenesí en cuatro continentes. Y es éste quien hablando en lenguaje nacional y universal ve claro, señala caminos y deja una herencia positiva a su pueblo, no la intelectualidad de su tiempo, tan sectaria como derrotista y, más que estéril, corruptora, tanto por lo que de Riego acá tiene de apatrida como por lo que nunca ha tenido de clarividente.

Mariano DARANAS

 

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