Una actitud loable     
 
 ABC.    09/05/1974.  Página: 30. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

UNA ACTITUD LOABLE

Con evidente pesimismo, quizá explicable en su momento, se diagnosticó, en

artículo bien trazado y memorable por las glosas y referencias escritas a su

hilo, que el Gobierno Arias se habia desgastado en semanas lo que otros

Gobiernos se deterioran en años, al servicio de su debida función de poder.

Daba pie a esta estimación una actitud gubernamental ambigua o poco bien

definida, en principio, luego negociadora y más concreta, frente a una homilía,

tampoco clara y publicada con notoria inoportunidad.

En pasados días, aun recientes, han coincidido declaraciones políticas sea cual

fuere la validez de su contenido cuya publicación colocaba al Gobierno en

situación difícil, si el enjuiciamiento que se hizo de las mismas y de sus

presuntas autorizaciones o sus previos refrendos, en comentarios de todo género,

era cierto.

Se esperaba, por lo tanto, una reacción gubernamental que podría tener muy

diversas consecuencias, a tenor de cada particular criterio. Y no se pensaba, en

cambio, seguramente, por falta de costumbre, que el Gobierno, de acuerdo con la

línea de apertura informativa anunciada, asimilase, en silencio, sin

comentarios, con absoluto respeto a las discrepancias opinativas o a las

interpretaciones personalistas, las declaraciones a que nos referimos.

No la tempestad, pues nunca la hubo, sino las predicciones de temporal político

y la marea viva de los comentarios se van aplacando. Lógicamente, no podía ser

de otra manera.

No se consideran asunto de Consejo tales declaraciones, ni como conjunto ni por

´ titularidades concretas, y se respeta la legítima libertad de expresión de las

voces sociales; muy calificadas, por cierto, en este caso. Por otra parte, con

buena lógica, se han respetado igualmente las réplicas a las afirmaciones que

originaron la sorpresa, la expectación y el revuelo.

La actitud del Gobierno, en esta ocasión, no puede merecer otra cosa que no sea

elogio pleno, sin salvedad alguna, sin reservas. Es una actitud congruente con

su programa, seria, digna y verdaderamente enmarcada en el campo de juego de un

entendimiento político democrático de las posturas diversas y de las tendencias

y opiniones distintas o incluso discrepantes.

Al modo usual de hacerse y vivirse la política en el país, tanto desde el

Gobierno como desde las tribunas o emplazamientos de influencia social, le hacen

falta grandes dosis de ponderada serenidad, de apertura cierta y de capacidad de

asimilación sin réplica oficial avasalladora, contundente o represiva.

Porque aquí, en el conflicto terreno de las críticas y las divergencias, de las

discrepancias y los desacuerdos, continuamos muy alejados de los patrones

europeos, lo mismo para manifestarlos que para recibir, con tranquilo talante,

su impacto. Y otro tanto se puede escribir de las adhesiones incondicionales, de

los acatamientos ciegos y los partidismos absolutos, en los que siempre se

trasluce más pasión que razonada conformidad o libre acuerdo.

El acierto o el error que puedan subrayarse en las declaraciones y subsiguientes

comentarios, no interesan a la meditación que motiva éste. Todos, bien cabe

admitirlo, han jugado bien y correctamente su carta.

Pero el Gobierno la ha jugado, además, con clara ejempluridad; con civismo desde

el poder; con limpia tolerancia. Y queda, sin duda, fortalecido.

Ocasión tentadora para expresar, desde estas columnas, el deseo de ver instalado

y consolidado en nuestras costumbres políticas un uso de las opiniones públicas,

incluso polémicas, atemperado a una serena exposición de las ideas y respetado

por el poder político, si se mantiene, aun en casos de crítica o de

discrepancia, en el ámbito de las libertades reconocidas.

 

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