Autor: Manrique de Lara y Velasco, José Gerardo. 
   ¿Qué pasa en Cádiz?     
 
 Ya.    04/04/1973.  Página: 7-8. Páginas: 2. Párrafos: 2. 

¿QUE PASA EN CÁDIZ?

CÁDIZ ha sido tan Importante en otros tiempos que para tomar el pulso de la actualidad española habla que empezar formulando la consabida pregunta: "¿Qué pasa en Cádiz?" Pero las cosas han cambiado bastante, sobre todo el pulso de España, y lo malo, muchas veces, no es lo que pasa, sino lo que no pasa.

Claro está que el negocio de la sal consiste en saber esperar. Para que se evapore la humedad, lo primero que hay que hacer es buscar una poltrona para drogarse con la luz de la naturaleza, o un restaurante donde sepan freír el pescado y en el que la urta al coñac o la lubina a la plancha sirvan como elementos positivos para una charla templada y amistosa. Las comidas de trabajo serian imposibles en un lugar donde la contemplación hace Incompatibles los términos "comer" y "trabajar". Los restaurantes gaditanos se llaman El Anteojo, El Telescopio, El Faro. Todos esos nombres son útiles que, para poderlos manejar como Dios manda, exigen dotes generosas de paciencia. Contemplar es una de las grandes virtudes meridionales Importadas de la ascética oriental. En eso de contemplar van implícitas muchas actitudes.

No.es lo mismo contemplar el sarcófago púnico antropoide del Museo Arqueológico, que las suecas avarientas de sol en la playa de la Victoria. Cádiz es un gran mirador, entendiendo por mirador no el que fisga, sino su ´balcón. Pemán—gaditano Ilustre—ha hecho brillante alusión a ese negocio de la sal, relacionándolo con la mentalidad gaditana. En Cádiz, la sal es una realidad exportable, a la vez que un eufemismo que puede atribuirse con toda justicia a los naturales de la región. No haca mucho, hojeando una memoria presentada por las comisiones dé monumentos históricos y artísticos del Reino al secretario de Estado y del despacho de la Gobernación de la Península, en 1845, descubrí una reiterante queja administrativa por el mal estado de conservación de los tesoros artísticos de Cádiz. En todos los expedientes de cierta gravedad responsable suele haber un testaferro o cabeza de turco que carga con el mochuelo, en alarde .de poderoso atlante. Pero en este caso, y por tratarse de Cádiz, la responsabilidad se diluía como la sal en su contacto con el agua, y el editor responsable era la polilla. Ese levísimo insecto, cuyas depredaciones sen famosas porque suelen pulverizar los recuerdos sin la menor atención hacia el mérito de cuanto destruyen, so reparte su relativa responsabilidad con la tiranía del índice higrométrico. La humedad en Cádiz es un personaje de la oposición tan activo como un tribuno de las Cortes Constituyentes. Y no digamos nada del viento de Levante, que se aprovecha de la debilidad de la cal y del revoco y, en alianza con lo húmedo, produce lo que en Cádiz viene ocurriendo desde hace mucho tiempo: el desmoronamiento. No hay nada más deliberadamente triste que el recuerdo de nuestro viejo esplendor. El Cádiz ilustrado del XVIII, José Gerardo MANRIQUE DE LARA

que da lugar a un liberalismo ínclito y ejemplar, se abandona a su suerte con el Romanticismo, que entra en España por su puerta más augusta: el baluarte de la libertad que mimetiza los usos y costumbres de París, pero que no se rinde a la francesada. Después, todo se va desmoronando por culpa de esa polilla reticente de la historia o por culpa de esa humedad con que los poderes centrales se olvidan a veces de una licita ufanía litoral.

ACABO de estar en Cádiz nada menos que para explicar a los gaditanos lo que era el Cádiz del ochocientos. Algo asi como el intento de vender hierro en Bilbao. Acabo de revivir por mi cuenta y riesgo, sobre la falsilla de mi memoria, ese Cádiz inmune a la traición de la memoria. He Ido de la mano de la amistad y en compañía de sus gentes caballeras, siempre con la distinción a flor de ademán y de labio. La catedral, joya histórica reciente, está cerrada. "Se nos va." Esa es la frase fácil de escuchar en boca de los gaditanos, como si se tratara de un emigrante que ha cogido el hatillo, haciendo profesión de aventura. Los museos están cerrados. Uno llevaba el propósito de saludar a los zurbaranes, y la decepción que se recibe al no poder contemplarlos casi equivale a vestir la clara estameña de sus monjes. La iglesia de la Santa Cueva ha clausurado, al parecer definitivamente, su cripta... Una cosa hay que permanece, abierta: el mar Atlántico, que, en actitud de asedio, besa continuamente las orillas de esa ciudad blanca y alegre, extendida al sol como ropa a secar, donde surgen infinidad de torres que son necesarias antenas de una visión panorámica en lejanía, es decir, de una televisión de cierta realidad ya pretérita que el mar ha conquistado para su imperio, y que ya no devuelve a la entidad peninsular. Atroz decisión la de sustituir la vida por la contemplación romántica y televisiva de sus ruinas. De buena gana hubiera subido a la torre de Tavira, que estaba cerrada. Si alguien me hubiese preguntado que para qué subía, tal vez le habría con-

testado que para suspirar. Tavira puede ser la torre de control para los vuelos de la imaginación. Pero hay cosas que redimen la estirpe de Cádiz con un solo gesto, con un solo destello. Son sus gentes y ese sol trágicamente derrotado por el viento que va limpiando los poros de la piedra y penetra por las vidrieras rotas del lucernario de la joven catedral y relame y desmorona la espléndida portada de la Casa del Almirante, en la que sus vecinos disfrutan de una propiedad horizontal que nada tiene que ver con la venta por pisos, sino con la mitología meridional de la siesta.

José Gerardo MANRIQUE DE LARA

 

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