Autor: Suevos Fernández, Jesús. 
   ¿Fascismo tras el Telón de Acero?     
 
 Arriba.    01/03/1959.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

1 de marzo de 1959

SIN MIEDO Y SIN TACHA

¿FASCISMO TRAS EL TELÓN DE ACERO?

Pese a los barullos neoliberales de última hora, seguimos creyendo que la tarea política fundamental de nuestro tiempo consiste en deglutir y asimilar, ´con los menores trastornos posibles, un socialismo inevitable como consecuencia de la invasión y participación de las masas en el área de la conciencia histórica. El capitalismo —que no tiene un pelo de tonto— pretende capear el temporal a base de socializaciones parciales esperando que el tiempo y las pasiones humanas vayan «domesticando» el ímpetu comunista de la U. R. S. S. Aunque parezca una paradoja, la verdad es que el capitalismo espera que del innegable progreso económico de la Unión Soviética se deduzca una prosperidad colectiva que corrompa el primitivo espartano espíritu soviético. Porque ya es sabido que nada desmoraliza tanto como la prosperidad. Y donde rueda el dinero no hay virtud ni sacrificio que duren.

Desgraciadamente no hemos podido consultar referencias detalladas y veraces del XXI Congreso comunista celebrado recientemente en Moscú, pero de las noticias que hasta nosotros llegaron hay una que nos parece de excepcional importancia: la que afirma que «la U. R. S. S. y el partido comunista soviético no pretenden asumir una función dé guía respecto a los otros partidos comunistas», y que se consideran perfectamente ortodoxas las «vías nacionales del socialismo». Es decir, la aceptación, más o menos voluntaria, del nacionalcomunismo, que si se descaró en la Yugoslavia titoísta tiene ahora el gigantesco respaldo de la China de Mao Tse Tung.

La realidad es que el enorme prestigio de la U. R. S. S. como nación-guía del comunismo mundial-pasa en estos momentos por una grave crisis. Superados los espantosos años de la guerra civilv la transformación a uña de caballo de la sociedad soviética y los inhumanos sacrificios de los primeros planes quinquenales, la revolución comunista rusa ha sufrido un proce~ so de regresión que le roba gran parte del atractivo mesiánico que ejercía sobre grandes masas de todo el mundo. En la U. R. S. S. ya no sólo no se habla del «amor libre», sino que el aborto y el divorcio han sido prohibidos o severamente regulados. La propiedad privada e incluso la herencia comienzan a filtrarse por la tupida red de la dogmática marxista. Y es un hecho innegable el gradual emburguesamiento de la sociedad soviética, cuya reacción, por ejemplo, frente a las «comunidades del pueblo» chinas, muestran bien a las

claras que la brutal iniciativa revolucionaria rusa está paralizándose y no sabe qué hacer. Aunque parezca absurdo, lo cierto es que la Unión Soviética se ha convertido en una potencia «conservadora» que cada día parece más satisfecha de lo conseguido y tiende a inmovilizarse en, un conformismo típicamente reaccionario. Esta actitud no puede excitar la imaginación de las juventudes y los intelectuales, y en el fondo defrauda a las masas militantes, que, pese a todo cuanto diga el materialismo dialéctico, re mueven más por ilusiones que por necesidades.

Esta desilusión universal facilita eso que los teóricos mándalas llaman las «vías nacionales del socialismo». Que, en el fondo —como sostenía, con razón, Stalin cuando atacaba a las «víboras lúbricas» yugoslavas—, es una nueva versión del fascismo. Porque el fascismo es, en última instancia, el intento de realizar la revolución socialista dentro de los cuadros de la tradición, la idiosincrasia 7 la energía vital nacionales. Y eso es, en definitiva, lo que se propuso Yugoslavia —y más tarde Hungría y Polonia— tratando de desembarazarse a la vez del" internacionalismo marxista y del «paternalismo» soviético. La diferencia evidente que hay entre el fascismo italiano y alemán de la anteguerra y esté neofascismo de los países satélites de la posguerra, radica en que aquéllos tuvieron que pactar con una circunstancia capitalista y burguesa en la que aún palpitaban los rescoldos del liberalismo, y estos tienen que pechar con la presencia y presión inexorables del «orden soviético». Este fascismo que podríamos llamar «de izquierda»´ no es menos odiado por la «nueva clase» dirigente comunista que lo fúe el otro por la burguesía liberal. Y por las mismas razones.

Todo esto quiere decir qué el fascismo no es una experiencia política conclusa: que su idea central permanece viva, dispuesta a reaparecer bajo las formas más inesperadas y en los lugares más insólitos.

Porque —digan lo que quieran sus implacables y aún atemorizados vencedores— el fascismo que podríamos llamar «clásico» no fue el mero fruto de la vanidad o la vesania de dos hombres geniales, sino verdadera y profunda revolución que aún no había dicho su última palabra. Y que, contra el viento y la marea de unas circunstancias hostiles, quiere decirla. De un lado y de otro del telón de acero.

Jesús SUEVOS

 

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