Autor: Cisneros Laborda, Gabriel Fernando. 
   El legado y sucesión de Carrero Blanco     
 
 ABC.    04/01/1974.  Página: 18-19. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

ABC. VIERNES 4 DE ENERO DE 1974. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG.

18.

OPINIONES AJENAS, POLÉMICAS, CARTAS, PÍNTÜAUZACIONES, COMENTARIOS.

«EL LIGADO Y SUCESIÓN DE CARRERO BLANCO»

Reproducimos íntegro, vor su indudable interés, el análisis que sobre la muerte

del almirante Carrero Blanco se ha publicado en la sección tfjotas beligerantes:

España, 7 días ¿el número de «Blanco y Negro correspondiente a esta semana:

La historia de los pueblos está hecha de sucesos menudos, del acontecer oscuro

de los afanes y los días.

En el peeuliarismo «tempo» franquista de la contemporánea historia española, lo

más característico era que «nunca pasaba nada». Para desazón de los impacientes,

desesperación de los amantes de las grandes mudanzas y mortificación de los

ávidos de cualquier sensacionalismo. A la tremenda y espasmódica historia

española, hecha de convulsión y aspaviento, tan propicia para albergar en sus

anales la metralla del atentado y el sable desenvainado del pronunciamiento,

parecía haberle entrado —vayan ustedes a saber si por el costado galaico de su

Jefe´del Estado— «na saludable vena de templanza, contención y funcionalismo de

Hna|e, casi, casi anglosajón.

Desde el estupor, la ira y la desolación, que fueron los sentimientos dominantes

en las horas que sucedieron al atentado —cuando fatalmente ya ,no había logar

para la incredulidad primera—, se abría en el ánimo de todos la trágica sospecha

de que podría quebrar, a golpe de dinamita, una larga esperanza colectiva: la

esperanza de haber encadenado definitivamente, en el desván del pasado, los

odiosos «demonios familiares» del fanatismo, la intolerancia, la irracionalidad

y la Invocación a la violencia.

Ahora se ha recordado cómo en el antedespacho del presidente asesinado

colgaban, Dios sabe desde cuándo, los retratos de Prim, Cánovas, Canalejas y

Dato. La- reunión de tan ilustre galería de víctimas no era. sin duda, azarosa,

sino expresión de un deseo de homenaje a BU patriótico sacrificio. Lo que nadie

podría imaginar es que. la breve pinacoteca histórica del palacete de la

Castellana pudiera entrañar urfa significación premonitoria!. Junto al dolor por

la atroz desaparición del ilustre hombre de Estado; junto a la Indignación por

la fría y aleve ejecución del atentado, lo más duro, en la tensa jornada,

madrileña del 20 de diciembre, era admitir la vigencia de los fantasmas de un

ayer «me queríamos imaginar distante, remoto, irreversible.

El pulso de las horas posteriores nos había de dar la respuesta a nuestra

inquietud. Anacrónicos, criminalmente anacrónicos, fueron los agresores, por

moderna y refinada que fuese la técnica del atentado. Contemporánea,

rigurosamente contemporánea y fiel a las cotas de madurez alcanzadas, fueron las

respuestas del pueblo español y del Sistema. Aunque la reflexión resulte

humanamente cruel —a él, hombre del Estado y consagrado a´ su servicio,

probablemente no se lo parecería—»la trágica desaparición de don Luis Carrero

representaba un último, heroico e Involuntario servicio: la más dora puesta a

prueba del Régimen desde la conclusión de la guerra de la que toma origen. Una

prueba de la que el Régimen ha salido definitivamente fortalecido y airoso.

En el lenguaje de los discursos, en la prosa periodística de los editoriales se

había acuñado, casi ya como cláusulas de estilo, toda una serie de frases-tipo.

susceptibles de utilización versátil, sea para expresar la complacencia por lo

conseguido —nn país remudado—. sea para excitar al Régimen en el camino del

ensanchamiento de las libertades y la clarificación de las vías de

participación. Se decía, por ejemplo, .«el papel de las instituciones», «un

Régimen con vocación de futuro», «la madurez del pueblo español», «el orden

institucional», etc. Pues bien, todo eso ha resultado cierto. No eran lugares

comunes para los discursos. Ha resultado que es verdad que España tiene, al fin,

un Estada; un auténtico Estado, ni omnipresente ni inerme, simplemente el Estado

que requieren las demandas de una sociedad tan compleja como la española de esta

hora. Ha ´ocurrido que el Gobierno funcionó, desde su autoridad Y su sitio, sin

excesos, sin que tengan —en mi opinión— entidad suficiente ni justificación

bastante para empañar este juicio algunas consideraciones polémicas sobre la

demora o Insuficiencia de las informaciones iniciales.

Ha ocurrido que cuando Torcuato Femández-Miranda se dirigió al país, al filo de

la medianoche, desde su responsabilidad de presidente en funciones, para

asegurar que «el ejercicio de la autoridad no admite que la emoción turbe el

espíritu ciudadano de nuestro pueblo», se instaló entre pueblo y Poder una

diáfana corriente de serenidad, crédito y confianza. Ha ocurrido que si todos

nos preguntábamos qué pensaba, qué había dicho, qué iría a hacer Francisco

Franco, nuestras interrogantes tenían mucho más de humana curiosidad por la

reacción de un personaje. histórico ante la imprevisible desaparición del

colaborador más leal y próximo que no de inquietud política por esperar

discontinuidades o traumas. Ha ocurrido que desde muy pronto se advirtió que no

había hueco ni oportunidad para «los agoreros de la excepción». Y ha ocurrido,

en fin —y esto es lo que más importa— que, vencida la conmoción inicia.], la

atención nacional no se detuvo en considerar eventuales actitudes personales,

sino que se centró ín las mínimas líneas de un texto legal que describen el

procedimiento a seguir en caso de fallecimiento de un presidente del Gobierno.

En la perspectiva comunitaria de ana existencia humana debe haber pocos

sentimientos más radicalmente confortadores que este de sentirse miembro de una

sociedad regida por el Derecho. Una sociedad en la que el delito no encuentra la

respuesta de la venganza indiscriminada, sino la de la sanción Individualizada

en los infractores; una sociedad en la «ue cualquier evento se encuadra en el

marco de su previsión legal; una sociedad que expresa su condena en forma jte

sentencias 7 no en forma de pancartas; una sociedad en la que la más gallarda

forma de patriotismo consiste «n el discreto y disciplinado cumplimiento del

papel que cada cual tiene asignado.

De aquí que —sin mengua del dolor por la desaparición de Carrero y del homenaje

a su recuerdo— los españoles pasasen, en poco tiempo, de la desolación a la

serenidad y. de ésta, a la confianza. No pudieron imaginar los terroristas una

más rotunda frustración de sus propósitos. Erraron si creyeron —no es fácil

racionalizar la barbarie— que su atentado Iba a despertar el más mínimo eco de

coincidencias; o a sumir al país en el caos o a evidenciar la debilidad o

insinceridad del orden institucional; o a provocar, una respuesta de fuerza que

pudiera justificar, en ana espiral de violencia, posteriores maxtmalismos

subversivos. y, de todo corazón, confiamos y esperamos que se hayan equivocado

también si pretendían frustrar, entorpecer o demorar las posibilidades de un

proceso de desarrollo político que permita Integrar las discrepancias y

sustanciar los conflictos en el marco de la legalidad.

Y ocurrió asi que la historia española sigue siendo amasada por el oscuro

acontecer de los afanes y los días. T ocurrió que ese «tempo» franquista, en el

que «nunca pasa nada», apenas si se vio alterado por la alta expectación en

torno a la deliberación del Consejo del Bebió para la formación de la terna

sobre la que el Jefe del Estado habría de ejercitar su decisión. La verdad es

que, aunque los observadores más precoces tuvieran consumidas, desde hace

tiempo, mochas horas de cavilación en la conjetura de Quien habría de suceder a

Carrero al término de su mandato, todas estas reflexiones excluían la patología

de tan precoz conclusión y más bien se enderezaban a considerar quién o quiénes

se encontrarían en condiciones más adecuadas para tomar el legado do Franco y

empalmar, sin riesgos ni sobresaltos, con el futuro institucionalizado en la

Monarquía y encarnado en el Rey Juan Carlos. Apoyadas en la lógica estadística—

tan quebradiza cuando se trata de una vida humana—, las especulaciones no

contemplaban la incierta hipótesis que el cobarde terrorismo se ha encargado de

verificar. De aquí que, ante el suceso, todas las listas de «presidenciables)»

se quedaran automáticamente inservibles. La, pertenencia al Consejo del Reino,

la relativa bisoñez política —o, si se quiere, la falta de trascendida

prestancia senatorial— u otras causas circunstancíales reducían la «chance» de

algunos candidatos, de obligada consideración si el relevo se hubiera producido

cuando debiera. Por otra parte, el mismo dato capital de la composición del

Consejo del Reino, sin perder trascendencia, seguía teniendo, en esta segunda

ocasión, una significación atenuada. En junto escribí que sólo en sentido

aproximativo cabía decir que el almirante Carrero era el primer presidente de la

Ley Orgánica. Lo decíamos porque, si bien era cierto que para su designación se

había observado el procedimiento constitucional, sobre la letra de la ley

planeaba el espíritu de la voluntad, razonablemente presumible, de Franco. A.

raíz de la crisis, dijimos que la incógnita residía en si habría o no

presidente, pero a los ojos de todos aparecía claro que, de haberlo, no podía

ser otro que Carrero. En esta ocasión, el tema era más complejo, y las

presunciones sobre la voluntad del Jefe del Estado más difíciles y

problemáticas. Pero tampoco había duda de que, existiendo tal voluntad, la tarea

del Consejo del Reino tendría más de esfuerzo adivinatorio por allanar la

emisión de voluntad del Jefe del Estado que no de autónoma, pretensión de

condicionarla. Tampoco del futuro presidente cabrá decir que es el segundo

presidente de la Ley Orgánica porque, mientras Franco permanezca, las

Instituciones son, sobre todo, redes de seguridad para «1 soberano

desenvolvimiento de esa institución política andante que se llama Franco.

Sobré este telón de fondo se consumieron nueve días de cabalas, rumores y

contrarrumores. Chismes de la mejor fuente, desmentidos por el del minuto

posterior.

A la hora de escribir, la incógnita no se ha despejado formalmente, pero si de

modo oficioso con la suficiente certidumbre. Don Carlos Arias Navarro es el

nuevo presidente del Gobierna de España.

Probablemente, si todos hubiéramos acertado a quitarnos de la cabeza el juego

de los «presidenciables» habituales; si hubiéramos atendido a «las mimbres de

Franco», en lugar de a los datos más obvios, no hubiera resultado difícil

aventurar la candidatura del ex alcalde inolvidable e inolvidado de Madrid. Por

edad, por talante, por su reconocida buena imagen en El Pardo —de la que fue

demostración inequívoca su inclusión, al parecer, inicialmente no prevista, en

el Gobierno de junio—. la figura de Carlos Arias reunía condiciones de especial

idoneidad. Pero, sobre todo —y por ahí debe andar el quid—, por la absoluta

imposibilidad de atribuir a Carlos Arias una etiqueta política distinta, añadida

y más precisa que la de hombre del Movimiento y de Franco. Si don Luis Carrero

pudo decir, refiriéndose a las familias políticas del Régimen, «que estaba con

todas en general y con ninguna en particular», don Carlos Arias puede permitirse

el lujo de hacer plenamente suya la afirmación de su ilustre antecesor. Desde

ella podrá ejercer tan alta función directiva y coordinadora, en una situación

política de equilibrio y arbitraje. Con una biografía cuajada de servicio al

país y al Régimen, con el plus de popularidad que le otorga su feliz gestión en

la alcaldía madrileña, sobre los hombros de Arias Navarro recaen ahora altísimas

responsabilidades a las que, a buen seguro, sabrá hacer frente, con el coraje,

honestidad y sacrificada entrega que han definido toda su ejecutoria política.

Bien es cierto que él, o cualquier otro sobre el que hubiera podida recaer la

designación, contará con la asistencia singularmente fervorosa de todos. Porque

otra de las inexorables consecuencias aparejadas por la conmoción nacional del

20 de diciembre es el reforzamiento de la unidad, el afán de relegar

interinamente las discrepancias y subrayar las coincidencias. No es mal punto de

partida —la unidad robustecida, la autoridad acrecentada, el orden a salvo— para

ensayar la conquista de otras cotas. Para volver a dar un mentís cotidiano a los

augures o proptciadores de cataclismos,—Gabriel CISNEROS.

 

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