Autor: Suevos Fernández, Jesús. 
   La trampa del capitalismo     
 
 Arriba.    19/10/1958.  Página: 33. Páginas: 1. Párrafos: 4. 

SIN MIEDO Y SIN TACHA

LA TRAMPA DEL CAPITALISMO

Nada nos parece tan cierto como el dogma cristiano del pecado original, pues no se explica de otro modo que el hombre, tras tantos siglos de historio: y experiencia, recaiga constantemente en los mismos errores, empujado por las mismas pasiones. En cada ser humano se reproduje él proceso de Adán, y no sólo es cíerto que nadie escarmienta en cabeza ajena, sino que difícilmente, se escarmienta en la propia. En esa esencial recalcitrando radica una de las claves de todas las grandezas y • servidumbres humanas

Pero si desde él momento mismo de nuestra concepción nos acechan las pasiones en la sustancia de nuestro ser humano, es cierto que las circunstancias históricas cohiben o estimulan unas pasiones a costa de otras. Si, por ejemplo, la avaricia —es decir, el inmoderado deseo de riquezas por las riquezas, mismas— fúe la mayor de las tentaciones burguesas que caracterizaron´ a la segunda mitad del siglo XIX, ahora esa avaricia se ha transformado en codicia, que ya no desea la riqueza por la riqueza en sí, sino en cuanto proporciona los medios de saciar un verdadero furor de halagos y comodidades que está a punto de enloquecer, literalmente, al mundo. Esta carrera desenfrenada tras lo superfluo, convertido rápidamente en necesario y después en imprescindible es la gran trampa que el capitalismo ha abierto, bajo los pies del hombre, y en esa trampa estamos cayendo, de bruces, todos y por todas partes. Es muy posible que parezca que exageramos, pero lo cierto es que nos aterra el hecho de que los ideales burgueses —tan obsesivamente económicos— estén ganando todas las clases sociales: desde los aristócratas, que juegan a negociantes, hasta los proletarios, que pasan impunemente de los ideales marxistes a los burgueses´ sin tener que apearse del materialismo más redomado. Y si nada nos alegra tanto como la subida del nivel de vida de las masas populares, nada nos preocupa tanto como el fenómeno universal ´que a esas masas populares amenaza y que alguna vez hemos calificado, un tanto paradójicamente, de "peligro de la prosperidad". Porque es muy cierto que el espíritu humano está hecho de tal modo que no es entre la viciosa hojarasca de la riqueza donde mejor se expande y fructifica, sino en los rigores de la austeridad. No en vano la Iglesia impone el voto de pobreza a quienes muy especialmente la sirven. Y el mismo Cristo proclamó bienaventurados a los "pobres de espíritu" .Es decir, a quienes no están sometidos ni obsesionados por la riqueza, sino que la utilizan como instrumento para realizar el propio destino, ayudando a los otros a que realicen el suyo. Es cierto que sin un mínimo de satisfacciones materiales es imposible la vida espiritual.´ Pero no es menos cierto que sí las satisfacciones materiales se multiplican mucho más allá de lo indispensable acaban por ahogar el espíritu o lo conturban con esos esplritualismos de similor a quienes los "snobs" y traficantes de drogas intelectuales llaman, por llamarle "algo, "cultura".

Si un hombre cualquiera está pensando todo el día en .la lavadora mecánica que le suplica su mujer o en el automóvil que él frenéticamente desea, no es posible que su espíritu se instale en la serenidad y generosidad indispensables para que el alma se alivie de la responsabilidad del trabajo cotidiano. Quien se obsesiona con las cosas materiales, ¿qué margen reserva para la depuración y elevación de su alma?

Creemos que ahí radica el más grave problema del mundo contemporáneo: en que iodo el mundo vive —como nunca ha vivido— pendiente del dinero. Y cuando oímos esa lamentación, universal de que "no se puede vivir" y de que "no hay dinero que llegué", nos asusta, sobre todo, que el hombre no se dé cuenta de que se ha dejado meter en un pavoroso torbellino de sugerencias y tentaciones progresivas que excitan su apetito y lo someten al suplicio de Tántalo, de desear más de lo que pueda obtener, por mucho que obtenga. Por eso hay muchas más neurosis de desesperación y consecuentes suicidios en los países de alto nivel de vida que en los de nivel más bajo. Porque de nada sirven bienestar y abundancia cuando no se acompañan de ilusión y entusiasmo. Y si no que nos lo pregunten a los´ que, en medio de !a pobreza y el peligro, vivimos en la España Nacional durante nuestra guerra y soportamos, después, los primeros y críticos años de la Victoria. Entonces fuimos felices —a pesar de las duras circunstancias—. porque pensábamos más en Dios y en la Patria, la hermandad y el servició, que en los automóviles y las neveras, los restaurantes de lujo y los veraneos a peso de oro.

Platón nos ha legado en "La República" una frase, un tanto sobilina, que está llena de sentido y deberíamos meditar: "El Estado injusto alberga en su seno a sus dos mayores enemigos: á los pobres y a los ricos." Con lo que nos quiere decir que sólo los que tienen lo necesaria sin afanarse por lo superfluo pueden ser buenos ciudadanos. Lo que, al mismo tiempo que recusa a la ´nigeria, supone la más rotunda condenación de esa fiebre codiciosa qus nos inocula el capitalismo en su universal intento de corrompernos en masa.

Jesús SUEVOS

 

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