El oportunismo de Alfonso Guerra     
 
 Diario 16.    12/09/1983.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

El oportunismo de Alfonso Guerra

Durante los días inmediatamente anteriores a la manifestación de ayer, el

Partido Socialista ha sometido a todos los demócratas españoles a un incómodo

chantaje. Cualquiera que deseara participar en el sincero clamor, mare mágnun,

contra el régimen de Pinochet debía convertirse en feudatario de una iniciativa

protagonizada exclusiva y excluyentemente por el vicepresidente Guerra, que,

falto de espacio político en el Gobierno, parece necesitar este tipo de baños de

multitud para reafirmar su importancia e influencia.

La bochornosa división entre quienes «organizaban» el acto (el partido del

Gobierno, el sindicato del Gobierno, las juventudes del partido del Gobierno) y

quienes se «adherían» al mismo (todas las demás fuerzas políticas y sociales)

hacía recordar unos tiempos no muy lejanos en los que radie podía tan siquiera

existir si no era como comparsa del Movimiento Nacional.

Ni los demás partidos parlamentarios, ni los periódicos, que por encima de todo

deseábamos que el acto de solidaridad con Chile fuera un gran éxito, tuvimos

margen alguno de reacción ante la estrategia de hechos consumados urdida por e!

vicepresidente, pues abrir la polémica hubiera significado hacer el juego a los

sectores reaccionarios opuestos a la convocatoria.

Para que la jugada fuera perfecta sólo faltaba que Fraga volviera por enésima

vez a equivocarse, automarginándose de lo que, antes que ninguna otra cosa, era

una profesión de fe democrática. Así, la impresión resumida de la gran

concentración de ayer convertía al señor Guerra en la única voz democrática del

país, subrayándose una vez más la inexistencia de una alternativa de poder

inscrita en coordenadas similares.

Y, sin embargo, la realidad del acto, vivida a pie de calle, indicaba algo muy

distinto. En primer lugar, no sería exagerado decir que a! menos el 70 por 100

de los asistentes eran militantes comunistas. Fiel a su tradicional capacidad de

movilización, fue el PCE el que de verdad llenó la calle. De ahí que sus siglas

fueran, con diferencia, las más aplaudidas y de ahí que los gritos anti-OTAN

dominaran en muchos momentos sobre los propios eslóganes específicos del acto,

lo que sin duda llenó de satisfacción a Guerra, pensando en el debate abierto en

el seno del PSOE y del Gobierno.

Algunas de las cosas que allí sucedieron colmaron, por otra parte, el vaso del

oportunismo. Así, cuando la presentadora del acto dijo que sólo se leerían

adhesiones procedentes del interior de Chile, para largar a continuación un

comunicado de UGT. Así, cuando al efectuar Guerra la exhaustiva relación de

«dictaduras hispanoamericanas» olvidó mencionar a Cuba, a pesar de que momentos

antes había declarado a la Cadena SER que estaba contra «cualquier tipo» de

tiranías. ¿Acaso considera Guerra que la Cuba de Fidel es más democrática que el

Chile de Pinochet, o sucede que su mensaje varía según se dirija a un auditorio

dominantemente de izquierdas o a la masa de oyentes de una gran cadena de radio?

Había una manera democrática, coherente con el espíritu del acto, de hacer las

cosas La convocatoria debió haber sido conjunta de todos los grupos

parlamentarios implicados, y si se quería evitar la proliferación de oradores o

el protagonismo comunista, bien se pudo recurrir a figuras de índole

institucional, como el presidente del Congreso o el defensor del pueblo. En par

de ello, el poder vio la oportunidad y optó por el unismo.

 

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