Autor: Lafora, Victoria. 
 Diez años de dictadura. Más de cien mil personas gritaron contra Pinochet en Madrid, pese al fin de semana y al calor. 
 La manifestación por Chile fue un canto a la libertad     
 
 Diario 16.    12/09/1983.  Página: 5-6. Páginas: 2. Párrafos: 16. 

Más de cien mil personas gritaron contra Pinochet en Madrid, pese al fin de

semana y al calor.

La manifestación por Chile fue un canto a la libertad.

Texto: Victoria LAFORA Fotos: SUAREZ-CANO

Madrid — Pese al fin de semana y al calor, los madrileños demostraron ayer su

sentido de la solidaridad acudiendo en masa a la manifestación contra la

dictadura de Pinochet. La manifestación se convirtió en un canto a la libertad,

y pancartas, canciones y un ambiente de fiesta rodearon a la práctica totalidad

de los líderes políticos que se dieron cita en la calle Bravo Murillo. Todos,

excepto Manuel Fraga, y la gente hizo notar su ausencia. También aprovecharon

para recordarle al vicepresidente, Alfonso Guerra, que no quieren bases

americanas ni entrar en la OTAN.

Solidaridad

Más de cien mil personas se dieron cita ayer en Madrid para mostrar su

solidaridad con el pueblo chileno, sometido desde hace diez años a la dictadura

sangrienta del general Pinochet.

Desde las once y media de la mañana un enorme gentío se fue concentrando en la

calle Bravo Murillo y ocupando el espacio por el que habla de discurrir la

marcha, lo que impidió el arranque de la cabecera, en el que se encontraban los

representantes de todas las fuerzas políticas, excepto AP.

El defensor del pueblo, Joaquín Ruiz-Giménez, charlaba con el presidente de la

Real Academia, Pedro Lain Entralgo, mientras esperaban la llegada del

vicepresidente.

Alfonso Guerra. La llegada del alcalde de Madrid, Enrique Tierno, despertó

aplausos de los manifestantes, quienes coreaban su nombre según avanzaba.

Javier Solana, ministro de Cultura, llegó en mangas de camisa (en previsión

del calor que, efectivamente, hizo), as! como su compañero en el Gobierno,

Enrique Barón, quien optó por una camiseta azul.

Síncope

Hicieron bien, porque a mitad de marcha, el líder del PDP, Osear Alzaga, el

presidente de las Cortes, Gregorio Peces-Barba, y el ministro de Educación, José

María Maravall, parecían al borde del síncope entre los apretujones y el sol de

justicia. El único que mantenía chaqueta y prestancia era Jaime Miralles,

liberal sin etiqueta.

Tras la pancarta inicial caminaban codo con codo los líderes de los partidos y

de las centrales sindicales, además de las personalidades antes citadas. La

gente rompió el cordón de seguridad y se coló en el centro de la calle, por lo

que la segunda pancarta, que llevaban Curiel, Simón Sánchez Montero, Adolfo

Pastor, Miralles y otros se perdió entre la muchedumbre. Mariano Baniandrés, el

«defenestrado» subcomisario de las escuchas también se perdió "entre la

multitud.

Posiblemente la gente se coló para poder gritar más cerca del vicepresidente sus

frases de «OTAN, no; bases fuera». Un miembro del servicio de orden, utilizando

un anticuado megáfono, intentaba acallar las voces contra la OTAN coreando sin

cesar «Chile vencerá».

Lo curioso es que sólo conseguía adhesiones cuando el slogan se convertía en

«Pinochet al paredón, por fascista y por cabrón»; entonces los manifestantes se

olvidaban por unos momentos de las bases y la OTAN y seguían al esforzado

militante.

En medio de la muchedumbre el empresario Javier González Estofani, del PDP,

decía socarrón: «Ya ves, aquí estamos desafiando a la coalición popular».

En una de las aceras, y siempre cerca de la cabecera de la manifestación, iba un

joven con barba, que llevaba una pequeña pancarta con el nombre del capitán

Pitarch, una vez más en prisión.

Don Manuel

Hubo también otra frase que gustó al pueblo soberano y que se coreó en varios

momentos de la manifestación: «No se ve, no se ve, al facha de don Manuel.»

Por cierto que Enrique Curiel, cuando le preguntamos los motivos por los que él

creia que no se habia sumado AP a este acto solidario, respondió: «A Fraga lo

que le gustarla es estar en Chile, porque sería un buen ministro de Interior del

Gobierno de Pinochet.»

Y a trancas y barrancas la cabecera de la marcha logró llegar a Cuatro Caminos,

donde se había colocado la tribuna. Ese fue el momento peor: la gente no abría

paso y Ruiz-Giménez a punto estuvo de dar con sus huesos en el duro asfalto.

Tras las citas de los partidos convocantes —por cierto que tanto el PDP, como el

PDL, UL y las juventudes de AP recibieron un fuerte abucheo — , tomó la palabra

con voz claramente emocionada Isabel Allende, la hija del presidente chileno

asesinado en el palacio de la Moneda y que había hecho todo el recorrido al lado

de Alfonso Guerra.

La muralla

Los comités anti-OTAN, que habían ocupado lugares estratégicos en la plaza,

aprovecharon el momento en que el vicepresidente, Alfonso Guerra, se acercaba al

micrófono para arreciar en sus voces de «OTAN, no; bases fuera». Alfonso Guerra

esbozó una sonrisa y no se dio por aludido. Tras sus palabras, que terminaron

con tres gritos de «Libertad», subieron al escenario los miembros del grupo

Quilapayún, los magníficos folkloristas chilenos que escaparon de la cárcel, y

posiblemente de la muerte, porque se encontraban de gira cuando el golpe

militar.

Fue posiblemente el momento más emocionante de la mañana. Su canción de «La

muralla» levantó un mar de manos enlazadas que coreaban la letra, mientras las

bande-ritas blancas de «Libertad para Chile» se agitaban frenéticamente. Y al

son de la música diputados, líderes y periodistas organizaron una cadena y

bailaron con las manos enlazadas. Su última interpretación, «El pueblo unido

jamás será vencido», fue coreado por más de cien mil gargantas, mientras los

asistentes hacían el signo de la victoria con las manos.

 

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