Autor: Paso Gil, Alfonso. 
   Un mundo liquidado     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 4. 

DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACION GENERAL

DIARIO ILUSTRADO DE INFORMACIÓN GENERAL".

FUNDADO EN 1905 POR DON TORCUATO LUCA DE TENA

UN MUNDO LIQUIDADO

HAY gente que se angustia y llena de melancolía en los grandes espacios de los hoteles antiguos. La ancha soledad del salón de lectura les trae recuerdos y nostalgias de otro tiempo. El comedor, alumbrado por ricas arañas, les devuelve el momento inolvidable de una cena para dos, de aquella mirada o aquel encuentro decisivo. La gente fin de siglo se entristece en los hoteles fin de siglo. Seguramente los encuentran ya sin plaza en la vida nueva, sin utilidad. ¡ Todo es tan grande, tan espacioso!... Donde arranca la escalera podrían iniciarse dos más, y en su único hueco casi cabrían tres ascensores de buen tamaño.

¡Esas alfombras interminables, tan suaves a la pisada!.,.. ¡Esos cuartos de baño capaces de cobijar a una familia ante el lavabo! Hoy todo es más sucinto, más concreto; no necesitamos grandes salones porque nos bastan unos cuantos saloncitos bien puestos, o porque hay que aprovechar el terreno, o porque nadie se preocuoa de vestir a tono con la magnitud y el ambiente de los hoteles. Seguramente tenemos razón la gente de ahora, y nuestra actitud en ese aspecto constituye un adelanto. Nuestros ascénsores suben y bajan a mayor velocidad, y en muchos menos metros cuadrados introducimos refrigeración, duchas, altavoces, radios para cada habitación en los hoteles. Está muy bien. Eso está muy bien. Y hasta es posible que se nos hayan quedado grandes los salones que a nuestros abuelos aún los parecían chicos, y, no necesitamos el espacio que ellos precisaban para Vivir cómodamente en un hotel. Tal cosa representa un progreso, claro. ¿O no?

He viajado por la Costa Azul y siempre prefería alojarme en hoteles antiguos. Los franceses de la Provenza, a mi entender, no han adelantado mucho en materia de hospedería. Hay que elegir entre un hotel fin de siglo, lleno de arañas, escalinatas y ricas alfombras, o un hospedaje de poco pelo Algunas veces de demasiado joco. En Marsella está el "Grand Hotel" y a gran distancia, a distancia enorme, los restantes. En Niza, el Negresco y alguno más de su categoría. Después mu-píos alojamientos sin trato, servicio ni modidad. Por lo que yo he podido ver, turalmente. Elegí el Negresco para vi\, aparte sus excelencias, porque entre ,s muchas, tenía, a la puerta, sobre la quesina, la única bandera española vi en Francia desde La Perthus a .nton. Y aquello resultaba agradable.

La alcoba, con un espléndido balcón sobre el paseo de los Ingleses, poseía las dimensiones de un apartamento de los de moda, con su cocinita y "living", como suele decirse. ¡Para qué hablar del cuarto de baño, donde cabrían holgadamente media docena de "aseos", también como suele decirse ahora!

Pensé que aquel lujo de metros cuadrados no tenía justificación y que a un joven como yo debían repelerle tales extremos. Estuve una noche dedicado a que me repeliera la habitación, sin conseguirlo. Por él contrario, me sentía muy a gusto allí. Claro es que el día siguiente, cuando bajé al enorme comedor para cenar, comprendía lo inútil de esta clase de hoteles, pues en una mesa había una pareja dé ingleses, estúpidamente vestidos, y yo me senté ante otra. Las restantes mesas, en número casi de cien, se encontraban vacías. Una orquesta tocaba valses porque, según creo, es música qué ayuda a hacer la digestión.

Supe que había pocos huéspedes más un millonario canadiense, algunos franceses viejos, una dama italiana... Me di cuenta de que la joven generación no necesitaba para nada el Negresco. Y lo encontré comprensible: Lo que, en cambio, me sorprendió mucho fue comprobar que empinados en las puntas de los pies, observando a duras penas el comedor desde la calle, había un nutrido grupo de jóvenes ataviados con comodidad. Pantalones cortos ellos, pantalones largos ellas, unas ´ blusas... Calzaban sandalias y tenían mucho pelo. Sonreían con condescendencia. Tal vez con inquietud. Parecían observar a la pareja de Ingleses y a mí como si fuéramos animales exóticos recién cazados y expuestos por el Ayuntamiento en tan lujosa jaula para esparcimiento del ciudadano normal. Cualquiera podría pensar que se estaban burlando de nosotros. El "maitre" me informó que aquellos jóvenes y algunos más de su aspecto y condiciones vivían en confortables ´´campings" las afueras de la ciudad, cobijados en tiendas de lona. "Debían acarrear ellos mismos el agua para beber porque la necesaria a la higiene personal podían llevarla, por sus trazas, en una botella de vino. Se guisaban y lavaban la ropa ellos mismos en delicioso contacto con la naturaleza viva. Cuando se aburrían de! lugar solían trasladarse a otro en motocicletas o por medio del socorrido "autostop". Algunos, en encantadoras caravanas, preferían el pie como método de transporte y caminaban por espacio de dos o tres días con mochilas e impedimenta a la espalda. Me sentí avergonzado ante las miradas de la joven generación. Pensé que no era digno de contarme en ella.

Que su vida directa, sana, sin prejuicios en las formas y los modos, era meta envidiable y difícil de alcanzar.

Aquella noche, en mi habitación, mientras me bañaba con agua caliente, y después, al introducirme entre las repugnantes sábanas de hilo, sobre el vergonzoso colchón siempre demasiado blando, me asaltó una pobre idea—pobre como todas las mías—con insistencia terrible. ¿Aquella mirada de los jóvenes era de perdón, de condescendencia, de burla? ¿Era la mirada de quienes han liquidado un mundo por superación? ¿Era, en fin, la mirada de los que necesitan poco espacia o... de los que lo están perdiendo y fingen no precisarlo? ¿Todo el mundo que aquellos hoteles representan se ha abandonado por podrido ó porque—como en la fábula—"está verde"? ¿No sería que aquella generación se sentía incómoda en los grandes, salones por subconsciente inferioridad? ¿Lo que vi en aquella mirada no podría definirse como impotencia? En todo caso... ¿No éramos la pareja de ingleses y yo quienes teníamos que .reírnos de los jóvenes, si es que alguno debía necesariamente reirse delotro? Pobres razonamientos todos que intensé abandonar en el acto. Aquellos muchachos representaban, en cierto modo, el porvenir. .Ellos eran la realidad viviente, y de su mano caminábamos hacia el progreso.

¿O no?

Alfonso PASO

 

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