El picadillo autonomista     
 
 ABC.    06/08/1959.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL PICADILLO AUTONOMISTA

Hacía notar el pasado martes un editorial de A B C que los estatutos regionales van sirviendo en Italia a las maniobras de penetración comunista. La escuela de sociólogos demo-cristianos, que en Italia gobierna, ha sido siempre allí, como en otros países, partidaria de las autonomías. Esta política no se basa precisamente en el amor a conservar antiguas y gloriosas tradiciones, diferenciadas, por ejemplo, en tierra florentina, veneciana o genovesa. Más bien mira a atenuar o dulcificar—sí decir se puede—el sentimiento de unidad ´patria, considerado por la mente demo-cristiana como peligrosa egolatría de la colectividad nacional. Para los que así piensan nada valen canonizaciones tan inequívocas como la de San Fernando de Castilla, y más aún, la de Santa Juana de Arco, que ya no guerreaba con moros infieles, sino contra católicos cristianos para librar a su Patria de yugo extranjero, inspirada por las divinas voces.

tas autonomías, fundadas por la política demo-cristiana, no sólo aflojan la tensión patria y la exaltación de la unidad, hasta llegar, al borde, en Sicilia o en el Alto Adige, del separatismo. A la vez que se evitan así supuestos peligros se hace una operación preparatoria para futuros bienes, en cuanto aquella patria unidad, ablandada y trinchada en estatutos, nácese de asimilación más fácil para los órganos internacionales. Dentro de este conocido esperanto mental—aún entre nosotros por algunos practicado—concíbense las unidades o fraternidades entre los pueblos de occidente, como caldosísimo gazpacho, donde las naciones deberían entrar hasta donde les fuere posible, en forma de picadillos autonómicos, a la manera que entran el pepino; el pimiento, el pan, la cebolla, y el huevo duro en el fresco potaje a la andaluza.

De este modo dale que dale , entre lo universal y lo local, queda lo nacional amansado cual pacífico buey, útil para labores agrarias y sociales, finalmente salvado de toda disposición a las violencias del pasado, aún defensivas.

Se pretende, ilusoriamente, con este doble juego rehacer una especie de Edad Media Segunda, por la conjunción y contraste entre la multitud de pequeñas jurisdicciones locales y el vigor universal del sentido, religioso, cultural, social, comercial, etcétera, entre las gentes diversas de Europa. Sin duda, esta fórmula, en- su día, antes de la formación del Estado Moderno, dio días de gloria a la Iglesia y a la civilización de occidente. Parece que no sería ya posible volver, cinco o seis siglos atrás, a los días del "gay saber" o "gaya ciencia" con una Europa qus fuese como Un mosáíco diviso;y subdiviso en mosaicos multicolores de jurisdicciones a la manera de la gran vidriera o gran rosa de la Catedral, .iluminada por el solo y alegre sol de los días de mayo.

Pero la dura realidad más bien, nos dice que Europa se habrá de, defender como "Europa de las Patrias", e sea, como suma de naciones unidas, fuertes, -grandes y libres.

(Algunos, al picadillo de autonomías prefieren puro y simple el "puré patrio" o la Patria "hecha puré", con lo que ya "ipso facto" seríamos todos ciudadanos universales.)

Debilitar la idea normal de nación, en cualquier parte, es debilitar la defensa de Europa, y si para debilitar ese concepto de unidad patria se recurre a los estatutos autónomos — básase cte manera consciente o simiesca y estúpida—, equivale, en Italia o donde sea, a abrir brechas a la traición interior o a la penetración comunista.

 

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