Autor: J. R.. 
   El Rey y su Consejo, ante el futuro     
 
 Informaciones.    06/12/1975.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 13. 

INFORMACIONES POLÍTICAS

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6 de diciembre de 1975

El Rey y su Consejo, ante el futuro

POR qué ha comenzado a bajar la Bolsa? Todos suponemos que por razones

políticas. ¿Porque se iba Arias? ¿Porque se queda? No creo que sea cuestión

personal. Lo que ocurre es que el dinero necesita obtener dos tipos de

seguridad. Una que asegure un nivel de actividad laboral y administrativa

correcto y otra que articule un plan de reformas calculado y sin riesgos. Y una

y otra parecen haber quedado en entredicho a lo largo de estos siete últimos

días de vacío y confusión.

Quien trate de escribir la crónica política de la última semana no obtendrá sus

claves en el «Boletín Oficial del Estado». Allí, como única referencia tangible,

podrá comprobar algo que previamente se daba por supuesto: que Torcuato

Fernandez-Míranda sería el nuevo presidente de las Cortes y algo que no era tan

seguro: que don Carlos Arias permanecía en su puesto. Pero todas las batallas

Internas, todas las escaramuzas y toques de alerta no han llegado a escribirse

en prosa oficial. Tienen que interpretarse leyendo los rumores y las

confidencias.

Y para ello hay una referencia cierta. El Consejo del Reino elaboró una terna

compuesta únicamente por

falangistas. Fernández-Miranda, Licinio de la Puente y Emilio Lamo de Espinosa

son, sin embargo, hombres ideológicamente bastante distintos, aunque compartan

un mismo origen. Sería equivocado, a mi entender, pensar que la parte «azul» del

Consejo del Reino trató de amarrar el riesgo de que nadie que no procediera del

falangismo presidiera el propio organismo. Para los consejeros, por el

contrario, siempre estuvo claro qué el presidente seria Fernández-Miranda. Pero

el problema no era éste. De lo que se trataba era de demostrar que las reglas de

funcionamiento de la institución no eran las mismas que en vida de Franco. Que

en el caudal relicto de su herencia, el Consejo había heredado una parcela

urbanizada de Poder y que no estaba dispuesto a renunciar a ella. Su

comportamiento, por tanto, tenía tanto de advertencia como de prueba. ¿Era un

ensayo general para el veto? ¿Una maniobra para preparar los engranajes al

efecto de evitar que algún liberal pudiera ser propuesto como presidente del

Gobierno?

Todos los acontecimientos de la semana giran en torno a este hecho.

Las seis horas y media de reunión, la sonrisa final del señor Girón, el infarto

de monseñor Cantero, el informe de Lora Tamayo al Rey, son fragmentos externos

de una sesión que fue oficialmente secreta, pero que se adivina tensa y llena de

problemas. Pernández-Miranda obtuvo todos los votos menos dos de un organismo

que hace sólo dos años le negó el pan y la sal a la hora de colocarle en la

terna de candidatos a la Presidencia del Gobierno y pese a ser el presidente en

funciones. Algo, por consiguiente, debe haber cambiado. Y este algo es la

convicción de la confianza que el Rey otorga a este profesor de Derecho Político

que un día fuera su profesor y siempre su consejero. ¿Pero que algo haya

cambiado quiere decir que los miembros del Consejo del Reino estén dispuestos a

que se siga cambiando mucho mas?

De acuerdo con esta tesis, y en lo que pueda tener de fundado, las seis horas y

media no habrían tenido por objeto ponerle obstáculos al nombre de Fernández-

Miran-da, sino crear un «status quo que pudiera impedir la eventual candidatura

de un hombre como el conde de Motrico o alguien de sus características.

Y para ello se trataba de establecer un precedente en el posfranquismo. Un

precedente en cuanto al sistema de votación y en cuanto a la exigencia de un

consenso mayoritario para que cualquier nombre pudiera ser incluido en la lista.

Se trataba, pues, de romper con el pasado, en el bien entendido supuesto de que

ahora se imponía la necesidad de demostrar una mayor independencia y tina menor

sujeción carismática. Ninguno de los dos sistemas de votación utilizados hasta

entonces —papeletas con un solo nombre o con tres y recuento por mayoría—

servía, porque con arreglo a él un hombre que no contara con la mitad de

adhesiones incondicionales, pero con el apoyo monolítico de un tercio del

Consejo habría podido pasar a la terna.

Y de seguir vigentes las mismas costumbres nadie habría podido evitar que un

nombre poco grato a los más conservadores llegara muy pronto a la Presidencia

del Gobierno, en contra de su voluntad. De ahí que fuera necesario forzar el

cuadro de situación. Y esto habría sido lo que le habría producido los mayores

disgustos al profesor Lora.

Porque con ello, como es lógico, el ala menos aperturista se aseguraba un cierto

derecho de veto. Con su voto podían eliminar con carácter previo, en una criba

de consenso, a quienes no les parecieran idóneos.

Bien porque en el pasado hubieran actuado de manera poco ortodoxa con los credos

vigentes o bien porque de cara al futuro fueran sospechosos de desviacionismo. Y

con este plante, de manera indirecta, habían retrasado la sustitución de Arias

al fíente del Gobierno.

Este retraso adquiría ayer, a las dos de la tarde, carácter de «si-ne die». Las

agencias de Prensa transmitían que el señor Arias Navarro había sido confirmado

en su puesto por el Rey. Triunfaban, pues, los representantes de un ala que hay

que suponer mayoritaria en el Consejo. Descartados, como posibles «premier»,

muchos nombres de muchas listas —algunas, disparatadas, habían aparecido

Impresas ayer mismo por la mañana, entre los rumores de algún diario , sólo

queda ahora especular con el alcance de esa reforma administrativa que podría,

quizá, aportar un poco de oxígeno sobre alguna estructura excesivamente caduca,

por más que las piedras angulares no se hayan movido.

No parece haber dudas a estas alturas, y aunque el tema carezca ya de

importancia, de que es cierto que Arlas depuso su cargo, lo ofreció a la buena

disposición del Rey, y de que de una manera inequívoca obtuvo signos evidentes

de que don Juan Carlos contempló la posibilidad de relevarle de su

responsabilidad. No son conjeturas. Sobran testimonios. En algún Ministerio se

había colapsado la actividad, y en más de un caso había comenzado la litúrgica

recogida de paquetes. ¿Qué habrá pasado, entre los telones políticos, para que

las cosas variasen tan radicalmente desde que una agencia de Prensa, de claro

significado político, ofreciese, y luego retirase, la noticia de que don Carlos

Anas había sido confirmado? Algún día se escribirá la historia secreta de las

últimas horas en el seno del Poder.

La Monarquía necesita un relevo esclarecedor, que le permita un nuevo margen de

confianza. Y de cara a esta eventualidad, el Gobierno no supo jugar bien la

última carta que le quedaba en la bocamanga: el decreto de indulto. Y ese día se

definieron perfectamente las dos políticas. Pero hasta aquí el problema se

centra en una cuestión de ritmo e intensidad. Mas cuando en función de él se

adelantan situaciones, hay que calcular el efecto que tendría el rectificarlas.

Lo cierto, entre unas cosas y otras, es que el país está turbado. La actividad,

y la capacidad de decisión, han disminuido de manera considerable en muchos

ámbitos. Una vez más, el tratamiento informativo de los temas por parte de la

Administración ha sido deficiente. Y no porque haya faltado libertad para

divulgar lo que creía saberse. No. A este respecto ha existido juego limpio.

Pero para estos casos debería haber un portavoz que definiera momento a momento

la situación y centrara las cosas. Porque luego, arrimando ascuas a las sardinas

que Quedan sobre la cocina, se producen informaciones tendenciosas, globos-

sondas. contranoticias que de manera sensacionalista o interesada vienen a

sembrar la duda en una cuestión que debe ser tratada de manera lineal y

objetiva.

Por lo demás, pocas cosas hay de verdadera importancia en la semana dentro del

mundo oficial. Fuera de él, en cambio, hay que reseñar la liberación de algunos

presos políticos significados. Ha faltado el canto de un duro, con arreglo a la

legislación actual, para que alguno de ellos tuviera que volver a ser detenido,

en base a lo que ha hecho o dicho. Y está claro que ello habrá de ocurrir antes

o después si no se modifica la ley que, en este caso, es lo anacrónico e

Insostenible.—J. P,.

 

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