Autor: Marías Aguilera, Julián. 
   La España contemporánea     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 8. 

LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA

SE están produciendo en estos años, simultáneamente, dos situaciones que se oponen paradójicamente, y que me parecen tan inquietante la una como esperanzadora la otra. Creo que el porvenir próximo de los españoles va a depender en no escasa medida de cuál de las dos acabe por predominar. Las dos situaciones se refieren a la relación de los españoles con nuestra historia, y sobre todo con la cercana, a través de la cual se realiza, si es vivo, todo contacto con la más remota. Y es un hecho que a nadie con alguna perspicacia se le oculta el progresivo enajenamiento de nuestra historia entre los jóvenes —llamando jóvenes a los que tienen menos de cuarenta años—. Por razones múltiples, pero nada misteriosas, las dos generaciones que´ han hecho últimamente su aparición en el escenario español ignoran concienzudamente—salvo excepciones individuales—nuestro pasado. Hágase el. experimento de pronunciar unos cuantos nombres de influencia decisiva en la vida´ española de los últimos doscientos años, y se verá cuántos son los que tienen una idea medianamente precisa de su significación, acaso una simple noticia de su existencia y figura exterior. Otro tanto ocurre si en vez de personas se trata de sucesos, tendencias, instituciones; o, lo qué es más grave, de la conexión de unos con otros, de la figura histórica que juntos componen. Pocos factores de nuestra situación presente me parecen más peligrosos, más expuestos a perturbaciones profundas y sin sentido de nuestro porvenir nacional.

Paralelamente y—repito—d e manera paradójico, en, el mismo tiempo se está realizando una transformación de nuestros estudios históricos. Desde comienzos del siglo, el avance de ellos, en intensidad, calidad y rigor, ha sido prodigioso. El nombre de Menéndez Pidal y el del Centró de Estudios Históricos son suficientes para probarlo; pero 16 más interesante es que desde muy diversos campos se ha ido acometiendo de manera nueva el estudio de nuestro pasado, es decir, de nuestra sustancia nacional.

Desde la filología, desde la historia literaria o del arte, desde la arquitectura, desde la más estricta filosofía, se ha avanzado.sobre el gran tema casi intacto. Y tales estudios, concentrados inicialmente sobre la Edad Media o el Siglo de Oro, han ido acercándose a nosotros, adquiriendo nueva-vivacidad y un dramático interés. Respecto del pretérito cercano, se ha producido una gran innovación, decisiva: la veracidad. Se sigue haciendo, quién lo duda, ."historia" tendenciosa, amañada, destinada a apuntalar cualquier endeble edificio "ideológico"; poco importa. Son ya muchos los estudiosos que se acercan con ánimo limpio, curioso y exigente a la realidad española, dispuestos a verla en su efectiva complejidad,. con su claroscuro y su relieve, con su articulación que la hace inteligible. Sobre muchas cuestiones

eternamente disputadas por los que no querían enterarse, hoy sabemos .ya a qué atenernos. Y los resultados de la investigación, como- era de esperar, convergen. Se va formando la imagen adecuada y coherente de nuestra historia, y cada, vez adquiere más claridad, precisión y detalle.

Últimamente, Melchor Fernández Almagro ha aportado a ese conocimiento un refuerzo poderoso: el volumen de su "Historia política de la España contemporánea", dedicado a la Regencia de María Cristina (1885-1902). Este péríodo decisivo cobra nueva figure después de las novecientas páginas largas que Fernández Almagro le ha dedicado. Es un libro probo, minucioso, bien informado, como todos los suyos, de documentación tupida, a la que se añade la que forman treinta y seis apéndices de extremado interés, en ocasiones de sobrecogedora lectura. Pero hay que decir que entre los innumerables detalles, Almagro no se pierde. Su mirada serena, un poco irónica, a veces un tanto empañada de emoción, va recorriendo, con óptica cercana, los meses y los años, y va dibujando el perfil de un proceso.

Son los años centrales de la Restauración, de esa era de paz, bienestar y convivencia—con un poco de ilusorio tinglado inestable—que cruzó España entre dos fases de violentas inquietudes. Y, sin embargo...

Almagro va anotando las perturbaciones de la vida española en esos diecisiete años: son incontables. A pesar de ello, fue una época de bonanza interior; lo cual prueba hasta qué punto pueden ser falaces los catálogos de "anormalidades" de un período, que tiende a producir la impresión de "caos": resulta que esa impresión se puede provocar a´ propósito de la época más idílica: basta con sumar sólo los huelgas, los atentados y las bases de Manresa, y olvidar "La verbena de la Paloma" y la vida cotidiana, divertida y tediosa a un tiempo, de la Restauración.

Pero el libro de Almagro encierra, entre otras cosas, un capítulo decisivo, dramático y nada bonancible: la historia del proceso que llevó al 98, al derrumbamiento de los restos de la España ultramarina.

Seguramente nunca se ha contado tan completamente esta historia, viéndola desde sus dos lados, con amplísima utilización de fuentes cubanas, filipinas ,y norteamericanas, al lado de las españolas. En ella se proyecta toda la realidad de la España de aquel tiempo, se precipita y cristaliza, pudiéramos decir, en la crisis y en la reacción á ella. Hace poco leía en el excelente "Panorama de la generación del noventa y ocho", de Luis Granjel, las increíbles cosas que se escribían y se decían en 1898, y pensaba lo que puede ocurrir cuando un país—o al menos los que asumen´su representación en todos los órdenes—"despega" , de la realidad y la sustituye por sus deseos, sus rencores o acaso las consecuencias inmediatas de sus mal reguladas secreciones internas. El libro de Melchor Fernández Almagro, temáticamente y con mucha mayor amplitud, ilumina este aspecto de nuestra historia cercana. ¡Cómo se mezclan el valor, la dignidad, la buena fe, la ingenua simpatía, con la malevolencia, la frivolidad, la pura y simple ignorancia petulante, el disparate! ¡Y cómo circula todo ello, junto, sin cernedor, es decir, sin juicio, sin que nadie sepa a qué atenerse! Nadie, sino muy pocos que no son nadie.

Leyendo el libro de Almagro. se piensa qué cerca se estuvo de que España entrará por el camino real de la historia. Son los años en que, por obra de la generación del 98, se cancela el desnivel con Europa que intelectualmente arrastraba España desde comienzos del siglo XIX, desde el terrible cuarto . de siglo que comenzó en 1808 con Napoleón y no terminó hasta la muerte de Fernando VII, en 1833, después de consumar la disociación de España, de trocar la concordia, en discordia. En ese final de siglo se hace un intento, que vale la pena subrayar, de establecer la convivencia de los españoles. Pero se creyó que bastaba con decirlo o, a lo sumo, desearlo. No se advirtió qué era menester reconocer los problemas, enfrentarse con ellos, transformar todo lo necesario para hacer a España viable, distinguir entre la verdad y los espantajos, entre la razón y el disparate. Léase ese manifiesto de Ramón Nocedal en 1889; léase el escalofriante documento sobre las últimas horas de Rizal; y tantas cosas más.

Si las generaciones que van a regir España en la segunda mitad del siglo XX tuvieran en su mente la línea clara de lo que ha sido, la historia de los últimos doscientos años, me sentiría; sólo con eso, increíblemente más esperanzado. El porvenir próximo de España depende en buena parte de que predomine el trazo nítido de la tinta de los historiadores o la turbia de todos los calamares.

Julián MARÍAS

 

< Volver