Autor: Cierva y Hoces, Ricardo de la. 
 Crónicas provisionales. 
 ¡Qué error, qué inmenso error!     
 
 El País.    08/07/1976.  Página: 11. Páginas: 1. Párrafos: 21. 

EL PAÍS, jueves 8 de julio de 1976

POLÍTICA

Crónicas provisionales

¡Qué error, qué inmenso error!

RICARDO DE LA CIERVA

Nada mejor que unas palabras de Franco para titular la crónica sobre el

advenimiento del primer Gobierno de Franco en la Monarquía; el primer Gobierno

franquista del postfranquismo. Tal expresión no implica la menor connotación

peyorativa, impropia en el cronista; es una simple y descarnada descripción. El

error consiste, primeramente, en haber designado a un nuevo Gobierno de Franco

cuando toda la opinión política interior y exterior —ojo, digo opinión política,

no simplemente clase política esperaba, después de la cordial defenestración de

don Carlos Arias, la inauguración del primer Gobierno del nuevo régimen. Y en

lugar de eso nos hemos topado con un error, un inmenso error.

Esto es un Gobierno de Franco, primero, por lo inesperado y desvinculado de la

opinión política; segundo, por la conjunción de las fuerzas sociales que

articulaban el franquismo; tercero, porque aparenta una fachada diferente del

contenido y las raíces; cuarto, porque deja al margen a las fuerzas siempre

marginadas; la oposición, las regiones, la media nación femenina.

Nunca como ahora es necesaria la frialdad valorativa, el designio racionalizador

que encauce las derivaciones emocionales al servicio del futuro común; y como ha

interpretado con nobleza el presidente en su meditada alocución, al servicio,

por su mismo rigor, del propio Gobierno. Lo amargo de las reflexiones en las que

naufragará, para el cronista, alguna amistad que parecía firme, debe hacerse

compatible no sólo con el respeto al nuevo equipo y a las instancias que

contribuyeron a su designación; sino también, y sincerisimamente, con el deseo

de que esta crónica se contemple, dentro de seis meses, como un puro dislate y

no como una sombría anticipación. Jamás ha sentido el cronista como hoy mayor

deseo de equivocarse; mayores tentaciones de ahogar, por motivos privados y

hasta íntimos, el grito público de su intuición y de su deber. Hago expresa

declaración de respeto profundo al señor presidente del Gobierno, al señor

presidente de las Cortes, y a todas las personas e instituciones mencionadas; y

no rehuiré rectificaciones fundadas porque las deseo; y porque deseo, ante lo

que nos va en ello a todos, el éxito del ´Gobierno y mi rotundo fracaso como

comentarista de su nacimiento.

Vamos, pues, a los hechos. La destitución de don Carlos Arias se difundió por

todo el país y por todos los órganos de opinión y decisión exteriores con un

generalizado por fin, que hasta en la inerte Bolsa española repercutió

contundente. Se ponía término, con precisión y clarividencia, aun proceso

ficticio que agotaba ya hasta las engañosas posibilidades de su vía muerta. La

unanimidad positiva —el acierto del cese— era equivalente a la negativa (las

causas del cese).

Los nombres posibles

Pero nadie quería preocuparse por cosas pasadas cuando, al avanzar la noche

tormentosa del primero de julio, las dos unanimidades sobre la caída se

transformaban insensiblemente en unanimidad de expectación y de esperanza. El

viernes 2 de julio este periódico traducía el pronóstico general: Cinco nombres

posibles para nuevo jefe dé Gobierno: Areilza, Fernández-Miranda, Fraga,

Gutiérrez Mellado y Vega Rodríguez. Tenía razón racional el redactor del título:

ésos eran los nombres posibles. Pero los periodistas debemos leer, ante todo,

nuestro propio periódico, que a veces anticipa los nombres imposibles.

En el número del 23 de mayo, dentro de esta serie de crónicas provisionales, se

descartaba la probabilidad de un presidente militar, y se apuntaba como

presidenciable, «aunque algunos van a sorprenderse, el ministro secretario

general del Movimiento, don Adolfo Suárez». Tales cosas hube de oír sobre la

insentatez de semejante pronóstico, que al domingo siguiente, 30 de mayo,

reincidí a fondo con razones que releídas hoy producen algún escalofrío. Estas:

«La designación como segundo «outsider» de Adolfo Suárez daba por segura,

evidentemente, su victoria sobre el duque de Franco, que no cabe menospreciar,

sobre todo por lo abultada.

Suárez goza de prestigio creciente en los círculos asesores. No ha sido

aplastado, como muchos pronosticaban, por la competencia y la proximidad de

Fraga, a quien a veces coloca tanteos de balonmano. Ha cuajado un excelente

equipo: Banqueros y empresarios le elevan en su «ranking» político.

No tiene enemigos importantes. Fui testigo de cómo ganó a pulso y de forma

abrumadora y convincente una elección popular directa en su provincia. Cuenta

con el apoyo casi incondicional de sectores vinculados al Opus Dei, que no están

muertos sino agazapados.

En estas líneas, escritas y publicadas un mes casi justo antes de su

nombramiento, tienen ustedes las claves para la irresistible ascensión de don

Adolfo Suárez González a la Presidencia del Gobierno.

El responsable de la crisis

Los círculos asesores, cuya mención tanto indigna a un colega que me cubría de

elogios cuando me veía más cerca del poder, y ahora jamás logrará, con sus

zancadillas de tercera regional, mención de su nombre en estas páginas, son,

para decirlo en plata, el sistema .de cortocircuitos políticos instalados, con

criterios artesanales no exentos de habilidad, por el evidente muñidor y

responsable no ya político, sino histórico, para la inesperada salida dé esta

crisis; el presidente de las Cortes españolas, don Torcuato Fernández-Miranda y

Hevia. Los elementos del sistema de cortocircuitos son los que pueden deducirse

de dos fuentes; el magistral informe publicado por este periódico en su número —

que será histórico— del 6 de julio con el titulo Nombres para una crisis

complementado con el arriesgado intento de penetración de Cuadernos para el

Diálogo (3 de julio) sobre las vinculaciones político-religiosas de algunos

personajes que prestan sus servicios en el palacio de La Zarzuela. Junto a la

señal de alarma de los círculos asesores, captada y articulada por el presidente

de ´ las Cortes, el segundo elemento activo de la crisis ha sido el cuadro

político de amistades de don Adolfo Osorio, triunfador visible (media docena de

amigos en el Gobierno), aunque don Torcuato ha sido el triunfador profundo.

El caso es que a las siete de la tarde del sábado 3 de julio de 1976, todo

parecía posible para el futuro de España enmarcado en la nueva y tradicional

Corona. Se daba por descontada la inclusión en la terna de don José María de

Areilza, y su nombramiento inmediato. Al presunto presidente se le había rodeado

de indicios bastantes para que se convenciera de su elección quienes conocían su

no inclusión en la terna, y podían revelarlo, no pensaron en llamarle para

deshacer el equívoco y la irrisión con que se premiaban, de hecho, los más altos

servicios individuales rendidos a la nueva Monarquía. Media hora después, a las

siete y veinticinco, estallaba el nombre de don Adolfo Suárez —el que contó con

menos votos del Consejo para la Presidencia. Se cuarteaba toda la filigrana de

credibilidad exterior sin la que el nuevo régimen no podrá avanzar un paso.

Retornaban, en silencio sarcástico, sombras desahuciadas sin respeto para la

juvenil sonrisa de futuro que exhibía, en medio de su justa preocupación, el

nuevo presidente. Fuentes que para el cronista son fidedignas transmitían a

vuelta de noticia las primeras palabras de don Juan de Borbón en la capital de

su condado: «Imposible, imposible, imposible».

El pacto de hierro

Al subrayar el 20 de junio el certero aviso dado por este periódico con fecha

del 15 sobre la maniobra de altura para sustituir al presidente Arias, este

cronista resumía asi el intento: «La operación consistiría en un pacto entre el

bunker económico, los tecnócrátas desplazados y el Neomovimiento Organización,

llamado también Unión del Pueblo Español». Es otra forma de describir la parte

más visible del sistema de cortocircuitos cortesanos (las Cortes, la Corte) a

que nos hemos referido antes. ¿Será necesario adscribir a cada uno de esos

sectores los nombres de un nuevo Gobierno presidido por el ex presidente de la

UDPE, que ha montado su carrera política sobre la aguda vertiente que ensambla

al Movimiento diluido y al frente político-conservador vinculado al Opus Dei?

Pero cuidado con las simplificaciones.

Persona por persona éste es un Gobierno aceptable; y en algunos casos —Menéndez,

Oreja, Martín Villa, Lavilla, Mata— un Gobierno de primera división, que nos

compensa por el sofoco de las primeras listas.

Este Gobierno querrá reformar y negociar. Pero será muy dificil que a la hora de

la verdad se lo permitan las fuerzas reales que lo han forjado. Además, hoy, en

la España de 1976, no puede funcionar un Gobierno sin tener dentro a las

regiones, a las clases inferiores y a las mujeres de España. No es éste un

Gobierno Opus. El frente político-conservador del Opus ha estado en la trama,

pero ha sacado poca tajada en beneficio de su participación colateral en el

bunker económico. Parece que ese frente político del Opus Dei se contenta con

mantener posiciones en el nuevo equipo, aparte de conexiones presidenciales.

Este Gobierno, y toda la operación, necesitaban una coartada. Los planificadores

de la maniobra contaban con la digna abstención de Manuel Fraga Iribarne, que

debe servirle de experiencia definitiva para su nuevo retorno —atención—

nuevamente ineludible. Para Fraga, la crisis ha sido un providencial gong que le

reabre, ya sobre las cuerdas, una decisiva posibilidad de lucha y de regreso.

Pero, felices con la aquiescencia de las alturas al proyecto, no calibraron las

consecuencias del bofetón —con resonancias mundiales— al conde de Motrico, que

ha reaccionado como esperábamos de él quienes creíamos en él.

Entonces los discutibles artífices de la maniobrase lanzaron desesperadamente a

improvisar la coartada.

Les llegó, cuando estaban perdidos, mediante la permanencia —equivocada— de

Leopoldo Calvo Sotelo en el Gobierno, y sobre todo gracias a la versión Tácito

del inmenso error. Con la máquina rechinando de sorpresa, debo declarar aquí que

don Torcuato Fernández-Miranda y don Adolfo Suárez han logrado convertir en

victoria pírrica su ya cantado desastre, gracias a la incorporación de dos

jóvenes símbolos: don Marcelino Oreja, subsecretario de don José María de

Areilza, y don Landelino Lavilla, presidente de la Editorial Católica. Comprendo

sus razones personales. Conozco las gestiones que les han convencido.

Pero me sigue asombrando la decisión de dos hombres que eran, hasta ayer, una

baza segura del futuro.

Sobre la actuación de don Alfonso Osorio en toda la operación volveré con rigor

suficiente para provocar curiosidades en el mismísimo centro de Torrelavega.

Al fondo, la Banca

El Gobierno Arias se ha hundido, primero, por la incomunicación entre la

Presidencia y la Jefatura del Estado, agravada por la vulnerabilidad de la

primera ante los cortocircuitos elementales del bunker político; y segundo, por

la carencia total de política y de credibilidad económica en medio de una crisis

rayana en la angustia nacional. Al situarse a la deriva la política económica,

el sector más afectado es la

clase media y baja, pero el sector que se siente más amenazado es la Banca. En

una situación semejante, de desconcierto económico, a fines de enero del año

1930, la Banca decidió ocupar el poder económico en un Gobierno de liquidación

dictatorial con propósitos liberalizadores. Mi abuelo Juan de la Cierva y

Peñafiel, describía asi el intento:

«Se propus´o para la cartera de Hacienda al señor Garnica, liberal (del Banco

Español de Crédito) y debo suponer que tal iniciativa partió de Cambó y Maura

(este último del mismo Banco) tal vez por haberse negado antes el marqués de

Cortina (también de ese Banco) muy considerado, como Garnica, por el Rey.

No aceptó Garnica y entonces propusieron al señor Arguelles, también amigo del

Rey (y consejero del repetido Banco) amigo político de Bugallal y lograron que

aceptase; pero ya entonces hubo que contar con Wais (ligado con el afortunado

Banco).»

En la presente ocasión, los dos primeros nombres de la terna presidencial

(señores . Silva y López Bravo) son consejeros del Banco Español de Crédito, con

el que tienen, o han tenido, relación profunda los nuevos ministros señores

Landelino Lavilla (que fue secretario general del afortunado Banco) y Carriles.

No faltan, en algún ministro más, conexiones próximas y aun intimas a la

importante entidad bancária, de la que son primerísimos accionistas diversos

miembros del que podríamos llamar, en ortodoxia orgánica, tercio familiar del

Consejo del Reino. Los señores Garnica y Arguelles —dinásticamente hablando— han

sonado con insistencia al margen de la actual maniobra. .

Como sabe todo el mundo, el Gobierno palatino-bancario de 1930 duró hasta los

comienzos de la siguiente primavera. Las convulsiones españolas tenían, en

aquella transición, un ciclo muy largo.

Desde el pasado martes 6 de julio, la vida política española está presidida por

una colosal contradicción.

Los partidos políticos, legales ante la ley, están prohibidos por el Código

Penal. Por primera vez en la historia del Derecho, una persona puede ir a la

cárcel por el solo hecho de efectuar un acto plenamente legal. Un dato tremendo

para el nuevo ministro de Hacienda: en .abril, un 39 por 100 más de turistas ha

dejado aquí un 14 por 100 menos de divisas. Vuelven, frustradas, las pesetas

detraídas a España por la cobardía de sus clases superiores.

No hay mujeres —éste es, insisto, el aspecto femenino del inmenso error- en el

nuevo Gobierno. Quienes quieren ya lanzar la campaña sobre la juventud

ministerial recuerden —en abstracto— la sentencia del conde de Mayalde sobre

algunos políticos jóvenes del régimen anterior: «Tienen todos nuestros defectos

y ninguna de nuestras virtudes». Esto, amigos, ha sido un disparate, y sólo un

milagro puede salvarlo.

Con expresa reiteración de mis profundos deseos de equivocarme, se me agolpa la

poca historia que sé, y el poco sentido político que me resta después del susto,

para decirles a ustedes lo que creo que va a pasar.

Durante unas semanas los problemas se esconderán dentro, por el calor; pero allí

se incubarán de manera incontenible. Allá por el otoño estallarán, y caerá este

Gobierno sin plantear siquiera una resistencia.

Entonces la Corona, que a través de la Presidencia de las Cortes se ha visto

seriamente comprometida en la maniobra que hoy nos embarga (cuando todo estaba

ganado, por Dios, cuando todo el futuro parecía y estaba a mano) acudirá a la

convocatoria de un Gobierno Nacional, el que ahora esperábamos, si no se ve

obligada al recurso militar directo. Entonces media docena de grandes españoles

olvidados de Cánovas, y lo que tiene más mérito, sin el menor recuerdo para los

muelles de don Antonio Maura, ahogarán sus agravios con su patriotismo absoluto

para salvar lo que ahora simplemente había que encauzar. A esta situación nos ha

traído y nos llevará la excelente intención y la torpeza política de dos

servidores de la Corona, que han preferido actuar como coordinadores de los

miedos deshelados por la crisis económica en el corazón pequeñíto de la gran

derecha española.

 

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