Autor: Hernández Domínguez, Abel. 
   Bajar a la calle     
 
 Informaciones.    05/07/1977.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 7. 

BAJAR A LA CALLE

Por Abel HERNÁNDEZ

NO hace mucho, el presidente Suárez nos decía en voz baja:-«Lo que yo quiero, lo

que a mi me gusta es gobernar; hasta ahora apenas me han dejado.» Parece que ha

llegado la hora. El primer ministro, alcanzado en un año el horizonte

democrático, con sangre, sudor y lágrimas, va a empezar a gobernar.

Para eso ha hecho su Gabinete: para gobernar. El pueblo empieza a cansarse de

palabras y quiere hechos.

Las familias quieren que el sueldo les alcance hasta fin de mes, que sos hijos

puedan ir a la escuela y alcanzar la Universidad, que la bolsa de la compra no

sea una pesadilla diaria, que un piso decoroso deje de ser una ilusión

imposible, que salir a la calle no sea un riesgo, que encontrar trabajo no sea

un sueño de verano; que se acabe con las irritantes desigualdades y la

corrupción y la demagogia; que la cultura no sea exclusiva de unos pocos; que

desaparezca la irritante especulación del suelo; que los barrios sean

habitables, con jardines, árboles, pájaros, fuentes y parques infantiles; que

las pensiones dejen de ser simbólicas; que haya guarderías para todos e iglesias

y bibliotecas; que la asistencia sanitaria sea buena para todos, esmerada,

humana y eficiente, etc.

El campo español espera ansiosamente que le echen una mano fuerte para salir de

la tremenda postración y marginación en que se encuentra. ¡Pobres pueblos y

aldeas de España, poblados de ancianos, abandonados a su suerte, sin esperanza!

¡Tristes callejas aldeanas, solitarios, paseos escoltados de ruinas!

Las regiones quieren autonomía. Las regiones más pobres, sangradas por la

emigración, exigen ser dueñas de sus destinos y de sus recursos. Cualquier

hombre honesto de España se alarma ante los escandalosos desequilibrios

regionales. Autonomía, sí; pero para todos, cuidando especialmente a las

regiones, a las provincias y a las comarcas más deprimidas.

.España quiere encontrase de nuevo a sí misma tras más de medio siglo perdida en

rencillas y trincheras irreconciliables. Todos los vientos -son favorables para

que la nave del Estado salga, por fin, a la alta mar y sea respetada en el

mundo, sin desprecios, ni compasiones, ni mendicidades.

Para todo esto se ha formado un nuevo Gobierno; para que sintonice con la

voluntad y las necesidades del pueblo. Para eso votaron los españoles el día 15

de junio. El pueblo quiere una Constitución democrática: la Constitución de la

concordia; pero exige hechos contantes y sonantes. Ya no sirven las promesas y

los camelos.

Los expertos —políticos, periodistas...— escudriñan en la lista del nuevo

Gobierno ideas y actitudes, y tratan de adivinar, cautelosamente, por dónde va a

salir el segundo Gobierno Suárez. Hasta que llegue el programa, supenden el

juicio. Es .un compás de espera. La gente del pueblo mira la lista —si la mira—

con indiferencia. Todavía1 hay divorcio entre la España oficial y la España

real; entre los despachos y la calle. Lo primero que habrá que hacer es romper

esta constante de nuestra, última Historia. Los gobernantes deben bajar

urgentemente a la calle.

 

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