Autor: Pérez Embid, Florentino. 
   Juan Claudio Ruiseñada     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 8. 

3-abril-1958. la. voz de un amigo, que nó quebrada a través del hilo telefónico, me reclamaba—a hora temprana, aún— para darme de golpe una sobrecogedora noticia: Juan Claudio acababa de morir aquella madrugada, de infarto de miocardio, en el tren París-Hendaya, muy poco antes de que éste llegara a la estación de Tours. Poco después los círculos sensibles de Madrid entero y de otras muchas capitales de España estaban llenos de los trágicos detalles que habían rodeado a la muerta del conde de Ruiseñada. La Prensa y la "radio" española, así comó importantes diarios y emisoras europeas, recogieron y glosaron la dimensión nacional de aquella desgracia, que Dios en su inescrutable Providencia había querido.

La muerte súbita de un hombre joven tiene siempre no sé qué dramático parecido con la estampa de un árbol fuerte que .cae fulminado por un rayo. La. comparación es tan exacta, que no hay que tener miedo a repetirla. Así era en. el caso de Juan Claudio, hombre en plena juventud física, en piena madurez moral, activo, pletórico, gran señor, generoso, elegante, unánimemente querido por cuantos le tratábamos de cerca y que estaba viviendo precisamente entonces una época de particular resonancia social.

Por añadidura, los duros contrastes entre el esplendor de su posición y la indefensión humana en que había transcurrido su breve agonía aumentaban el dramatismo con que los hechos se habían producido.

No era sólo la emoción del amigo muerto. A cualquiera le alcanzaba la impresionante dureza que, en los primeros momentos y por la fuerza de las circunstancias, había rodeado de hosca frialdad ordenancista, en tierra que no era la suya, el cadáver aun casi lleno de vida del aristócrata español. Cualquier alma sana tenia que sentirse solidarizada con el sufrimiento atenazante que, a la luz lívida del amanecer, había golpeado cruelmente en el desamparo de una estacion de ferrocarril a una mujer acongojada, a la que hoy me permito ofrecer, con cordialidad profunda, el testimonio de mi recuerdo entrañable hacia aquel in-

olvidable amigo que fué Juan Claudio Ruiseñada.

Durante estos doce meses me ha gustado en muchas ocasiones evocar con serena melancolía aquella noble figura, simpática y vital, rebosante casi siempre de proyectos e ilusiones. Me gusta recordarle en el paisaje de El Alamin, una de las fincas mejores y mas bien llevadas de España, hablando con fe de los ganados, de los regadíos, de la caza o de las viviendas y demás necesidades de los trabajadores. Y no he podido ni querido evitar el que su memoria siga para mí unida al grato saloncito de su casa de la calle Migue! Ángel o a su despacho de presidente de la Trasatlántica, en loa que tanta- veces nos reunimos a cualquier hora, durante años, para hablar-solos o con algunos amigos comunes—de afanes y trabajos, llenos siempre del más limpio patriotismo, de la preocupación más generosa por la vida pública y de la más esperanzada y emprendedora actividad.

Actividad es, sin duda, la palabra que mejor va con su vida. Ya es bien revelador que viniese a morir, a los cincuenta y un años, de la "enfermedad de los managers". Desbordante había sido durante decenios la actividad y el esfuerzo que le habían Permitido sostener una lucha hercúlea en la que había simultaneado el cumplimiento de sus deberes sociales y familiares con la atención que reclamaban sus múltiples empresas, y últimamente además su fervorosa dedicación a la política. Luchó primero en la guerra como oficial de Ingenieros, y luego había rehecho su fortuna, había servido a su país, a sus ideales y a sus deberes como Grande de España. La estrecha malla de tantas obligaciones, cumplidas todas con arrogancia y con alegría, le había ido aprisionando hasta hacerle estallar el corazón, Y esto había ocurrido, como tenía que ser, en el coche de un ferrocarril nocturno, lugar de descanso mas habitual para él que ningún otro y medio de transporte constante para un viajero incansable que, por paradoja, siempre tuvo miedo de viajar en avión.

Aquella vida se redondeaba como ejemplo de una aristocracia de la sangre, doblada de la otra más personal aristocracia de la ejemplaridad social. Muerto su padre hacía aún muy pocas semanas, aún no había comenzado a llevar legalmente el nombre de marqués de Comillas y, sin embargo, Juan Claudio Güell había sabido responder con hechos al peso exigente de aquel título: hombre de empresa, caballero cristiano, modelo de cumplidor de las orientaciones del catolicismo social.

Está todavía mu cerca su participacion en la política activa, de la que puede ser simbolo la resonancia alcanzar por el artículo "Lealtad, continuidad configuración del futuro", que él publicó en A B C, de Madrid, el día 11 de junio de 1957. así como su gestión en la presidencia de la Asociación Amigos de Maeztu, su servicio como Jefe de la Casa de S. M. la Reina doña Victoria Eugenia, su participación en las dimisiones del Instituto de Estudios Políticos.

Punto final. No es éste un artículo de política. Es mucho más. Es una prueba de fidelidad al afecto profunda y a la cordialísima admiracion en que se basó nuestra amistad.

Floretino PEREZ-EMBID

 

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